Capítulo III

2957 Words
Las cosas que comienzan a pudrirse Dormir comenzó a sentirse como morir lentamente. Al principio eran solo pesadillas. Sueños extraños, incómodos, fragmentados. Pero después dejaron de parecer sueños. Se volvieron demasiado reales. Demasiado vívidos. Demasiado… personales. Había noches donde despertaba llorando sin recordar exactamente qué había visto, solo la sensación insoportable de haber perdido algo importante. Otras veces despertaba gritando tan fuerte que incluso las paredes del sótano parecían temblar conmigo. Y cada vez era más difícil regresar. Porque una parte de mí comenzaba a quedarse atrapada allá dentro. En las pesadillas. En ese otro lugar. Recuerdo una particularmente horrible. Estaba de pie frente a la casa. Mi casa. Pero algo estaba mal. Las ventanas estaban rotas. Había humo saliendo del techo y el bosque alrededor parecía muerto, como si todo hubiera sido consumido por alguna enfermedad imposible. Mis manos estaban cubiertas de sangre. No pequeñas manchas. Sangre real. Espesa. Caliente. Escurriendo lentamente entre mis dedos. Y frente a mí estaban Clara y Klaus. Muertos. Los ojos de Clara seguían abiertos, congelados en una expresión de terror absoluto. Klaus estaba tirado cerca de las escaleras con el pecho hundido, como si algo hubiera atravesado su cuerpo violentamente desde adentro. Y lo peor de todo… era que no me sentía culpable. No lloraba. No gritaba. Solo los observaba en silencio mientras la sangre seguía cayendo de mis manos. Como si una parte horrible de mí hubiera esperado ese momento durante años. Desperté jadeando. Temblando. Con el corazón golpeándome tan fuerte que pensé que iba a vomitar. Pasé las manos por mi rostro intentando convencerme de que no era real. Pero entonces miré mis dedos. Y por un segundo… juraría que todavía estaban manchados de rojo. Los dolores de cabeza empeoraron después de eso. Ya no eran simples molestias. Eran insoportables. A veces el dolor aparecía tan repentinamente que caía de rodillas incapaz de respirar mientras imágenes atravesaban mi mente una detrás de otra. Sangre. Sombras. Velas negras. Gritos. Y aquella voz. Siempre aquella voz susurrando cosas que apenas podía comprender. “Despierta…” “Recuerda quién eres…” “No queda mucho tiempo…” Cada vez dormía menos. Y aun así, cuando lograba cerrar los ojos, sentía que las pesadillas me arrastraban más profundo. Como si algo estuviera esperándome del otro lado. Como si algún día simplemente fuera a dejar de despertar. La peor pesadilla llegó una madrugada lluviosa. Porque esta vez no vi a Clara. Ni a Klaus. Vi a Noah y Edmond. Y eso destruyó algo dentro de mí. Estábamos en el bosque. Todo estaba cubierto de niebla y lluvia negra. Noah estaba entre mis brazos, apenas consciente, mientras la sangre brotaba lentamente de una herida horrible atravesándole el abdomen. Edmond estaba tirado cerca de nosotros. Llorando. Intentando arrastrarse hacia mí. —Elena… —susurraba Noah con dificultad. Yo no dejaba de llorar. Tenía las manos llenas de sangre intentando inútilmente detener la hemorragia. —No… no… por favor no… Pero Noah solo sonrió débilmente. Y entonces dijo algo que todavía me persigue incluso despierta. —Te perdonamos. Sentí que el mundo se rompía. —¿Perdonarme qué? —grité desesperada. Pero ninguno respondió. Porque los dos comenzaron a morir frente a mí. Desperté gritando tan fuerte que terminé cayendo del colchón al suelo del sótano. Me costaba respirar. Sentía náuseas. Y por primera vez en toda mi vida… tuve miedo de mí misma. Porque aquellas pesadillas no se sentían como advertencias. Se sentían como recuerdos. Después de eso comencé a evitar a Noah y Edmond. Al principio intenté convencerme de que era para protegerlos. Y quizá era verdad. Pero también había algo más. Algo peor. Había momentos donde los miraba y sentía un terror inexplicable recorriendo mi cuerpo. Como si algo dentro de mí reaccionara extrañamente ante ellos. Como si una parte oscura quisiera acercarse demasiado. O lastimarlos. Y prefería morir antes que hacerles daño. Dejé de subir a cenar. Comencé a esperar hasta escuchar a todos dormidos para ir a la cocina y comer cualquier cosa rápidamente antes de volver al sótano. Evitaba cruzarme con ellos en los pasillos. Incluso dejé de mirar directamente a Noah porque las últimas veces que lo hice, las imágenes regresaron. Lo veía muerto. Cubierto de sangre. Pronunciando mi nombre mientras se desangraba entre mis brazos. No podía soportarlo. Así que me alejé. Y ellos lo notaron inmediatamente. Noah dejó de intentar hablarme después de varias semanas recibiendo silencio como respuesta. Edmond todavía lo intentaba algunas veces. Bajaba al sótano y se quedaba parado del otro lado de la puerta. —¿Elena?… Yo contenía la respiración. Esperaba en silencio hasta escucharlo irse. Porque tenía miedo de abrir. Miedo de que algo horrible ocurriera si lo hacía. Ellos comenzaron a mirarme diferente. No con odio. Nunca me odiaron. Era peor. Me miraban con preocupación. Y con miedo. Lo veía claramente en sus ojos. Sabían que algo no estaba bien conmigo. Aunque ninguno se atrevía a preguntar. Quizá porque Blackwood les había enseñado a todos que algunas cosas es mejor no nombrarlas. Una noche escuché a Noah discutiendo con Clara en la cocina. —¡Algo le pasa! —gritaba él—. ¡¿No lo ves?! —Esa niña siempre ha estado mal de la cabeza —respondió Clara fríamente. —No estoy jugando, mamá. A veces parece que ni siquiera duerme. Tiene ojeras horribles y… —Déjala en paz. Silencio. Después escuché la voz más baja de Edmond. —Me da miedo… Eso me destruyó más que cualquier golpe que Clara me hubiera dado en toda mi vida. Porque Edmond jamás me había tenido miedo. Nunca. Ni siquiera cuando éramos niños. Me encerré aún más después de eso. El sótano se convirtió prácticamente en mi único refugio. Aunque incluso allí las cosas comenzaban a cambiar. Las sombras ya no solo se movían. Ahora parecían observarme. Había noches donde despertaba y podía distinguir claramente figuras oscuras alrededor de mi colchón. Nunca hacían nada. Solo permanecían ahí… mirándome. Esperando. Y lo peor era que ya comenzaba a acostumbrarme. Mi cuerpo también estaba cambiando. Las marcas negras aparecían cada vez con más frecuencia sobre mi piel. Comenzaban en mis muñecas y subían lentamente por mis brazos como raíces quemadas debajo de la carne. Intenté ocultarlas usando mangas largas. Pero era inútil. Porque no eran normales. A veces se movían. Una tarde tuve un dolor de cabeza tan fuerte durante clases que terminé vomitando en el baño de la escuela. Cuando levanté la mirada hacia el espejo… no era mi reflejo el que me estaba observando. Era ella. La mujer de las visiones. La que tenía mi rostro. Pero no era yo. Su cabello era más largo. Sus ojos completamente negros. Y había una especie de corona oscura rodeando su cabeza. Me miró fijamente desde el espejo. Y sonrió. Retrocedí aterrada. El espejo explotó inmediatamente después. Los demás estudiantes comenzaron a gritar afuera del baño mientras yo permanecía paralizada viendo los pedazos de vidrio caer lentamente al suelo. Y entre todos aquellos fragmentos… seguía viendo sus ojos. Esa misma noche Adrián apareció afuera de la casa. Yo estaba sentada cerca de la ventana del sótano cuando lo vi esperando entre la niebla. Abrí la puerta lentamente. Apenas me vio, su expresión cambió completamente. —¿Qué pasó? —preguntó acercándose rápidamente. Supongo que debía verme horrible. Llevaba días sin dormir bien. Las ojeras bajo mis ojos eran cada vez más profundas y el dolor de cabeza seguía latiendo insoportablemente detrás de mis sienes. —No estoy bien —susurré. Adrián se quedó inmóvil unos segundos observándome. Y entonces ocurrió algo extraño. Pareció asustarse. No por mí. Por algo dentro de mí. —¿Qué viste esta vez? —preguntó en voz baja. La forma en que dijo “esta vez” me hizo sentir enferma. Porque significaba que ya esperaba esto. Que sabía algo. —¿Por qué me pasa esto? —pregunté finalmente—. ¿Qué me está ocurriendo? Adrián cerró los ojos lentamente. Como si estuviera cansado de luchar consigo mismo. —Todavía no puedo decirte. —¡¿Por qué?! Mi voz se quebró. Porque estaba aterrada. Porque sentía que estaba perdiéndome poco a poco. Y porque una parte de mí comenzaba a sospechar que Adrián estaba relacionado con todo aquello. Él me observó en silencio unos segundos antes de acercarse lentamente. Demasiado lento. Como si temiera que fuera a romperme. Sus manos sostuvieron mi rostro con una delicadeza dolorosa. —Porque si recuerdas demasiado pronto… —susurró— todo comenzará otra vez. El aire desapareció de mis pulmones. —¿Qué significa eso? Pero Adrián no respondió. Nunca respondía realmente. En lugar de eso, apoyó su frente contra la mía y cerró los ojos. Y por un instante… todo el dolor desapareció. Las voces. Las pesadillas. El miedo. Todo se volvió silencio. Paz. Como si él pudiera sostener el caos dentro de mí con solo tocarme. Y quizá por eso seguí amándolo incluso cuando sabía que debía alejarme. Porque Adrián era lo único que lograba hacerme sentir humana mientras lentamente dejaba de serlo. Aunque, muy en el fondo… creo que ambos sabíamos la verdad. Yo estaba cambiando. Y pronto llegaría el momento donde ya no habría forma de detenerlo. Las pesadillas dejaron de sentirse como sueños. Ese fue el verdadero problema. Porque cuando una pesadilla comienza a mezclarse con la realidad, llega un momento donde ya no sabes si despertaste… o si simplemente cambiaste de escenario. Aquella noche me dormí llorando. Tenía la cabeza apoyada contra la pared húmeda del sótano mientras intentaba ignorar los susurros que llevaban horas recorriendo la oscuridad. “Hazlo…” “Ya no puedes detenerlo…” “Ellos nunca sobrevivirán…” Me cubrí los oídos con fuerza. Pero las voces no venían de afuera. Venían de mí. No recuerdo exactamente cuándo me quedé dormida. Solo recuerdo el sueño. O lo que pensé que era un sueño. Me vi levantándome lentamente del colchón. Mis movimientos eran extrañamente rígidos, como si alguien más estuviera usando mi cuerpo. Abrí la puerta del sótano y comencé a subir las escaleras. Todo estaba oscuro. Silencioso. La casa dormía. Al pasar por la cocina, mis pasos se detuvieron frente a la gaveta de los cuchillos. Y sin dudar… tomé uno. Recuerdo perfectamente el reflejo metálico bajo la luz de la luna entrando por la ventana. Mi respiración era tranquila. Demasiado tranquila. Subí las escaleras hacia el segundo piso lentamente mientras el cuchillo descansaba entre mis dedos. Paso a paso. Sin miedo. Sin culpa. Como si ya hubiera hecho aquello antes. Entré primero al cuarto de Noah. Dormía profundamente. Por un momento me quedé observándolo en silencio. Y entonces seguí caminando hacia la habitación de Edmond. Porque él era el objetivo. No sabía cómo lo sabía. Simplemente lo entendía. Abrí la puerta lentamente. Edmond dormía abrazado a una almohada, igual que cuando éramos niños pequeños. El cabello le caía desordenadamente sobre la frente y tenía esa expresión tranquila que siempre aparecía cuando se sentía seguro. Y eso me destruyó por dentro. Porque una parte de mí estaba llorando desesperadamente. Pero mi cuerpo seguía avanzando. Levanté el cuchillo lentamente. Y justo cuando estaba a punto de hundirlo en su pecho… escuché una voz. “No dejes que te haga esto.” La voz sonó tan cerca que sentí un escalofrío atravesándome el cuerpo entero. Y desperté. O al menos pensé que desperté. Porque al abrir los ojos… seguía de pie en la habitación de Edmond. Con el cuchillo entre mis manos. Mi respiración comenzó a romperse inmediatamente. No. No. No. Retrocedí horrorizada mirando el cuchillo temblando entre mis dedos. Edmond abrió los ojos lentamente. Y jamás olvidaré la expresión de terror en su rostro al verme parada frente a él en mitad de la noche. Pero lo peor fue cuando me miró bien. Porque el miedo en mis ojos era incluso mayor que el suyo. Las lágrimas comenzaron a caerme inmediatamente. —Yo… yo no… Ni siquiera podía hablar. Sentía náuseas. Mi cuerpo entero temblaba. Edmond se incorporó lentamente sobre la cama observándome en silencio. Y entonces hizo algo que terminó de romperme por completo. Se acercó a mí. Lentamente. Sin apartar la mirada. Tomó el cuchillo de mis manos con cuidado y lo dejó sobre la mesa de noche. Después me abrazó. Simplemente me abrazó. —No diré nada —susurró suavemente—. Todo está bien… no pasó nada, Elena. Comencé a llorar más fuerte. Porque no estaba bien. Nada estaba bien. —Sabes que te quiero… ¿verdad? —murmuró abrazándome más fuerte. Y creo que fue en ese momento cuando terminé de comprenderlo. Las pesadillas eran reales. O al menos… podían volverse reales. Ya no podía seguir fingiendo que todo estaba solo en mi cabeza. Porque aquella noche estuve a segundos de matar a la única persona que realmente me había amado sin condiciones. Y eso significaba algo aterrador. Significaba que tarde o temprano iba a perder el control completamente. No dormí el resto de la noche. Me encerré en el sótano mientras las manos seguían temblándome violentamente. Escuchaba la lluvia golpeando las ventanas de la casa y sentía aquella horrible sensación creciendo dentro de mí otra vez. Esa oscuridad. Ese vacío. Como algo respirando debajo de mi piel. Y entonces entendí algo: No podía quedarme. Porque si lo hacía… terminaría lastimándolos. Quizá matándolos. La decisión me destruyó. Aquella casa era lo único que mi madre me había dejado. Incluso después de todo el dolor, seguía siendo mi hogar. El único lugar donde alguna vez sentí que pertenecía a algo. Pero Noah y Edmond eran más importantes. Mucho más. Así que antes del amanecer tomé una mochila vieja y guardé algunas cosas rápidamente. Ropa. Un libro. La fotografía rota de mi madre. Y antes de irme, escribí una carta para Edmond. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostener el bolígrafo. “No digas nada. Cambia la chapa y no guardes una copia para mí. Solo así estarás a salvo de mí. Te amo.” Dejé la carta sobre su escritorio. Y me fui. No miré atrás. Porque sabía que si lo hacía… no tendría fuerzas para irme. La niebla cubría completamente Blackwood cuando salí de la casa. El frío atravesaba mi abrigo, pero aun así seguí caminando sin detenerme. Asustada. Confundida. Vacía. Cada paso se sentía como arrancarme algo del pecho. Pero incluso así, una parte horrible de mí seguía pensando lo mismo: ellos estarían mejor lejos de mí. No tenía ningún lugar a dónde ir. Excepto con Adrián. Y quizá esa fue mi peor decisión. Lo encontré en la vieja casa donde vivía, cerca de la parte más profunda del bosque. Nunca antes había entrado realmente. Y honestamente… debí haber entendido las señales desde el principio. La casa parecía abandonada desde afuera. Las ventanas estaban cubiertas por cortinas oscuras y las paredes de madera vieja estaban marcadas por símbolos extraños tallados directamente sobre ellas. Símbolos que reconocí inmediatamente. Los había visto en mis visiones. Adrián abrió la puerta antes siquiera de que tocara. Como si supiera que iba a llegar. Sus ojos recorrieron mi rostro rápidamente y algo en su expresión cambió. Preocupación. Y miedo. —¿Qué pasó? —preguntó. Entonces me derrumbé. Le conté todo. La pesadilla. El cuchillo. Edmond. Las voces. Las lágrimas no dejaban de caer mientras hablaba y Adrián simplemente permaneció en silencio escuchándome. Pero mientras más hablaba… más pálido se veía él. Cuando terminé, el silencio dentro de la casa se volvió insoportable. —Tienes que ayudarme —susurré desesperada—. No quiero lastimarlos. Adrián cerró los ojos lentamente. Y durante un segundo pareció odiarse a sí mismo. —Elena… Su voz se quebró apenas. —Tal vez ya sea demasiado tarde. Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones. —¿Qué significa eso? Pero Adrián no respondió directamente. Nunca lo hacía. En lugar de eso, tomó mi rostro entre sus manos y apoyó su frente contra la mía. —Quédate aquí conmigo —susurró—. Yo puedo protegerte. Y quería creerle. Dios… quería creerle tanto. Porque estaba cansada. Tan cansada de tener miedo de mí misma. Así que me quedé. Y todo empeoró. Las pesadillas se volvieron más violentas. Las visiones más claras. Las voces más fuertes. Y la casa de Adrián… La casa de Adrián no era normal. Las paredes susurraban por las noches. Había puertas que nunca permanecían cerradas. Sombras moviéndose en habitaciones vacías. Y símbolos dibujados debajo de las alfombras, sobre las ventanas y hasta en el techo de algunas habitaciones. Pero lo peor era Adrián. Porque mientras más tiempo pasaba cerca de él… más intensas se volvían las cosas dentro de mí. Los dolores de cabeza se volvieron insoportables. Algunas veces terminaba desmayándome después de una visión. Otras despertaba horas más tarde sin recordar qué había hecho. Y Adrián comenzaba a actuar más extraño también. Había noches donde me abrazaba como si realmente me amara más que a su propia vida. Y otras donde lo encontraba despierto observándome dormir con una tristeza tan profunda que me hacía sentir enferma. Como si supiera exactamente cómo iba a terminar todo esto. Una madrugada desperté sobresaltada al escucharlo hablar solo en otra habitación. Su voz sonaba desesperada. —No quiero volver a hacerlo… Silencio. Después algo respondió. No logré escuchar las palabras. Pero definitivamente no estaba solo. Mi sangre se heló. Y entonces Adrián volvió a hablar. —Ella todavía no recuerda. Recuerda. Otra vez esa palabra. Siempre esa maldita palabra. Retrocedí lentamente lejos de la puerta sintiendo el corazón descontrolado dentro del pecho. Porque comenzaba a entender algo horrible. Tal vez Adrián no había llegado para salvarme. Tal vez había llegado para despertarme. Y aún quedan muchas cosas que nunca dijimos....
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