La caída de los enemigos fue un domino meticuloso, cada pieza cayendo con la satisfacción de justicia diferida. La noticia llegó un martes por la mañana, mientras Cris y yo desayunábamos en la encimera —tostadas con mermelada y café n***o, el sol filtrándose como bendición—. Mi teléfono vibró con un mensaje de Marco: "Redada exitosa. Dante y Ricardo en la cárcel. Detalles adjuntos". El archivo era un informe policial escaneado, pero las líneas clave ardían en mis ojos: Dante Vega, arrestado por tráfico de apuestas ilegales, posesión de armas y complicidad en intento de homicidio; Ricardo, su peón reacio, por acoso, incendio y traición —cargos que lo hundían por años, su "amor" tóxico convertido en sentencia. Cris leyó por encima de mi hombro, su mano en mi cintura un ancla. "Se acabó, amo

