Han pasado tres días desde aquella noche. Tres días en los que la tormenta se fue, pero dejó su eco dentro de mí. Todavía siento su piel sobre la mía, su respiración descontrolada, la forma en que me dijo mi nombre entre sus labios. Y aunque intento distraerme, no hay canción, ni ruido, ni pensamiento que logre sacarlo de mi cabeza. Cris no ha aparecido. No ha bajado a desayunar, ni ha pasado por la piscina, ni se ha cruzado conmigo en los pasillos. Nada. Desapareció como si la tierra se lo tragara. Y yo, mientras tanto, fingiendo normalidad. Fingiendo que no me duele su silencio, que no me quema este vacío que dejó después de tocarme como si fuera suya. —Amiga, tú estás en otro planeta —dice Carola, moviendo la cuchara en su capuchino mientras me observa desde el otro lado de la

