Al día siguiente, mientras desayunaba sola en la terraza, con el vaso de leche en la mano, sentía la cabeza llena de planes y preocupaciones. Cris estaba en su habitación, supuestamente “ocupado”, pero yo sabía que también pensaba en cómo lograríamos escapar sin que Ernesto ni Tamara se enteraran. Cada palabra que decíamos anoche seguía viva en mi piel, un recordatorio de lo que éramos y de lo que íbamos a arriesgar. —No puedo creer que esto sea real —susurré para mí misma—. ¿Europa? ¿Nosotros? Decidí que tenía que hablar con él antes de que la familia apareciera. Subí a su habitación, intentando ser silenciosa. La puerta estaba entreabierta y él dormía con esa expresión que me hacía derretir. Me acerqué, dejando que mis dedos rozaran su hombro. —Cris… —mi voz apenas un hilo—. Despierta

