~Lily~
No recuerdo ni cómo subí las escaleras. Sé que mis piernas se movieron, porque físicamente estoy aquí en la cubierta superior con Bella, y el sol brilla, y el sol brilla, y el viento le acaricia el pelo con ese sexy soplo marino, ¿pero mi cerebro? Aún atrapado en el muelle. Aún viendo la boca de Connor moverse cuando dijo mi nombre.
Aún gritando porque acabo de llamarlo Connor y no morí de inmediato.
Aún en cortocircuito por el hecho de que me miró como si fuera un maldito manjar que quería comer de pie, una pierna sobre su hombro, el vestido ajustado en mi cintura, el nudo hinchándose dentro de mí mientras sollozo a través de ello como una pequeña virgen arruinada.
Así que sí. Puedo estar caminando. Puedo estar asintiendo y sonriendo y tratando de escuchar a Bella despotricar sobre los ajustados bañadores de su novio y cómo ya está planeando perder su bikini “accidentalmente” en la primera parada en Francia. Pero ¿mentalmente?
Estoy de rodillas.
En su habitación.
Rogando ser reclamada.
Sigo mirando por encima de mi hombro como una pequeña rara, esperando que nos siga. Solo para mirar. Solo para ver mi trasero moverse en este estúpido vestido de verano que se sube un poco demasiado alto porque así lo quería.
Solo para inhalarme. Solo para notarme de nuevo. Pero cuando miro hacia atrás, él ha desaparecido. Aún en el muelle. Hablando con el capitán o dando órdenes o lo que sea que hacen los poderosos papás Alfa cuando no están ocupados siendo las estrellas de los sueños más húmedos de la mejor amiga de su hija.
Y luego, de repente.
Click. Click. Click.
Tacones.
Tacones rápidos, agudos y seguros a través de la cubierta.
Bella y yo giramos al mismo tiempo, y allí está ella: Rose.
La tripulante.
Y cuando digo tripulante, no me refiero a vibras de asistente de vuelo. Me refiero a una exmodelo de Victoria's Secret vestida completamente de lino blanco con pómulos esculpidos por la misma diosa y una carpeta que parece contener los secretos de todos los que han pecado a bordo de este yate.
—Damas —dice con esta hermosa voz cortante, vagamente francesa—. Las asignaciones de las cabinas están listas. Síganme.
Bella sonríe como si estuviera a punto de ser escoltada a su suite nupcial. La sigo porque físicamente no tengo otra opción.
Mis piernas se mueven, mi cerebro se retrasa, y mi v****a ya anticipa las paredes. Literalmente. Estoy caminando por este pasillo decorado en oro preguntándome cuán insonorizadas están las paredes, si podré escuchar sus gruñidos mientras duerme, y qué haré cuando capte el aroma de su piel en las sábanas. Porque sé que lo haré. Sé que su habitación olerá a poder y peligro y a la colonia que me volvió loca el verano pasado.
Rose toca su carpeta y comienza a asignar primero a las parejas.
—Daphne y Elia: Cubierta Inferior, Habitación Uno.
Se van como si ya estuvieran listos para algo más.
—Courtney y Chase: Cubierta Inferior, Habitación Dos.
Bella se inclina y susurra: —Se separan dos veces al día, pero tienen sexo como estrellas porno. Solo espera. Los oirás.
Asiento. Sonrío. Intento reír como si no estuviera empapada.
—Tyler y Bella: Cubierta Inferior, Habitación Tres.
Bella aplaude.
—Oh Diosa mía, voy a tener sexo en seda italiana. Bendita sea esta embarcación.
Y luego Rose me mira.
Y juro que sus ojos brillan, solo un poco.
—Lily Vale —dice, con esa voz suave y neutral que me hace sentir como si estuviera a punto de ser sacrificada a algo lujurioso y pecaminoso—. Estás en la Suite Doble de la Cubierta Superior. Segunda cabina a la derecha. Tendrás esa mitad del plano para ti sola.
Mi corazón se salta.
Espera.
¿Qué?
No puede ser correcto.
Todos los demás están en la cubierta inferior.
¿Por qué yo…?
Luego ella añade: —Excepto por la Suite Principal. Esa está ocupada por el Sr. Blackwood.
Sr. Blackwood.
Connor.
Connor.
Sus palabras me golpean como una maldita bala en el centro del pecho.
Estoy en la cubierta superior. Con él. Los dos. Solos. Compartiendo aire. Compartiendo proximidad. Compartiendo un pasillo. Compartiendo una maldita pared.
No puedo respirar.
No puedo respirar.
Bella no dice una palabra. Está demasiado ocupada enviando mensajes de texto a su novio sobre pedir lubricante de servicio a la habitación o lo que sea. Todos los demás ya están arrastrando maletas y haciendo planes para bebidas. ¿Pero yo?
Estoy teniendo una crisis de identidad s****l en este yate porque acabo de ser asignada a la habitación al lado del hombre al que literalmente me he masturbado en tres posiciones diferentes en mis sueños esta semana.
Rose no espera una reacción. Simplemente se da la vuelta y se va.
Así que la sigo.
Y cada paso que doy hacia esa suite se siente como si estuviera marchando hacia mi propia mazmorra personal.
Mis pezones están duros. Mi garganta está seca. Juro que ya puedo olerlo a través de las paredes. Esa mezcla intoxicante de maderas, cuero y ese bajo aroma masculino que simplemente se adhiere a él como si hubiera nacido para dejar a las mujeres húmedas y temblando a su paso.
Rose abre la puerta. Mi puerta.
Es perfecta. Limpia. Sábanas blancas. Un espejo. Una vista al océano. Lujosa sin ser demasiado ostentosa. El tipo de habitación donde o duermes como realeza o te follan como a una sucia que debió haberse quedado en casa.
—Te daré un momento para desempacar —dice—. Las bebidas se servirán en breve.
Asiento. Digo gracias. Apenas recuerdo cerrar la puerta.
Y luego me vuelvo para enfrentar la pared.
La pared.
La que separa mi pequeña suite gemela de su cámara de tentación de rey con aroma a Alfa.
Y solo me quedo ahí. mirándola.
Como una loca. Como una virgen rezando al Dios de los Primeros Orgasmos.
Camino hacia ella lentamente, mi corazón late con fuerza en mi pecho, mis dedos tiemblan de necesidad. Levanto mi mano y la coloco plana contra la madera, y te lo juro por la Diosa, se siente cálida. No metafóricamente. No emocionalmente. Literalmente cálida. Como si tal vez él estuviera al otro lado, sentado, recostado, leyendo un libro, remangándose, sirviéndose una bebida, flexionando sus abdominales, no lo sé. Respirando.
Existiendo.
Y cada cosa sobre esa idea hace que mi clítoris lata.
Me siento en la cama, cruzo las piernas y me inclino hacia delante como si estuviera planeando un robo. Porque de cierta manera lo estoy. Estoy planeando cómo sobrevivir esta noche sin frotar la pared o colarme en su habitación o dejar marcas de garras en su maldita almohada de lo mucho que lo deseo.
Pero en el fondo, ya sé la verdad.
No voy a sobrevivir este viaje.
Es decir, genuinamente, verdaderamente, literalmente, creo que mi v****a está a punto de llamar a una ambulancia por mí. Estoy sentada aquí en esta estúpida, hermosa cama en esta estúpida, perfecta habitación con esta delgada pared separándome del hombre con el que literalmente he imaginado succionar hasta el alma de mi clítoris, y todo lo que puedo pensar es: ¿por qué demonios hice esto conmigo misma?
Quiero decir, lo sabía. En el momento en que Bella dijo: “Ven al crucero, será divertido, mi papá paga por todo” debería haberme negado. Debería haber mentido y dicho que tenía mononucleosis o rabia o alguna reacción alérgica trágica al aire de los ricos que me impedía ponerme bikini. ¿Pero lo hice?
No. Porque soy una estúpida, perra caliente con un deseo de muerte y un sexto sentido vaginal para hombres mayores peligrosos que podrían arruinarme con un solo gruñido.
Y ahora aquí estoy. Compartiendo un piso con él. Connor. su papá. El hombre que no tiene idea de que pasé la mitad del verano pasado frotándome contra su toalla de baño mientras fantaseaba sobre cómo huele a recién salido de la ducha. Y ahora me han asignado la habitación justo al lado de la suya. Con una triste y delgada pared entre nosotros.
Me tiro de espaldas sobre la cama de manera dramática, con los brazos extendidos como si estuviera en un video musical para vírgenes emocionalmente inestables.
—Está bien, Lily. Vamos a manejar esto despacio —digo en voz alta porque ahora hablo conmigo misma. Esa soy yo—. Tienes dieciocho años. No eres salvaje. No eres una puta. Eres una joven respetuosa que está aquí para relajarse, nadar, beber cócteles frutales y no lanzarse sobre el papá Alfa de su mejor amiga que es emocionalmente inaccesible y dolorosamente sexy.
Cierro los ojos.
Su rostro se aparece en mi cabeza.
Sus brazos.
Su mandíbula.
La forma en que su camisa se ceñía a su pecho.
La forma en que dijo “Connor está bien”.
Me incorporo de golpe.
—Nope. Mentí. Soy una puta oficialmente. Voy a lanzarme sobre ese hombre y ni siquiera me importa si tengo que arrastrarme por este maldito barco en medio de la noche con la boca llena de lubricante íntimo y una oración.
Me levanto y empiezo a pasear como si me estuviera preparando para la guerra, pero en lugar de armadura, llevo un vestido de verano que ahora está empapado entre los muslos y sin sujetador porque quería que él viera mis pezones cuando dije su nombre. ¿Y ahora que él lo hizo? ¿Ahora que los miró? Estoy perdiendo la cabeza.
—¿Y si me escuchó a través de la pared? —le pregunto a la lámpara—. ¿Y si está allí dentro ahora mismo también paseando? ¿Y si está sentado allí, frotándose las sienes, pensando “¿Qué demonios me pasa, estoy pensando en la boca de la amiga de mi hija en mi polla”? Porque yo igual, Connor. Igual.
Me detengo en la pared.
Presiono mi mano contra ella.
La miro como si fuera un maldito portal a Narnia, excepto que en lugar de leones mágicos y animales que hablan, solo está Connor acostado en su cama king size con su polla descansando pesadamente contra su muslo y la expresión más pecaminosa en su cara mientras imagina doblarme sobre el balcón y hacerme gritar.
—Oh Dios. Necesito callarme. Necesito calmarme. Necesito una ducha fría. Deberían arrestarme. ¿Qué me pasa? ¿Es esto un tema del celo? ¿Estoy entrando en un celo prematuro? ¿Es eso lo que es? Porque todo mi cuerpo se siente como un vibrador dejado en alto durante seis horas seguidas y sin liberación a la vista.
Camino en círculos.
Me abanico con un cojín.
Murmuro para mí misma como una huérfana poseída en un manicomio victoriano.
Y luego me dejo caer de nuevo en la cama y lo digo. Realmente lo digo.
—Quiero que me coja.
Mi voz tiembla. No porque tenga miedo. Sino porque decirlo en voz alta lo hace real.
—Quiero que Connor Blackwood, el increíblemente atractivo padre de mi mejor amiga, tome ese cuerpo perfecto y aterrador y me arruine tanto que olvide mi propio nombre.
Me recuesto. Miro al techo. Hablo como si me estuviera confesando a la Diosa de la Luna misma.
—Quiero que me agarre del cuello y diga, “Tú pediste esto, niña.” Quiero que me dé una nalgada y me haga decir gracias. Quiero que presione mi cara contra esta almohada y me mantenga allí mientras me anuda tan profundo que juro que nunca podré caminar recta de nuevo.
Me tapo la boca con una mano y gimo en ella como una virgen enferma al borde de la locura.
—Oh Diosa, voy a terminar en el infierno.
Y espero que él esté allí esperándome.