El día estaba radiante cuando Cris y yo salimos en busca de nuestro departamento. La mansión Piamonte quedaba atrás, y con cada kilómetro, sentía que nos acercábamos más a nuestra independencia. El tráfico de Los Ángeles era un susurro comparado con el rugido de mis emociones; la emoción, el miedo y la adrenalina se mezclaban en cada mirada que me lanzaba Cris. —Ámbar, vas a ver… este lugar va a ser nuestro santuario —dijo, con esa sonrisa que me derrite—. Aquí nadie va a decirnos qué hacer. —Lo sé —le respondí, entrelazando mis dedos con los suyos—. Solo tú y yo. Sin reglas, sin control… solo amor. Visitamos varios departamentos; Cris tomaba notas, medía espacios, imaginaba cómo distribuiríamos cada rincón. Yo me dejaba llevar, soñando con nuestra vida: el sofá donde nos abrazaríamos v

