Los Pecados en Su Pensamiento

1652 Words
~Connor~ En el momento, en que ella pisó la cubierta, supe que estaba frito. No era una reacción que pudiera ignorar. Mi polla no solo se movió. Se puso dura. El grueso pulso de sangre que recorrió mi entrepierna fue tan inmediato e intenso que realmente cambié de posición para ocultar cómo mi polla presionaba contra mis pantalones. Apreté los dientes, no por dolor, sino por la fuerza de control que requería no reaccionar. Ella ya no era una niña pequeña. Eso era obvio en el segundo en que sus caderas se movieron hacia mi yate como si la diosa de la seducción misma hubiera decidido ponerse un vestido de verano y caminar directamente hacia mi infierno personal. Lily ya no era la chica tímida y delgada que solía seguir a mi hija descalza, con esmalte de uñas descascarado y purpurina en los dedos. Ahora era una Omega adulta. Dieciocho. Legal. Virgen. Su aroma no estaba reclamado. Dulce y puro. Pero había algo debajo de eso, un calor que aún no había salido a la superficie, pero que estaba floreciendo. Podía oler los primeros indicios de ello elevándose de su piel como una advertencia. O tal vez una amenaza. Sus tetas fueron lo primero que noté. No porque las estuviera buscando, sino porque eran imposibles de ignorar. Grandes. Jugosas. Redondas y pesadas con juventud, apenas contenidas por el vestido de verano que llevaba sin sujetador. Pude ver cómo la tela se pegaba a ellas, cómo sus pezones presionaban contra ella con cada paso, ajustados y obvios, deseando atención. La plenitud de su pecho me secó la boca. Eran el tipo de tetas con las que sueñas. El tipo que sostienes mientras la follas desde abajo y su cabello se pega a su cara mientras gime, arquea y suplica que nunca pares. Imaginé el peso de ellas en mis manos. La suavidad. La forma en que su aliento se detendría cuando succionara una profundamente en mi boca y mordiera hasta que ella llorara. Mis ojos se deslizaron más abajo, no por elección, sino porque mis instintos ya la estaban devorando. Su cintura era diminuta. Esa perfecta curva debajo de sus costillas que parecía hecha para ser envuelta en el agarre de mis manos mientras la tomaba por detrás. El tipo de cintura a la que te aferras cuando estás follando a una Omega tan fuerte que el sonido de su trasero golpeando tus caderas resuena en la habitación. Y hablando de ese trasero…joder, era irreal. Su trasero era grueso. Redondo. Rebotante. Tan lleno que estiraba el vestido mientras caminaba. La tela se aferraba a la curvatura de sus mejillas como si quisiera ocultarla, pero no podía evitar mostrar lo follable que era. Quería agarrarlo. Quería subir ese vestido sobre sus caderas, darle una palmada en ambas nalgas hasta que gritara, luego separarlas y enterrar mi polla entre ellas. Ya podía verlo. Ella a cuatro patas. Gimiendo sobre el colchón. Mi polla deslizándose entre sus nalgas mientras empujaba la punta en ese pequeño agujero apretado y la hacía tomarlo pulgada a pulgada hasta que estaba sollozando. Sus muslos eran gruesos y suaves. No eran el tipo de muslos que se abrían fácilmente. No, eran del tipo que había que separar a la fuerza. El tipo que se aprieta alrededor de tu cintura y se cierra detrás de tu espalda cuando ella tiembla por su segundo orgasmo y no quiere que te retires. Imaginé la sensación de ellos en mis hombros. Imaginé mantenerlos abiertos mientras lamía su v****a hasta que empapara mi barbilla y suplicara por mi polla dentro de ella. Y luego estaba su aroma. Estaba cerca de su primer celo real. Lo supe antes que ella. Mis instintos de Alfa se fijaron en ella como un depredador. Ese aroma era una droga. Pura y jodida lujuria química. Mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensar. Mi polla se endureció. Mis manos picaban. Mi lobo se agitó dentro de mí y susurró cosas que ningún hombre debería pensar sobre la mejor amiga de su hija. Cosas como doblarla sobre la mesa del comedor y follarla frente a las ventanas. Cosas como marcarla. Reproducirme con ella. Poseerla. Ella me sonrió. Y casi pierdo la cabeza. Porque no tenía idea de cómo se veía, de lo que esa sonrisa me hacía, ni de que estaba a dos segundos de arrastrarla a la habitación más cercana y mostrarle lo que significaba gemir “papi” mientras un Alfa la abría y la anudaba hasta que llorara sobre las sábanas. No tenía idea de lo que esa sonrisa me hacía. No tenía ni idea de que en el momento en que sus ojos se encontraron con los míos, sentí algo romperse dentro de mi pecho; algo que había estado enterrando durante años. Esa suave e inocente sonrisa que me dio al subir descalza a mi yate hizo que mi polla latiera con el tipo de hambre que no había sentido desde la primera vez que probé una v****a. Ella no sabía cómo se veía caminando hacia mí en ese vestido ajustado, sin sujetador debajo, la silueta de sus pezones duros presionando contra la tela delgada como si suplicaran ser chupados. Ella no sabía que su olor comenzaba a cambiar. Que su cuerpo se estaba anunciando como listo. Que su celo estaba cerca. No sabía que cada paso que daba me acercaba más al borde de algo irreversible. Ella no sabía que estaba luchando por mantener el control y que lo estaba perdiendo. Mantuve mis manos a los lados, los puños tan apretados que los huesos de mis nudillos crujieron bajo la presión. Me concentré en el horizonte, en la brisa, en cualquier cosa menos en cómo sus tetas rebotaban ligeramente con cada paso. Y, joder, las quería en mi boca. Quería acostarla y levantar ese vestido hasta su cintura y jugar con esos pezones hasta que gimiera y me suplicara que siguiera. Quería deslizar mi mano debajo de su vestido y sentir lo cálidas y suaves que eran sus piernas. Quería separarlas lentamente, empujar una sobre mi hombro y sentir ese calor pulsando entre sus piernas antes de tocarla. Usaría mi dedo para tocar su estrecha v****a y su clítoris. No sería gentil. No pediría permiso. La provocaría lo suficiente para hacerla gemir, luego frotaría círculos apretados sobre ese pequeño bulto hinchado hasta que temblara y sus caderas se levantaran del cojín tratando de alcanzar mi mano. Empujaría un dedo dentro, sentiría lo apretada que estaba, lo intocable, lo resbaladiza y desesperada que se había vuelto su pequeña v****a Omega solo por mi olor. Deslizaría un segundo dedo, luego un tercero, estirándola hasta que gimiera y se apretara y se viniera sobre mi mano mientras susurraba: “Eso es, gatita. Dáselo a papi”. Oh, joder. Me estaba poniendo duro de nuevo. No solo duro. Estaba latiendo. Mi polla estaba tan rígida que presionaba fuertemente contra la tela de mis pantalones, y tuve que cambiar sutilmente mi postura para no hacerlo obvio. Cada respiración que tomaba llenaba mis pulmones con su olor, y cada célula de mi cuerpo se encendía con hambre. No debería estar pensando en esto. No debería estar de pie aquí fantaseando con ella a cuatro patas, suplicando por mi polla, su trasero arqueado en el aire mientras me deslizo en su pequeña v****a apretada y la follo hasta que olvide su propio nombre. Esto es incorrecto. Ella es la mejor amiga de Bella. Acaba de cumplir dieciocho. No era mía. Pero a mi polla no le importaba. A mis instintos no les importaba. Mi lobo no se preocupaba por eso. Yo era un Alfa, y ella era una Omega sin reclamar en las primeras etapas de su celo, de pie en mi yate como si perteneciera aquí. Como si me perteneciera a mí. Cada músculo de mi cuerpo estaba tenso, enrollado como un resorte, listo para saltar en el momento en que me diera incluso la más mínima señal de que ella también lo quería. ¿Y la peor parte? Ni siquiera estaba seguro de necesitar una señal. La forma en que su cuerpo se movía. La forma en que sus muslos asomaban a través de la abertura de su vestido. La forma en que me sonreía como si aún pensara que era inofensivo…todo eso me hacía querer agarrarla del cuello y follarle la inocencia hasta que gritara mi nombre. Cerré los ojos por medio segundo y me forcé a respirar. Me dije que debía controlarme. Me dije que debía ser fuerte. Pero cada vez que la miraba, esa fuerza se quebraba un poco más. No sabía cuánto tiempo podría resistir. No sabía cuántos días podría seguir pretendiendo que no quería empujarla contra la barandilla de vidrio, bajar su ropa interior y deslizar mi polla entre esos pliegues húmedos y vírgenes mientras ella me suplicaba que no parase. Ella no tenía idea. Ella no tenía idea de lo cerca que estaba de ser mía. Si alguna vez decía mi nombre en el tono equivocado, si alguna vez me miraba con incluso un destello de necesidad…se acabaría. Porque no podría detenerme. La arruinaría. La reclamaría. La anudaría tan profundo y tan fuerte que nunca podría follar a nadie más sin llorar por que papi viniera a arreglarlo. Ella no tenía idea de que ya lo estaba imaginando. Y no tenía intención de detenerme. Ni siquiera me di cuenta de lo bastante que estaba sudando hasta que sentí una gota deslizarse por mi sien y caer en la esquina de mi boca. Mi mandíbula seguía apretada, y no me había movido. No realmente. No había tomado una respiración completa en minutos. Todo lo que podía hacer era quedarme ahí, arraigado en la cubierta como una maldita bestia atrapada en un trance, tratando de no imaginar cómo sabría su v****a si me arrodillara y levantara ese vestido. Entonces escuché las voces. —¿Connor? Oh, mierda.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD