Andrea Martínez publica el anuncio a las nueve de la mañana del día siguiente, antes de reunirse con nadie, cuando todavía tiene la cabeza despejada. Asistente/Analista Junior — Operaciones. Sin experiencia excluyente. Perfil analítico, manejo de herramientas digitales, disponibilidad full time. Lo relee dos veces. Nada en el texto delata lo que en realidad está buscando.
Cierra la laptop. Sabe que en unas horas el buzón va a llenarse de PDFs con la misma tipografía prolija y diseñados con IA, las mismas tres frases de motivación copiadas de algún tutorial de LinkedIn. Ya lo vio antes. Diecisiete búsquedas laborales en quince años le enseñaron a reconocer el patrón antes de abrir el primer archivo.
Después del mediodía empieza a revisar las solicitudes que llegan.
Descarta la primera sin abrir el CV completo, sólo con la carta de presentación: demasiado impostada, demasiado "soy una persona proactiva y con capacidad de trabajo en equipo". Descarta la segunda por la foto: un pibe desgarbado con un traje prestado que le quedaba gigante, la corbata mal anudada, tratando de parecer alguien que no es ni va a poder llegar a ser. La tercera ni siquiera llega a abrirla del todo: doble nombre, apellido compuesto, universidad privada, intercambio en el exterior. Ya sabe cómo sigue esa historia. La conoce de memoria porque la vivió de cerca varias veces en quince años. Busca hambre. Y el hambre no figura en un CV tan bien diagramado.
Hay una cuarta que la detiene apenas un instante más que los anteriores: buen promedio, buenas referencias, una foto correcta con blazer prestado y sonrisa de catálogo. Todo impecable, todo intercambiable. Andrea reconoce el tipo enseguida, porque lo tuvo enfrente muchas veces: gente que aprendió a ser empleable antes que a ser alguien. Sabe que ese perfil rinde bien en cualquier planilla de Recursos Humanos, nunca decepciona pero tampoco sorprende. Ella hace tiempo dejó de conformarse con lo primero cuando lo que necesita es lo segundo. Lo pasa a la carpeta de "a considerar", que es su forma elegante de decir que no es nada especial pero puede servir en algún momento. Cierra el archivo sin culpa.
Baja por la lista, el mouse repiqueteando contra el escritorio con un ritmo mecánico que no acompaña ningún pensamiento particular. Afuera de la oficina, la empresa sigue funcionando con su cadencia habitual: reuniones, café, memorandos. La ficción compartida de que todo ahí adentro obedece a un organigrama. Andrea lo conoce de memoria. También conoce lo que hay debajo, la arquitectura invisible que sostiene a la empresa y que jamás va a figurar en ningún documento con membrete.
Quince años atrás, ella fue la que entró sin apellido, sin contactos, con una carpeta llena de trabajos irrelevantes y ninguna garantía. Eduardo la miró una sola vez y todo lo demás vino después, en el orden que suelen venir las cosas cuando el poder decide fijarse en alguien. Nunca se arrepintió de haber entrado por esa puerta. Lo que le cuesta admitir es que hace tiempo dejó de recordar por qué se quedó.
Descarta otra solicitud. Y otra.
La política no tiene un nombre oficial. Nadie la llamaría Protocolo en un pasillo, ni siquiera entre los que la conocen. Y funciona con una precisión que cualquier proceso formal de la empresa envidiaría. Se sostiene sola, transmitida en voz baja de un gerente a otro, nunca escrita salvo en esa única copia que duerme en la caja fuerte de Presidencia. Andrea ayudó a redactarla formalmente. La ayudó a nacer sabiendo exactamente lo que garantizaba y a quién protegía. En su momento no le pareció necesario preguntarse qué pasaría el día en que dejara de convenirle. Ese día, piensa, mientras el cursor pasa por encima de otro nombre sin detenerse, todavía no llegó. Pero algo en los tres años que le dijo a Eduardo el día anterior no termina de asentarse bien en el estómago.
Ella es una de las dos personas en el edificio que conoce la clave de la caja fuerte. La otra es Eduardo. Ese dato, que durante quince años le pareció apenas un detalle logístico más de su cargo, pesa distinto cuando ahora lo piensa a solas: las llaves sólo importan el día en que alguien decide abrir esa puerta. Nunca se lo planteó en esos términos. Hasta ahora, hasta hace algunas semanas.
Sigue filtrando currículums durante casi dos horas. Ninguno le cierra. Uno tiene el perfil correcto en el papel pero algo en la foto (la sonrisa demasiado ensayada, la mirada que ya sabe posar para una cámara) la aburre antes de terminar de leer. Otro parece prometedor hasta el tercer párrafo, donde menciona sin ninguna necesidad el apellido de una familia conocida del rubro. Lo cierra sin culpa.
Está por levantarse a buscar un café cuando entra la última notificación del día.
Dante Aguilé.
No es el nombre lo que la detiene, aunque no es un nombre cualquiera, y tiene su particularidad, su sonoridad llamativa. Es la foto. Una imagen de perfil tomada con poco cuidado, mala luz, el pelo castaño cayéndole desprolijo sobre la frente como si nunca hubiese aprendido, o nunca le hubiese importado, peinarlo para una ocasión formal. No sonríe del todo. Hay algo en la boca, una media curva que no llega a ser gesto ensayado, y en los ojos claros una falta total de cálculo que Andrea no recuerda haber visto en ningún candidato en toda su experiencia seleccionando personal.
No parece estar posando para nadie. Parece estar simplemente ahí.
Deja el cursor quieto sobre el CV de Dante Aguilé, sin bajar a leer los detalles. Se queda mirando la foto un segundo más de lo que debería, un segundo que no tiene nada que ver con evaluar competencias. Sin pensarlo, se afloja la corbata y se desabrocha los botones superiores de la camisa, un gesto que no le pertenece a la selección de personal, sino a la versión de Andrea que hace rato no sale a la superficie y está pugnando por liberarse.
Afuera empieza a oscurecer sobre el Río de la Plata. Ella sigue sin moverse de la pantalla y siente despertar, por primera vez en mucho tiempo, algo interno que creía dormida.