Iris llegó pateando la puerta del apartamento, con el uniforme manchado de café seco, el cabello alborotado y la dignidad hecha trizas.
—¡No puedo creerlo! ¡Ese estúpido engreído! —gritó mientras tiraba su bolso sobre el sofá y se quitaba el delantal de un tirón.
Desde la cocina, Camila asomó la cabeza con una cucharada de cereal a medio camino de su boca.
—¿Otra vez llegaste gritando como alma en pena?
Emma apareció en sala luciendo una mini falda de mezclilla y una blusa diminuta que dejaba ver más piel que tela.
—Uy, te ves fatal —comentó con una sonrisita burlona—. ¿Qué pasó, chocaste con un toro o qué?
Iris lanzó una mirada fulminante a ambas.
—¡No! Chocó conmigo un muro de músculos, arrogancia y perfume caro. Literal. Y para colmo, lo bañé en café caliente.
Camila soltó la cucharada y casi se atraganta de la risa.
—¿Qué? ¿A quién bañaste? ¿Al cliente?
—Al dueño. Al mismísimo Alexander maldito Blake.
Emma abrió los ojos como platos.
—¡¿Alexander Blake?! ¿El millonario? ¿El que sale en Forbes con esa sonrisa de “te compro y te vendo”? ¿¡Ese!?
Iris gruñó, hundiéndose en el sofá.
—Sí. Ese. Y lo peor es que me miró como si yo le hubiera regalado una obra de arte. No gritó, no me insultó. Solo me dijo... “Te voy a mandar la factura de mi camisa”.
Las dos estallaron en carcajadas. Iris, indignada, les lanzó un cojín.
—¡No es gracioso! Luego me despidieron como si fuera basura.
Camila intentó calmarse.
—Ok, ok... Pero ¿no dijiste que te dio una tarjeta?
Iris sacó la tarjeta del bolsillo trasero de su pantalón y la lanzó sobre la mesa como si ardiera.
—"Ven a verme", decía. ¿Quién se cree que es? ¿Christian Grey versión arrogante? ¡Está loco!
Emma tomó la tarjeta entre los dedos, la giró con curiosidad y murmuró:
—O está interesado...
—No me interesa —dijo Iris, cruzándose de brazos—. Ese tipo me desestabiliza y me hace sentir... no sé, atrapada.
—Entonces... ¿no vas a ir? —preguntó Camila.
Iris dudó. Pero no dijo nada.
El sol se filtraba tímidamente entre las cortinas del pequeño apartamento que compartía con su amiga. El despertador sonó puntual a las 6:00 a. m., pero Iris ya estaba despierta, con los ojos abiertos, fijos en el techo, repasando mentalmente todo lo que había pasado el día anterior.
¿De verdad ese tipo me ofreció trabajo después de que le bañé la camisa con café?
Negó con la cabeza y se sentó en la cama, sintiendo una mezcla de nervios y curiosidad recorrerle el cuerpo.
Se levantó con decisión y fue directo al baño. Se duchó con agua tibia, peinó su cabello oscuro con delicadeza, y se aplicó un maquillaje suave pero firme: delineado fino, labios nude, y una base impecable que le daba ese aire de seguridad que tanto le gustaba proyectar. Eligió un conjunto que mezclaba elegancia con audacia: pantalones de vestir negros entallados, una blusa blanca de seda ligeramente escotada, tacones medios y una chaqueta beige que cerraba el look con autoridad.
—Hoy no voy a dejar que ese idiota me intimide —murmuró frente al espejo, ajustándose los pendientes—. Si quiere jugar, va a tener que medirse conmigo.
Una hora más tarde, llegó a Blake Enterprises. El edificio la intimidó más de lo que admitiría. Los ventanales brillaban como espejos perfectos, y todo el vestíbulo olía a dinero, éxito y poder.
En recepción, una mujer de cabello rubio platinado y gafas sin marco la miró con recelo.
—¿Tiene cita?
—Iris Delgado. Me dijeron que me presentar… —no alcanzó a terminar. El teléfono en el escritorio sonó.
La recepcionista contestó, escuchó unos segundos y luego colgó con una expresión neutra.
—El señor Blake la espera. Piso treinta y dos. Oficina principal.
Iris tragó saliva y entró al ascensor. Las puertas se cerraron y por un segundo se vio reflejada en los espejos. Vamos, Iris. No es más que otro hombre rico con ego inflado.
Cuando llegó, Alexander ya estaba esperándola. De pie. Traje oscuro. Impecable. Y con esa expresión indescifrable en el rostro que tanto la sacaba de quicio.
—Se nota que sabes arreglarte —dijo sin saludar.
—Y usted sabe hacer comentarios innecesarios.
Él sonrió. Le gustaba eso en ella. La forma en que no se dejaba quebrar.
—Vas al grano. Bien. Esta es la propuesta: asistente ejecutiva. No serás mi secretaria ni mi sirvienta. Te voy a exigir. Mucho. Y me vas a odiar la mayoría del tiempo.
Iris entrecerró los ojos.
—¿Y por qué yo? ¿Por qué no cualquiera de esas mujeres perfectas que desfilan aquí con tacones de diez centímetros y sonrisas falsas?
Alexander se inclinó hacia ella, apoyando una mano en el escritorio.
—Porque tú eres la única que tuvo el descaro de derramarme café en el pecho y luego mirarme como si fuera yo quien te debía una disculpa.
Ella lo miró, desafiante… pero el corazón le latía a mil.
—¿Y qué haría exactamente?
—Organizar mi agenda. Coordinar mis reuniones. Filtrar llamadas. Y estar disponible. Para todo.
Hubo un silencio tenso. El tipo hablaba con una seguridad abrumadora. Ella dudó. Pero la necesidad de estabilidad, de un sueldo decente, y la promesa de superarse, pesaban más que su orgullo.
—Está bien —dijo al fin, con firmeza—. Acepto.
Alexander asintió.
—Perfecto. Empiezas mañana. Ocho en punto. No tolero los retrasos.
Iris giró para salir, pero justo cuando estaba por abrir la puerta, escuchó su voz de nuevo.
—Ah, y Delgado…
Ella se detuvo, sin voltearse.
—No intentes conquistarme. No eres mi tipo.
Iris sonrió con sarcasmo.
—Tranquilo, jefe. Los ególatras no son mi tipo tampoco.
Y sin esperar respuesta, salió del despacho con la cabeza bien alta. Dudaba de si había tomado la decisión correcta… pero algo le decía que esa oficina iba a cambiar su vida.
El edificio de Blake Enterprises se alzaba majestuoso frente a ella, con ventanales de vidrio n***o que reflejaban el cielo y las nubes como si fueran parte del diseño. Iris respiró profundo y caminó con paso firme, aunque el estómago le diera vueltas. Llevaba una blusa de seda blanca, pantalones entallados negros y tacones que sonaban decididos en el mármol pulido de la entrada.
—Buenos días —saludó al portero, que solo asintió con la cabeza.
Un ascensor privado la llevó hasta el piso 32, donde se encontraba la oficina principal. Las puertas se abrieron y fue recibida por un silencio elegante, un perfume sutil flotando en el aire y paredes grises decoradas con cuadros abstractos. El ambiente era tan sofisticado como intimidante.
—¿Iris Delgado? —preguntó una voz femenina desde el escritorio de recepción.
—Sí. Soy yo —respondió ella, con una sonrisa tensa.
—Soy Madison, la asistente personal del señor Blake. Me pidió que lo esperes en la sala de reuniones. Está por llegar.
Iris asintió, cruzó el pasillo con seguridad fingida y entró a la sala. Era amplia, con una gran mesa de cristal y sillas de cuero blanco. Se sentó en la orilla, cruzando las piernas, decidida a no parecer nerviosa. Pero el corazón latía fuerte. Todo esto era tan surreal… apenas ayer lo había bañado en café.
La puerta se abrió.
Alexander Blake apareció impecable, con un traje azul marino perfectamente entallado, su reloj de lujo brillando con discreción y el cabello ligeramente revuelto como si cada hebra supiera exactamente dónde debía ir.
—Veo que llegaste puntual —dijo él, con una media sonrisa que no llegó a sus ojos.
—¿Esperabas que no lo hiciera?
—Esperaba que lo hicieras... pero que mostraras un poco más de respeto. No estás aquí por caridad, Delgado. Estás aquí porque confío en que vales la pena.
La tensión en la habitación era tan densa que podía cortarse con una navaja.
—Lo mismo pienso, señor Blake —respondió ella, alzando la barbilla—. Yo tampoco trabajo por caridad.
Por un instante, algo brilló en sus ojos. ¿Interés? ¿Desafío?
—Bien. Empezarás en el área de desarrollo de proyectos internos. Harás reportes, agendas, coordinarás eventos, y responderás directamente a mí. Tu oficina está junto a la mía. Y una regla: no llegues tarde, no hables de más, y nunca entres sin llamar.
—¿Siempre es tan encantador o solo conmigo?
—Tú me lanzaste café, Iris. No soy un hombre que olvide fácil.
Ella sonrió sarcástica, se puso de pie y se dirigió a la puerta.
—Gracias por la oportunidad, señor Blake.
Él no respondió. Solo la observó mientras salía, su silueta firme y desafiante. Cuando la puerta se cerró, Alexander se pasó la lengua por los labios, divertido.
—Esto va a ser interesante —murmuró.