Capítulo 12

2026 Words
Andrea llega a las ocho. Puntual, como todos los días durante quince años. El piso de gerencia todavía huele a limpieza. Las luces se prenden a su paso, una por una, sensores de movimiento que la reconocen mejor que la mayoría de la gente. La corbata negra anudada hasta el cuello. El pelo atado. La camisa abrochada hasta arriba de todo. Los tacos que resuenan en los pasillos del edificio vacíos todavía. Se sienta. Enciende la laptop. Abre el celular. Tres mensajes de Eduardo, sin leer desde ayer. Los dejó ahí a propósito, como quien deja una puerta sin abrir para no ver qué hay del otro lado. El primero, a las 19:40: ¿Seguís en el edificio? El segundo, a las 20:05: Mañana tengo que resolver unas cosas antes de salir. El tercero, a las 07:12 de hoy: Salgo de viaje después del mediodía. Voy a estar afuera unos días. Si pasás por la mañana, me encontrás. No dice vení. Nunca lo dice. Eduardo no pide, deja la información sobre la mesa y espera que el otro la levante. Si pasás. Quince años de esa gramática. Andrea la conoce. Sabe traducirla sin diccionario. Escribe. Borra. Escribe otra vez. Buen viaje, Eduardo. Hoy tengo la agenda completa, reuniones de corrido y mucho pendiente. Disculpame. Cuando vuelvas nos ponemos al día. Lo lee dos veces. Es prolijo y no dice nada. Lo manda. Es mentira, y no del todo. La agenda está completa desde el lunes. Pero hay un hueco entre las nueve y las diez que podría haber ocupado y no lo hizo. Y un encuentro entre ellos, últimamente, no le insume mucho tiempo. Los dos lo saben aunque sea un intercambio de textos nada más. Apoya el celular boca abajo. Siente alivio y culpa, en ese orden y en proporciones que no le gustan. —Bueno —dice en voz alta, a la oficina vacía—. A trabajar. Contesta el mail que lleva un día y medio sin terminar. Lo hace en cuatro minutos. Revisa la reestructuración de logística, una de la que Silvana se burló con su golden retriever. Corrige tres cuadros. Rechaza un presupuesto. Firma dos órdenes de compra. Llama a un proveedor de Rosario y lo deja sin argumentos con una voz que no sube ni un tono. A las nueve menos diez mira el reloj. Él ya tiene que estar en Avenida de Mayo. Ayuno de doce horas, la aguja en el brazo. Andrea conoce cada rubro de esa lista porque ayudó a armarla. Cada estudio con su razón, cada razón con su artículo. Sabe qué le están pidiendo hoy y a qué hora del día empieza a ser un problema. Baja el reloj. Vuelve a la pantalla. No ayuda. Su imagen se le mete igual, entre una cifra y otra: el mechón sobre la frente, el cuello alto de una camisa que no terminaba de ser suya, la risa cortada. Genial. Todo en el mismo día. Ese tono, como si el mundo fuera una broma que le gustaba que le contaran. Se pasa las manos por la cara. Se acomoda el nudo de la corbata, aunque no es necesario. Abre otra planilla. Almuerza frente al monitor: una ensalada que la asistente número uno le deja sobre el escritorio sin preguntar. A las doce y media, un mensaje de Eduardo: Buen viaje para mí, entonces. Nos vemos en unos días. Y nada más. Ni reproche ni pregunta. Andrea lo lee, lo archiva, y siente cómo el edificio se vuelve un poco más liviano, o un poco más suyo. La reunión de las cuatro dura una hora y veinte. Habla poco. Cuando lo hace, cierra la discusión. Un director le pregunta si se siente bien y ella responde que sí, con la sonrisa mínima que usa para las preguntas que no piensa contestar. Sí se siente bien. Ese es el problema. Se siente demasiado despierta. A las seis, la puerta se abre sin golpes. —Viernes —anuncia Silvana, desde el marco, con la cartera colgando de un dedo—. Ley universal. Vamos a tomar algo. —Tengo cosas que hacer. —Siempre tenés cosas que hacer. Pero no las tenés hasta las nueve de la noche. O hasta el lunes. Vamos. Unas copas. Hablamos de nada. —¿Y Bruno? —Le dije que se tome la noche. Cuando lo mando a casa se queda mirando el techo. Pobre. Andrea mira la pantalla. Tres mails sin responder. Ninguno urgente. Podría decirle que no. Es lo que haría si hiciera lo que piensa. Pero significa pensar en el departamento, en el sillón de lino, en la laptop con la foto de un partido de potrero. Decide evitar pensar. Es mejor que cualquier argumento. —Dame diez minutos. —Te doy cinco. Es un bar, no un directorio. El bar queda en Recoleta, a unas cuadras, en el subsuelo de un hotel viejo: maderas oscuras, luz baja, un pianista que toca lo suficientemente bajo como para que nadie lo escuche. Silvana conoce al barman por el nombre, le dice Johnny. Les sirve dos gin tonics sin que hayan pedido nada. Se sientan en una mesa del fondo. Silvana se saca los tacos por debajo de la mesa, con un suspiro de alivio que no muestra en ningún otro lado. —Primero lo primero —dice—. ¿Pensaste en las vacaciones? —¿Qué? —Vacaciones, Andrea. Esa palabra que en tu diccionario no figura. —Este año no. —Tampoco el anterior. Ni el otro —Silvana revuelve el hielo con el dedo—. Yo me tomo enero entero. Este año pienso ir a Italia. Puglia, la costa de abajo, un auto alquilado y ningún plan. Ni un solo mail, ni un solo Excel. Sólo pasta y vino. —¿Con Bruno? —¿Con Bruno a Italia? —se ríe—. Se pasaría dos semanas sacándome fotos. No. Sola. Hace veinte años que quiero ir sola. Todavía no me animé. Lo dice liviano. Pero el vaso queda un segundo quieto en su mano antes de volver a la mesa. Andrea no comenta. Toma un trago. El gin le enfría la garganta y le afloja algo en los hombros. —Yo sola, buscando tanos —se ríen las dos. Hablan de cotidianidades. De un departamento que Silvana quiere vender y no puede, porque el marido (el difunto, así le dice, el difunto) lo eligió con un gusto espantoso que ella nunca se animó a cambiar. De la madre de Andrea, que no la ve hace años pero igual sabe como está. De una serie que Silvana vio entera un domingo entre la mañana y la madrugada, y que le dejó la certeza de que todos los finales están mal escritos. Es fácil. Es la conversación más fácil que Andrea tiene y por eso la repite casi todos los viernes. Ninguna maniobra. Ninguna pregunta que sea una trampa. Hasta que Silvana apoya el codo, se sostiene la cara con la mano, y la mira con esa sonrisa que reparte tarjetas. —¿Y el pibe? —Hoy se hacía los estudios. —Ah, ¿sí? —los anteojos le bajan por la nariz—. ¿Y a vos cómo te cae saberlo? —Es un trámite. —Mentirosa. —Silvana. —Bueno, bueno. No pregunto más —levanta las dos manos, sin prisa—. Ya me contarás. Vas a tener que contarme, tarde o temprano. Andrea la mira en silencio. Se saca la corbata, sin decidirlo. Simplemente pasa: los dedos sueltan el nudo, tiran de la seda y la enrollan sobre la mesa junto a la copa. Después el botón de arriba. Después el segundo. El aire del bar le llega a la piel del cuello, fresco, sin testigos. Silvana la mira. No dice nada. Levanta las cejas, apenas, y vuelve a su gin. Un rato después, dos hombres se acercan. Uno alto, canoso a medias, traje sin corbata, reloj brillante que quiere que se vea. El otro más joven, con una sonrisa ya armada. Traen dos copas y una frase de apertura que suena ensayada en el ascensor. —Perdón que interrumpamos. Nos pareció que dos mujeres como ustedes no deberían tomar solas un viernes. Silvana le sonríe. La sonrisa completa. Se apoya en el respaldo, cruza las piernas, y se transforma. Es un espectáculo verla: la cabeza inclinada, la risa a tiempo, el hombro que se adelanta apenas. En tres minutos el alto le está contando algo de un viaje a Miami y ella asiente en los momentos justos. El otro se sienta al lado de Andrea sin que lo inviten. —¿Y vos a qué te dedicás? —A trabajar. —Qué precisa. —Lo intento. Se ríe. Es simpático. Tiene las manos limpias y una alianza que se sacó hace poco: queda la marca clara en el dedo. Le pregunta si viene seguido. Ella responde con monosílabos. Él insiste con humor, con la ceja levantada, y Andrea, que sabe exactamente lo que está pasando, se permite un instante de curiosidad. Un cuerpo de cuarenta y pico, de buena mandíbula, atento. Una noche de viernes sin consecuencias. Le mira la boca. Después las manos. Después los ojos. Marrones. Comunes. No tienen brillo. Siente el vacío con una claridad casi cómica. No es que el tipo sea malo. Es que en algún momento de esta semana, sin permiso, su cuerpo conoció una medida y ahora todo lo demás queda por debajo. —Fue un gusto —dice, y agarra la corbata de la mesa. —¿Ya te vas? —Sí. —¿Me das tu teléfono? —No. Lo dice sin dureza. El hombre se queda un segundo con la sonrisa en el aire y después la baja, con elegancia, con esa dignidad de quien recibe un no bien dicho. Silvana aparece a su lado con los tacos en la mano. —¿Vamos Andre? —Vamos. Afuera, la noche es fresca. La avenida corre con sus faros de viernes. Silvana se calza los tacos apoyándose en el hombro de Andrea, primero uno, después el otro. —El del reloj me pidió el número —dice—. Le di el de la pizzería. —¿Y por qué no le dijiste que no? —Porque el no cansa. La pizzería, en cambio, lo entretiene —se acomoda el blazer—. Además, tengo a Bruno esperándome. Ya sé qué me toca en casa: una sonrisa, una copa de vino servida, buen sexo con un hombre completo y ninguna pregunta. Estoy bien así. Lo dice con sinceridad. Se nota. Es un bienestar a medida, sin filo, y Andrea lo envidia un poco, con esa clase de envidia que da mirar a alguien que se conformó a tiempo. —¿Y vos? —pregunta Silvana. —¿Yo qué? —Nada —la mira un momento más de lo necesario—. Comé algo, entretente, no pienses tanto. Sube a un taxi. Baja la ventanilla. —Andre. —¿Qué? —Estás mejor sin la corbata. Se va antes de que pueda contestar. Andrea camina las diez cuadras hasta el departamento. Le hace bien el aire. Sube al piso doce, deja los zapatos donde caen, y el pelo suelto le cae sobre los hombros en un solo movimiento de los dedos. Se sirve una copa de vino que siempre piensa que no va a terminar. Se sienta en el sillón de lino, con la manta gris debajo de las piernas. Abre la laptop. Escribe el nombre del sistema de Recursos Humanos, la clave, el usuario. Busca el legajo. En estado: Estudios en curso. Resultados en 72 horas. Setenta y dos horas. Hoy es viernes. El lunes están. Lo mira un rato largo. La luz azul le baña la cara. Cierra la laptop. Se queda en el silencio del living, con el río detrás del vidrio y la copa en la mano. Tiene todo el fin de semana por delante, y ninguna manera de llenarlo. Lunes, piensa. Y por primera vez en quince años, un día de la semana le parece lejos.
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