El sol pegaba fuerte esa tarde en Los Ángeles, y yo apenas había terminado mis clases de la mañana. Cuando abrí la puerta de la mansión, el silencio me dio la bienvenida… o al menos eso creí. Miré alrededor y noté que Ernesto y Tamara ya no estaban; se habían ido a la empresa, dejándonos la mansión prácticamente a nuestro antojo. —¡Perfecto! —exclamé mientras cerraba la puerta con un portazo dramático—. Hoy será un día de chicas. Peyton y Carola llegaron poco después, cargando toallas, cremas solares y un bolso gigante con bocadillos y bebidas. Ambas lucían emocionadas, como si el simple hecho de pasar una tarde en la piscina fuera un lujo sin igual. Yo, por mi parte, me puse mi bikini rosa favorito. Mi pelo suelto caía en ondas suaves sobre mis hombros, y no pude evitar mirar mi reflejo

