Un mes después…
El sonido constante de teclas, teléfonos y pasos sobre el mármol ya no le resultaba tan extraño. Iris se había acostumbrado al ritmo vertiginoso de la oficina de Alexander Blake, aunque no al hombre en sí. Su presencia seguía despertándole una mezcla irritante de alerta y atracción. Cada vez que lo veía pasar con ese aire dominante, con sus trajes perfectamente hechos a medida y esa maldita sonrisa arrogante, algo en su interior se tensaba.
Pero había aprendido a disimular. A moverse con seguridad, con esa elegancia atrevida que se había vuelto su sello. Vestía una blusa de seda negra metida dentro de un pantalón entallado color crema y tacones altos que la hacían sentir poderosa. Su cabello caía en ondas suaves, y sus labios rojos eran como un recordatorio de que no estaba allí para pasar desapercibida.
—Iris, hay una joven en recepción que dice que viene a verte —anunció Julia, la asistente de recursos humanos, asomando la cabeza por su cubículo—. Dice que es tu hermana.
Iris parpadeó, sorprendida.
—¿Emma? ¿Qué hace aquí?
—No lo sé, pero está causando… algo de revuelo —respondió Julia con una sonrisa apenas disimulada.
Iris suspiró, tomando su blazer antes de levantarse.
Con Emma, el “revuelo” era inevitable.
En la recepción del piso 32, todos parecían disimuladamente atentos a la joven que esperaba sentada con una pierna cruzada y una expresión de aburrimiento exquisitamente ensayada. Emma Delgado sabía que estaba llamando la atención, y no solo no le molestaba, lo disfrutaba.
Vestía un conjunto casual provocador: una falda de mezclilla ajustada que apenas cubría lo necesario, una blusa corta blanca que dejaba ver su cintura y unas botas negras altas que marcaban aún más sus largas piernas. Su maquillaje era impecable, y su perfume, dulce y penetrante, flotaba en el aire.
—¿Puede avisar a mi hermana que estoy aquí? —preguntó con impaciencia al recepcionista, quien intentaba no mirarle el escote cada vez que ella se inclinaba sobre el mostrador.
—Ya lo hemos hecho, señorita. Ella viene en camino.
Emma resopló y se dejó caer nuevamente en el asiento de cuero, sacando su celular. No había pasado un minuto cuando una figura alta y elegante entró al vestíbulo.
Traje gris grafito. Reloj de lujo. Mirada astuta.
Era Liam Carter.
Él caminaba hablando por teléfono, pero en cuanto sus ojos se posaron en la joven desconocida en recepción, su paso se ralentizó apenas. Bajó el teléfono lentamente, observándola sin disimulo.
Y Emma, sin siquiera alzar la vista de su pantalla, ya sabía que alguien la estaba mirando.
—¿Se te perdió algo? —disparó, sin mirarlo.
Liam se acercó con su caminar seguro, dejando que sus ojos bajaran con descaro por las piernas de la desconocida. No era del tipo que se impresionaba fácilmente, pero esa chica… tenía un aura explosiva. Como dinamita vestida de tentación.
—¿Sueles morder a todos los que te miran o solo a los que te gustan? —preguntó con una ceja alzada y una sonrisa de medio lado.
Emma levantó la mirada despacio, cruzando las piernas con elegancia, como si ese gesto fuera un acto calculado para desafiarlo. Lo observó de arriba abajo sin disimular.
—¿Y tú sueles acosar a todas las chicas que no te piden atención o solo a las que están demasiado fuera de tu alcance?
Liam rió suavemente, encantado.
—Ah, entonces admites que eres inalcanzable.
—Admito que no tengo tiempo para egos con trajes caros.
—Te sorprendería lo que algunos egos pueden ofrecer si te das la oportunidad de probar —replicó, inclinándose apenas hacia ella, lo suficiente para que sus voces quedaran entre ellos, como un secreto.
Emma ladeó la cabeza.
—¿Eso fue una insinuación, señor…?
—Carter. Liam Carter. —Tendió la mano con fingida cortesía.
Ella no la aceptó.
—No me interesa tu nombre, Liam Carter. Me interesan las personas que no necesitan impresionar a nadie.
Él se echó a reír, genuinamente divertido.
—Y sin embargo, aquí estás, causando terremotos con una faldita y media sonrisa. No pareces del tipo que huye de impresionar.
Emma se puso de pie, más baja que él, pero igual de desafiante. Se acercó, acortando la distancia entre ellos hasta que sus cuerpos casi se rozaron.
—Una cosa es causar efecto. Otra es necesitarlo. Yo no necesito que nadie me mire, pero si lo hacen… que aprendan a resistir el incendio. No todos sobreviven al fuego.
Sus palabras eran suaves, pero cada sílaba era una provocación. Liam sintió el escalofrío recorrerle la nuca. No sabía quién era esa chica, pero no estaba acostumbrado a mujeres que le respondieran así. Menos con tanto estilo.
—¿Y tú? —preguntó ella de pronto—. ¿Eres de los que se queman… o de los que huyen?
Liam la sostuvo la mirada, serio por un instante.
—Yo soy de los que se quedan a mirar cómo arde todo… y luego avivan las llamas.
El silencio que siguió fue denso, eléctrico.
Fue entonces cuando la puerta del ascensor se abrió, e Iris apareció caminando con paso firme, su rostro relajado hasta que vio a su hermana a un suspiro de un hombre que reconoció de inmediato.
—¡Emma! —exclamó, apurada—. ¿Qué estás haciendo aquí abajo?
Emma dio un paso atrás, como si nada hubiera ocurrido.
—Vine a almorzar contigo, ¿recuerdas? Tú dijiste que hoy saldrías a tiempo.
Iris bajó la mirada al ver la cercanía entre ellos y luego miró a Liam con desconfianza.
—¿Todo bien, Carter?
—Perfectamente. Solo estaba… entretenido —respondió Liam, sin quitarle los ojos de encima a Emma.
Emma le sonrió apenas, con ese brillo desafiante en los ojos.
—Gracias por… el tiempo compartido —dijo con tono burlón, y giró para seguir a Iris.
Liam se quedó inmóvil unos segundos, observando cómo se alejaba con su caminar provocador, como si supiera exactamente lo que había dejado atrás.
—Hermana de Iris… —murmuró para sí con una sonrisa torcida—. Esto va a ser interesante.
—¿Quién era ese tipo? —preguntó Emma apenas se sentaron en una pequeña terraza cerca del edificio. Apoyó los codos en la mesa y miró a Iris con una sonrisa pícara—. Tenía esa mirada de ‘me como el mundo y después a ti’.
Iris soltó una carcajada, negando con la cabeza mientras hojeaba el menú.
—Se llama Liam Carter. Es el mejor amigo de Alexander… mi jefe.
—Ah… ¿ese Alexander? ¿El que te ofreció trabajo con una tarjeta como si fueras su nuevo proyecto de diseño?
—El mismo. Y no, no hagas teorías raras. Él es complicado… demasiado. —Iris desvió la mirada, fingiendo que el menú era más interesante de lo que en realidad era.
Emma arqueó una ceja.
—¿Complicado o atractivo? Porque tu tono me suena a fuego contenido. ¿No me estarás ocultando que el CEO está bueno?
—Emma… —advirtió Iris, alzando una ceja—. No empieces.
—¡Solo pregunto! —se defendió con teatral inocencia—. A ver, dime que no te gusta ni un poquito. ¿Nunca se te ha cruzado por la mente cómo se verá sin el traje?
Iris apretó los labios, pero no respondió.
Ese silencio fue suficiente para que Emma sonriera como quien acaba de descubrir el secreto mejor guardado del mundo.
—¡Lo sabía! ¡Estás enamorada del jefe!
—¡Por favor! Ni en sueños. Es arrogante, controlador, irritante… y sí, está bueno, pero no es mi tipo.
—Claro… —dijo Emma con sarcasmo—. “No es mi tipo”, dice mientras le brillan los ojos. Mira, hermana, yo te conozco. Y cuando ese ceño fruncido te dura más de tres segundos es porque alguien te mueve el piso… o te lo rompe.
Iris bufó, dejando el menú sobre la mesa.
—¿Podemos hablar de otra cosa?
—Claro —dijo Emma, tomando su vaso con soda—. Hablemos de Liam. ¿Está soltero?
Iris se atragantó con su agua.
—¡No vas a empezar a meterte con mis compañeros de trabajo!
—Yo no empiezo. Ellos me buscan. Ese tal Liam tiene algo… peligroso. Me gustan los hombres así: que no se asustan cuando les respondes con el mismo fuego.
—Ese tipo es igual o peor que Alexander. No te metas ahí, Emma. Te lo digo en serio.
—¿Por qué? ¿Celos?
—No. Porque sé cómo juegan los hombres como él. No quieren compromiso, solo conquistar lo que brilla. Y tú brillas demasiado.
Emma sonrió con ternura por un instante.
—A veces, Iris… no me importa si alguien quiere jugar conmigo. Mientras sepa que yo también sé jugar.
Después del almuerzo, Iris volvió a la oficina con el corazón algo inquieto. No solo por la reacción de Emma ante Liam, sino por lo mucho que su hermana le estaba sacando verdades que no quería aceptar.
Y en lo alto del edificio, en una oficina de cristal, Alexander Blake observaba desde su ventanal mientras Iris se alejaba por la calle, con su hermana al lado.
—¿Quién es ella? —preguntó en voz baja, cruzando los brazos.
—¿Quién? —preguntó Liam desde el sillón, con una sonrisa como si ya supiera la respuesta.
Alexander señaló hacia la calle.
—La que venía con Iris.
Liam soltó una risa baja.
—Ah, ella… esa, mi querido amigo, es dinamita pura. Y tengo la sensación… de que acaba de encender la mecha.