Capítulo 16

1222 Words
Termina el libro pasadas las dos. La última página la lee dos veces, porque no quiere que se acabe todavía la excusa de estar en otro siglo. Cierra la tapa despacio, deja el marcador adentro por costumbre aunque ya no haga falta, y se queda un momento con la mano apoyada sobre la tapa, como si todavía pudiera retener algo de esa Roma de intrigas ajenas. Se levanta descalza hasta la cocina. Toma unas fetas de jamón crudo, unas hojas de rúcula, medio tomate, lo mezcla sin mucho cuidado y come parada, apoyada contra la mesada, mirando el río que a esta hora ya cambió a un movimiento más quieto. No tiene hambre real. Come porque hay que comer, con la misma disciplina con la que hace todo. Vuelve al living. Se acuesta en el sillón de lino, las piernas estiradas esta vez, un almohadón bajo la nuca, la remera de algodón suelta que usa solo acá adentro. El silencio del piso doce, ese silencio con textura que hoy le pesa distinto: un espacio vacío esperando que algo lo llene. En algún momento movió el teléfono hasta la mesa baja al lado del sillón. No recuerda haberlo hecho. No lo quiere agarrar. Se lo dice con la firmeza con la que dice cualquier otra cosa que después no cumple. Cierra los ojos. Cuenta, sin proponérselo, algo parecido a las respiraciones. Dura menos de dos minutos. La mano ya está sobre la pantalla. Instagram. El nombre de él en la memoria del buscador, los dedos más rápidos que la duda. El aro de color en la foto de perfil, nuevo otra vez. Toca. Una cancha de tierra, el sol llegando a su punto más alto, la polvareda suspendida en el aire como si no tuviera apuro. Dante corriendo atrás de una pelota que no llega a entrar en cuadro, la remera pegada al cuerpo por el sudor, el pelo aplastado contra la frente de una manera diferente al desorden de la foto del CV, más caótico, más real. Alguien filmó de lejos y subió el clip sin pensarlo dos veces. Dura tres segundos. Andrea lo mira completo, y después lo mira otra vez. La historia siguiente es una foto fija. Dante sin remera, la prenda colgada de una mano, el otro puño levantado con el pulgar hacia arriba, al lado de un chico más petiso con la cara colorada de risa. El sol le pega de costado y le marca el torso: no hay nada esculpido ahí, nada de gimnasio ni de rutina pensada para una foto, apenas el trabajo natural de veintiún años que todavía no decidió en qué convertirse. Los hombros angostos. El abdomen apenas dibujado, más sugerido que exhibido. Una línea de vello que baja y se pierde en la cintura del short. Andrea lo mira. Le hace zoom sin decidirlo, el pulgar y el índice separándose solos sobre el vidrio, y se avergüenza de estar haciéndolo, pero lo sostiene de todos modos, sola, sin nadie que la corrija. Se queda con la imagen agrandada un rato. El sudor le da un brillo distinto a la piel, algo que en la oficina, con la camisa planchada y el cuello alto, jamás le vería. Es otro Dante. El de antes de la oficina, el de antes de ella. Basta. Tira el teléfono lejos, hacia el otro extremo del sillón, con más fuerza de la que el gesto necesitaba. Rebota una vez contra el almohadón y queda ahí, con la pantalla apagada. No sirve. La mano que tenía apoyada sobre el vientre, por encima de la remera, se movió pero no fue una decisión consciente. Se da cuenta recién cuando ya está debajo de la tela, la palma tibia contra la piel, bajando. El short de entrecasa no tiene nada abajo, nunca usa ropa interior entre estas cuatro paredes. Los dedos encuentran lo que buscan sin resistencia. Cierra los ojos. No hace falta buscar el teléfono ni volver a abrir i********:. Tiene la imagen guardada mejor que cualquier historia que se borra en veinticuatro horas: el torso al sol, la remera colgando de una mano, la risa sin pulir, el sudor. Lo imagina ahí mismo, en su sillón, con la piel encendida por el esfuerzo, transpirado encima de ella. Se lo imagina buscándola con la torpeza fresca con la que le contestó en la oficina, sin una coreografía aprendida. Los dedos se mueven despacio al principio. Después más rápido, arriba y abajo, más adentro. La otra mano le levanta la remera y se aferra a sus pechos, jugando con su pezón. Piensa en el mechón cayéndole sobre la frente. En la media sonrisa que se corrige a sí misma. En la voz que le dijo acepto sin que sonara a nada solemne. En el sudor bajándole por la espalda a él, con las gotas de transpiración en sus manos aferrándolo contra ella. Inventado, sólo en su mente. El ritmo se le vuelve constante, un vaivén que ella misma dicta y que no necesita corregir ni acelerar. Aprieta los muslos alrededor de la mano. El lino del sillón le raspa apenas la piel del talón desnudo, un roce mínimo que en cualquier otro momento no registraría y que ahora se suma a todo, un detalle más empujándola hacia el mismo lugar. La respiración se le acelera sin que se lo permita. Arquea apenas la espalda contra el lino, un talón clavado en el otro extremo. Algo le sube desde el vientre con una insistencia que no reconoce del todo, distinta a cualquier cosa administrada, a cualquier cosa cedida, a cualquier cosa que haya sentido con nadie en mucho, mucho tiempo. Es otra cosa, más adentro, sin testigos, sin nadie a quien rendirle cuentas ni nadie a quien convencer. Se muerde el labio. Esta vez ni siquiera se da cuenta. Llega sola, en su living, con el río detrás del vidrio y el sillón de lino sosteniéndola, un gemido profundo que nadie escucha y que ella misma no reconoce como propio. El cuerpo se le afloja de golpe, la respiración bajando de a poco, la mano quieta contra la piel tibia. Se queda así un rato, acariciándose. Los ojos cerrados. Cuando los abre, sigue todo en su lugar. El techo blanco, indiferente. El departamento vacío, ella sola. Es la primera vez en mucho tiempo que el placer no se corta antes de llegar. La primera vez que no hace falta pensar en una reunión, o en un mail sin contestar, ni en nada que la saque del cuerpo para poder terminar. Llegó entera. Llegó sola. Llegó por él, sin que él lo sepa, sin que él haya estado ahí más que en la cabeza de ella. Le enseñaron de chica que debería darle vergüenza. Hace años que ya no le da vergüenza. Se queda tendida un momento más, la remera arrugada hacia arriba descubriendo su pecho, el short bajado hasta la mitad del muslo. Se acomoda la ropa con un gesto automático, casi administrativo, como quien ordena un escritorio después de una reunión. El teléfono sigue apagado en la otra punta del sillón. No lo agarra de vuelta. Afuera, el río se oscurece al anochecer. Adentro, el silencio del departamento ya no le pesa como una espera. Es una pausa después de algo, aunque ese algo haya pasado únicamente dentro de su propia cabeza.
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