El día del viaje llegó más rápido de lo esperado. La casa estaba llena de maletas, risas forzadas y ese aire de emoción que se siente antes de salir de la rutina. Ernesto, con su eterna sonrisa de empresario exitoso, daba las últimas instrucciones al chofer mientras Tamara revisaba por quinta vez los pasaportes. Ámbar, con su teléfono en mano, revisaba los mensajes de sus amigas, intentando disimular su fastidio. Cris, como siempre, observaba en silencio. Llevaba unos audífonos puestos y fingía estar concentrado en la música, aunque sus ojos seguían cada movimiento de ella. El vuelo salía al mediodía desde el aeropuerto de Los Ángeles. El sol caía fuerte sobre la pista, y el calor parecía envolverlo todo. Subieron al jet privado de Ernesto —una de esas comodidades que él consideraba “

