~Lily~
Nunca antes había sudado a través de un vestido de verano. No así. No con el sol apenas levantándose y mis muslos ya empapados por la forma en que los he estado frotando juntos en la parte trasera de este maldito taxi como una pequeña pervertida afectada por el celo.
Estoy tratando tan duro de parecer normal, de actuar como si fuera solo una inocente chica de dieciocho años en un crucero de lujo en yate con la familia de mi mejor amiga, pero cada vez que parpadeo, lo veo.
Veo cómo se veía el verano pasado, sin camisa y mojado, sus músculos tensos y flexionando mientras se servía una bebida junto a la piscina como si el mundo fuera suyo. Veo cómo se curvó su boca cuando dijo mi nombre.
Veo el pequeño anillo de plata en su dedo meñique y las venas en sus antebrazos y una línea profunda entre sus cejas que solo aparece cuando está concentrado.
Y ni siquiera sé en qué estaba concentrado ese día, pero Dios, simulé que era yo. Caminé por toda esa villa en shorts diminutos y sin sujetador, pretendiendo que no sentía sus ojos ardiendo en mi espalda, y cuando escuché la puerta de su habitación cerrarse tarde esa noche, juro que me toqué tan fuerte que vi las estrellas.
¿Y ahora? Ahora he vuelto. Soy legal. Estoy empapada con mis panties de encaje. Y estoy a punto de salir de este taxi y enfrentar al hombre del que he estado obsesionada desde antes de entender por qué mi cuerpo reacciona a su voz de la manera en que lo hace.
Me lamo los labios mientras el coche se detiene y mi estómago da un giro salvaje y peligroso que hace que todo mi cuerpo zumbe.
Esto es. Este es el muelle. Este es el momento. El yate está justo allí. Grande y blanco y brillante bajo el sol español como si estuviera hecho de secretos, sexo y escándalo.
La tripulación está cargando las últimas maletas, las olas están lamiendo el muelle, y puedo escuchar risas y corchos de champán estallando en algún lugar de la cubierta superior, pero nada de eso importa porque tan pronto como se abre la puerta del coche.
Lo veo.
Connor.
Bajando las escaleras del yate como un pecado en movimiento.
No respiro. No parpadeo. No muevo un músculo excepto por la forma en que mis rodillas casi se doblan al verlo. No lleva chaqueta.
Su camisa es negra y está desabotonada lo suficiente como para hacerme querer morder su pecho, y está metida en pantalones de lino blancos que hacen que su cintura se vea letal.
Sus mangas están arremangadas hasta los codos y su piel es bronceada y dorada y brilla, y juro que, si muero ahora mismo, moriré mojada.
No dice nada al principio. Simplemente se detiene al pie de los escalones y me mira. Como si estuviera tratando de averiguar en qué demonios me he convertido desde el verano pasado. Como si supiera que ya no soy una niña. Como si pudiera oler lo que está sucediendo entre mis muslos.
Porque estoy bastante segura de que puede.
Sus ojos recorren mi cabello, mis labios, la piel desnuda sobre mi escote y la suave curvatura de mis pechos apenas sostenidos por las delgadas tiras de mi vestido blanco. No llevé sujetador. No quería. Quería esto. Quería sus ojos en ellos. Y ahora que los tengo, juro que mi clítoris late tan fuerte que podría desmayarme.
—Lily —dice.
Solo eso. Una palabra. Mi nombre. Pero la forma en que lo dice es baja, lenta y cargada de algo que intenta ocultar, y hace que toda mi columna se tense porque, santo cielo, no estoy bien. Mi entrepierna se contrae. Mi garganta se siente seca.
Mis pezones se endurecen tan rápido que duelen, y todo lo que puedo pensar es que este hombre está a seis pies de mí y ya mi cuerpo quiere arrastrarse hacia sus manos.
—H-hola —susurro, tratando de mantener mi voz firme, pero se quiebra de todos modos y probablemente sueno como una virgen en una película porno—. Hola, Sr. Blackwood.
Su quijada se tensa.
Sus ojos se entrecierran un poco.
—Connor está bien.
Y así, sé que no voy a sobrevivir a este crucero.
¿Porque ese tono? ¿Ese nombre? ¿Ese casual abandono de la formalidad?
Eso es una invitación. Eso es él cruzando la línea, aunque sea solo un centímetro. Eso es él diciendo te veo. Eso es él diciendo ya no eres una niña. Eso es él dándome lo justo para ahogarme.
—Connor —repito, y el nombre sabe a pecado en mi lengua.
Él me mira un segundo más, y por un breve instante, lo veo “lo puedo sentir” el destello de calor en sus ojos. La tensión Alfa en el ambiente. La forma en que su pecho se eleva ligeramente como si tuviera que inhalarme. Ni siquiera creo que se dé cuenta de que lo está haciendo. Es instinto. Instinto crudo y primitivo.
Y mi entrepierna pulsa entre mis piernas como si supiera lo que viene.
Entonces (por supuesto) Bella aparece de la nada como un bloqueo humano envuelto en gafas de sol rosas y emoción. Me abraza antes de que pueda procesar lo que acaba de suceder y comienza a gritarme al oído sobre champán y habitaciones y lo atractivos que son los chicos en el piso de arriba.
—¡Oh Dios mío, lo lograste! —grita, abrazándome como si no acabara de interrumpir un orgasmo silencioso y total—. ¡Pensé que te lo ibas a perder! El barco es una locura, Lily. No estás lista. Vamos, vamos, ¡todos están esperando! Espera a que veas las habitaciones.
Me agarra de la muñeca y me arrastra hacia la rampa, aún hablando sobre bikinis y alcohol, y no tengo más remedio que seguirla, con las piernas temblorosas, el corazón en la garganta, la v****a empapada y latiendo, y prácticamente gritando por el hecho de que acabo de cruzar miradas con Connor Blackwood y he sobrevivido.
Por poco.
Pero puedo sentirlo detrás de mí.
Puedo sentir sus ojos en mi trasero.
Puedo sentir su control deslizándose…solo un poco.
Y eso es todo lo que necesito.
***
Bella hablaba tan rápido que apenas puedo seguirle el ritmo. Algo sobre bebidas y el horario del jacuzzi y la pareja que ya se había liado en la cabaña de abajo, aunque literalmente acabamos de abordar.
Asiento. Sonrío. Digo “¡Oh Diosa mía!” y “¡Eso es increíble!” y trato de pretender que no sigo apretando mis muslos con cada paso porque la parte de atrás de mi vestido sigue rozando mi trasero y me hace imaginar que la mano de Connor está allí en su lugar.
Entonces los veo.
Al resto del grupo.
Cuatro de ellos ya están reunidos en las sillas de playa bajo el toldo; dos chicos, dos chicas, todos bronceados, riendo y bebiendo cócteles como si este fuera su cuarto verano en Saint-Tropez. Un chico tiene tatuajes. Una chica tiene aros de oro del tamaño de mis puños. Todos se ven mayores, más geniales, más relajados. ¿Y yo?
Parezco una virgen con un fetiche secreto de Papi y un pulso en mi clítoris tan fuerte que podría desmayarme.
Bella los señala como si estuviera pasando lista.
—Está bien, ese es Tyler, es mío, no lo toques, te mataré, ¿eh? Ese es Chase y Courtney, rompen como tres veces al día, así que solo sonríe y asiente. Y esa es Daphne y Elia, están obnoxiosamente enamorados y probablemente querrás empujarlos por la borda para el Día Tres.
Saludo. Sonrío. Asiento. Digo algo educado. No recuerdo qué.
Porque mi boca se abre ¿y las siguientes palabras que salen?
Quiero matarme en el momento en que las digo.
—Tu papá se ve muy musculoso.
Oh Diosa mía.
¿Acabo de decir eso?
Lo dije.
Realmente lo dije.
En voz alta.
Para ella.
Para su hija.
En público.
Rodeada de gente.
Quiero agarrar las palabras y tragármelas de nuevo, pero ya están flotando en el aire, pegajosas y pervertidas y difíciles de explicar. Y Bella (bendito sea su corazón) solo gira la cabeza y levanta una ceja hacia mí como si hubiera escuchado lo que dije y me estuviera dando una oportunidad de retractarme antes de que se ponga raro.
Entro en pánico.
—Quiero decir, no, de una manera extraña —suelto, hablando más rápido de lo que mi cerebro puede procesar—. Solo estoy diciendo que se ve como, ya sabes, que se cuida. Como, en forma. Como, para su edad. No es que sea viejo. No quise decir eso. Solo quería decir que, si no fuera tu papá, y obviamente lo es, pero si no lo fuera, la gente definitivamente pensaría que es como, un chico ex-militar sexy que corre sin camiseta por el bosque o algo así. No es que lo imagine corriendo. Quiero decir, no muy a menudo. Tal vez una vez. O dos.
Quiero ahogarme en el mar, ahora mismo. Ataré un ancla a mi tobillo. Lo haré.
¡Pero Bella! Bella solo se ríe.
Con una risa plena y honesta. Se cubre la boca y todo.
—Oh Diosa mía, Lily —jadea—. Eres una rarita.
—No quise decirlo así —susurro, aunque lo hice al 100% y ambas lo sabemos.
Ella lo ignora.
—Está bien. Todos dicen eso. Mis amigos solían llamarlo “Papi Alfa” y yo quería meterme en un agujero y morir.
Papi Alfa. Es mío.
Mi v****a late tan fuerte que tengo que apretar la mandíbula.
Me río nerviosamente, empujando mi cabello detrás de la oreja y tratando de pretender que mi cara no está roja como un pimiento.
—Bueno… quiero decir… lo entiendo. Definitivamente tiene esa cosa de… poder.
Ella se encoge de hombros.
—Él hace ejercicio cada mañana de manera obsesiva. Se levanta a las 5 a.m., levanta pesas, corre en la arena, pelea con personas imaginarias en el patio trasero como si estuviera entrenando para la guerra. Ni siquiera usa auriculares. Solo… ¡gruñe!
¡Gruñe!
Mi cabeza explota.
Todo mi cuerpo se convierte en una necesidad gigante.
Hago un sonido (medio jadeo, medio chirrido, medio gemido disfrazado de tos) y rezo para que nadie lo escuche sobre la música.
—Suena intenso —digo, porque no sé qué más decir sin decir que quiera que me doblegue sobre esta barandilla y me folle hasta dejarme estúpida.
—Es un loco con la disciplina —continúa Bella—. Todo lo de Alfa. Siempre tiene que estar en control. Incluso de su cuerpo. A veces es aterrador. Pero sí. Es atractivo, supongo. Si te gustan los hombres aterradores con problemas emocionales.
Oh, sí.
Son mi tipo, definitivamente.
Me gustan los hombres aterradores con problemas emocionales y venas gruesas en sus antebrazos y ojos de papá pensativos y puños lo suficientemente grandes como para rodear mi cuello mientras me hacen gemir en las almohadas con su nudo hinchándose dentro de mí
—¿Lily?
Bella agita su mano frente a mi cara.
Parpadeo.
—¿Qué?
—Te distrajiste.
—Lo siento —Me aclaro la garganta—. Probablemente sea el jet lag.
Ella asiente, sonriendo.
—O tal vez solo estás pensando en eso. Tú, virgen.
—Te odio —susurro.
Ella se ríe y me agarra la muñeca.
—Vamos, vamos a conseguirte una bebida antes de que sigas pensando en eso.
Y la dejo arrastrarme hacia la barra abierta, ¿pero mi cerebro?
Está atrapado en esa imagen ahora.
Connor.
Sudoroso. Gruñendo. Sin camisa. Dominante.
Jodidamente aterrador.
Y todo mío… si juego bien mis cartas.