La música retumbaba todavía en mis oídos cuando salimos de la discoteca. El reloj marcaba casi las cuatro de la madrugada, pero nadie parecía dispuesto a dejar morir la fiesta. Cris iba adelante, riendo con ese aire desenfadado que lo volvía el centro de todo, y Peyton caminaba pegada a él, tropezando cada dos pasos mientras fingía que estaba demasiado ebria para sostenerse sola. —Ay, Cris, espérame... —decía ella entre risas tontas, aferrándose a su brazo. —Camina derecho, Peyton, que te vas a caer —respondió él, sonriendo, pero sin malicia. Yo, detrás de ellos, apreté los labios. “Claro, agárrate más, borracha útil”, pensé. El viento del mar nos despeinaba. Carola y Rodrigo iban abrazados, riéndose como dos tontos enamorados; eran puro fuego, puro deseo. Carlo, en cambio, venía detrá

