Capítulo 8

1491 Words
Andrea lo mira desde arriba, de pie a su lado, con la palabra todavía en el aire. Acepto. Dante sigue hundido en el cuero blando de la silla, con la media sonrisa y los ojos claros fijos en ella. Le tiende la mano. —Bienvenido, Dante. Él la mira. Después la mano. Se pone de pie despacio y le estrecha la mano con firmeza, se aprietan los dedos mutuamente en un gesto que significa mucho más, que anticipa lo que ambos están deseando y conteniendo. La palma de él está tibia y un poco húmeda. Andrea la sostiene medio segundo más de lo que corresponde. Suelta ella primero. —Volvé a Recursos Humanos. Marisa te va a dar una orden para los estudios psicofísicos prelaborales. Todos. Los hacés mañana a primera hora. Hoy vas a tener que pasar por el laboratorio para que te den todas las indicaciones precisas. —¿Hoy? —Hoy pasás por el laboratorio. Mañana te hacés los estudios. —¿Qué tipo de estudios? —Los que hacen falta para el puesto. Él arquea una ceja. Entiende que la frase es una puerta cerrada y decide no golpearla. —Está bien. Se pasa la mano por el pelo y se dirige a la salida. Andrea lo mira irse. Los hombros todavía flojos dentro de la camisa recién planchada. El mechón que insiste en caer. La espalda que se aleja sin saber que la están recorriendo. En la puerta, Dante gira apenas la cabeza. —Nos vemos pronto, entonces. —Si está todo en orden, nos vemos en un par de días, sí. Sale. La puerta se cierra con un clic suave. Andrea se queda quieta. Un segundo. Dos. Cuenta hasta cinco sin proponérselo, como quien espera que un ruido termine de apagarse. Después se apoya contra el escritorio. La madera fría le atraviesa el pantalón de sastre. Respira por la nariz, largo. No sirve de nada. El calor le sube desde el vientre. No es el fuego que la sorprendió antes en la entrevista y pudo contener con una carpeta y una corbata floja. Este tiene otro peso. Le late en las muñecas, en la garganta, entre las piernas. Se le mete bajo la piel de los muslos como si alguien hubiera subido la temperatura de la habitación sólo para ella. Se mira las manos. Le tiemblan. Muy poco, apenas, pero le tiemblan. Quince años. Quince años sin que el cuerpo le pidiera algo por sí mismo. Sin desear a nadie antes de decidirlo. En todo ese tiempo, el deseo había sido una decisión administrativa suya o de superiores: elección, firma, ejecución. Ella con Eduardo siempre que él la necesitaba. Cumplía. Un par designado tras otro, cuerpos correctos, cuerpos prolijos, ninguno que le hiciera perder el hilo de la reunión de las cuatro. Y ahora un pibe de veintiún años con una camisa que le queda grande en los hombros le aflojó algo con un puñado de frases dichas sin filtro y un par de gestos. Se muerde el labio inferior. Se da cuenta a la mitad y no lo corrige. Recuerda la voz por teléfono, más grave de lo que había imaginado. Recuerda la foto del partido de fútbol, la camiseta pegada al torso, y la vergüenza tibia de haberla ampliado a las once de la noche, descalza, con la laptop sobre las rodillas. Recuerda el como quiera. La risa cortada. La manera en que él la miró de abajo hacia arriba, sentado, cuando ella le dijo hasta que salgas por esa puerta. Y la manera en que sonrió antes de decir que sí. No se lo esperaba. Eso es lo que la desarma. Ella, que anticipa cada movimiento del tablero, no había previsto la risa. Había previsto susto, o cálculo, o esa docilidad ávida de los que ven una escalera y se lanzan a trepar. Había previsto a alguien como todos los anteriores. Dante se rió, le dijo genial, todo en el mismo día, y con esa frase convirtió una cláusula en una anécdota. Nadie había hecho eso antes. Se despega del escritorio. Camina hacia la puerta sin decidirlo. Tres pasos. Cuatro. Se detiene con la mano a un centímetro del picaporte. Sería tan fácil. Abrir. Llamarlo por el pasillo antes de que llegue a la escalera. Decirle volvé. Cerrar con llave. Empujarlo contra la madera de esa misma puerta, aflojarle ese cuello alto que todavía no terminó de ser suyo, encontrarle la boca y averiguar de una vez si sabe tan bien como lo imagina. Nadie se enteraría. Es su oficina. El Protocolo la ampara, artículo cuatro, punto uno. Le arde la palma. La cierra en un puño y la deja caer. No. Todavía no. Sin firma, no hay designación Se queda de pie frente a la puerta, con la frente casi rozando la madera, y respira contra ella. Hay una palabra que llevaba años sin permitirse, y la piensa ahora sin querer: ganas. No la resolución fría de necesitar a alguien, ni la costumbre, ni la cortesía del cuerpo de cuando Eduardo la convoca. Ganas. De las que empujan. Descubre, con una lucidez que la incomoda, que no quiere gastarlas a medias. Con los otros la primera vez había sido un trámite: una tarde, una puerta cerrada, y el resto fluía por inercia. Con Eduardo, hace quince años, había sido una tormenta que ninguno de los dos supo nombrar hasta que ya los había mojado. Y con Dante… con Dante quiere saber qué es. Quiere elegir el momento. Quiere verlo llegar sin apuro, con los resultados en la mano, con la firma ya seca, sabiendo del todo a qué vino. Quiere que la primera vez no sea un impulso de mediodía contra una puerta sino algo que haya esperado lo suficiente como para valer la espera. Además está el papel, la burocracia. Se aleja de la puerta y vuelve al escritorio. Abre el cajón de arriba, saca el formulario de designación y lo deja sobre la carpeta. Ella lo firma. Lo registra Presidencia. Artículo dos, punto dos: aceptación expresa y voluntaria. Dante ya la dio, pero de palabra. Y el formulario va a llegar a las manos de Eduardo. Se queda mirando la hoja. Tiene el nombre en blanco. Toma la lapicera, la sostiene un momento y la deja otra vez. Todavía no. Contratá a quien quieras, le había dicho él. Con la camisa recién acomodada, el nudo de la corbata en el reflejo del ventanal. No le había preguntado nada. Confiaba en ella y la dejaba hacer a su voluntad. Siempre lo había hecho. Andrea guarda el formulario en el cajón. Lo cierra despacio. Se sirve un vaso de agua del dispenser que hay junto al ventanal. Toma la mitad de un trago. El vidrio le enfría los dedos, y de a poco el pulso vuelve a un ritmo que pueda administrar. Se acomoda el pelo detrás de la oreja. Se mira de reojo en el reflejo del cristal: las ondas sueltas, los labios apenas más rojos de lo que recuerda haberlos pintado, la camisa abierta dos botones más de lo que usaría en una tarde común. No los abrocha. El cuerpo necesita ese aire. Piensa en la oficina de Recursos Humanos. En Marisa y su cadena dorada, en la carpeta con los estudios, en los pasillos blancos, en las agujas, en los formularios que Dante va a llenar sin entender del todo por qué preguntan lo que preguntan. Piensa en el tiempo. Un día, dos, lo que tarden en volver los resultados. Puede esperar. Siempre pudo esperar. Es su talento más viejo: sostener el deseo el tiempo suficiente para saber cuánto vale. Lo hizo con cada ascenso. Con cada negociación. Con cada silencio en el despacho de Eduardo. Lo que no sabía es que esperar podía doler así, con gusto. Vuelve a su silla. Abre la laptop. Un mail sin responder, tres reuniones marcadas en rojo, la de las cuatro entre ellas. Lee la primera línea del primer mensaje y no entiende nada. Lo relee. Afuera, el sol ya está alto sobre el río. En el escritorio, junto al teclado, sigue la carpeta con el CV. La cierra, la abre, la vuelve a cerrar, la vuelve a abrir. En la primera hoja, la foto: el pelo desprolijo, esa mitad de sonrisa que nunca llega a ser gesto ensayado. Le pasa un dedo por el borde, sin tocarla. Dante Aguilé. Ya no tiene que repetirse el nombre para probar su peso. Lo sabe. Lo siente en la boca del estómago, en las manos, en la piel que todavía guarda la marca de un apretón de manos que duró un segundo de más. Diez pisos más abajo, en ese momento, un pibe de veintiún años está firmando su primera orden médica sin saber que una mujer de cuarenta acaba de decidir esperarlo. Andrea sonríe, sola, con esa grieta que la incomoda. Esta vez no la tapa.
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