Capítulo IV

2433 Words
Comencé a caminar lentamente entre la multitud mientras las personas bailaban alrededor mío sin prestarme atención. Algunos giraban en círculos riendo mientras otros levantaban las manos hacia el cielo siguiendo el ritmo de una melodía hipnótica que parecía envolver toda la ciudad. Y entonces la escuché. La música. Venía desde el centro. Era hermosa. Dolorosamente hermosa. Un sonido suave y profundo producido por un instrumento de cuerdas que jamás había visto antes. Más tarde entendería que era un oud antiguo, uno decorado con símbolos dorados tallados sobre la madera oscura. Pero en ese momento solo sabía una cosa: aquella música me estaba llamando. Comencé a seguir a la multitud casi por instinto. Las calles estaban decoradas con telas rojas y doradas moviéndose con el viento caliente. Había personas danzando descalzas sobre la piedra y otras cantando con expresiones casi extasiadas mientras avanzaban hacia la plaza principal. Pero algo comenzó a sentirse mal. Muy mal. Mientras más observaba a las personas alrededor, más detalles horribles notaba. Estaban demasiado delgados. Algunos tenían los labios resecos y la piel pálida, enfermiza. Otros apenas podían mantenerse en pie, pero aun así seguían bailando y sonriendo como si no pudieran detenerse. Como si estuvieran obligados a seguir escuchando aquella música. Sentí un escalofrío recorrerme lentamente. Porque sus ojos… sus ojos estaban vacíos. No completamente vacíos. Peor. Parecían agotados. Como si algo estuviera consumiéndolos desde adentro. Y aun así seguían danzando. Cantando. Sonriendo. Entonces llegué al centro de la ciudad. Había una enorme plataforma elevada decorada con columnas de mármol y telas oscuras moviéndose suavemente con el viento cálido. Y sobre ella… estaba la mujer. Sentada elegantemente sobre cojines negros mientras tocaba aquel oud antiguo entre sus manos. Su cabello era largo. Oscuro. Ondulado. Caía parcialmente sobre su rostro mientras sus dedos recorrían las cuerdas con una delicadeza hipnótica. La multitud la adoraba. Literalmente. Las personas levantaban las manos hacia ella mientras bailaban sin detenerse ni un segundo. Y cuanto más tocaba… más débiles parecían ellos. Podía verlo claramente ahora. La música les estaba robando algo. Su energía. Su vida. Cada nota parecía arrancar lentamente algo invisible desde el interior de las personas mientras ella seguía tocando con una sonrisa suave sobre los labios. Pero no era una sonrisa hermosa. Era cruel. Vacía. Hambrienta. Sentí náuseas. Comencé a abrirme paso entre la multitud desesperadamente. —¡Deténganse! —grité. Pero nadie me escuchaba. Seguían bailando. Algunos ya apenas podían sostenerse en pie. Otros lloraban mientras sonreían como si estuvieran atrapados dentro de su propio cuerpo. Y ella seguía tocando. Perfecta. Elegante. Monstruosa. Seguí acercándome. Tenía que detenerla. No sabía cómo, pero sabía que debía hacerlo. Porque algo dentro de mí reconocía aquella escena. Y eso era lo peor. No me sentía ajena a todo aquello. Se sentía familiar. Como un recuerdo enterrado profundamente dentro de mi alma. Subí lentamente los escalones de la plataforma mientras la música se volvía cada vez más fuerte dentro de mi cabeza. La mujer seguía tocando sin mirarme. Pero entonces… sonrió. Una sonrisa lenta. Malevolente. Como si hubiera sabido desde el principio que yo iba a llegar. Mi respiración comenzó a romperse. No. No podía ser. Seguí avanzando. Paso a paso. Hasta quedar lo suficientemente cerca para verla claramente. Y entonces ocurrió. La música se detuvo abruptamente. La multitud quedó inmóvil abajo. La mujer levantó lentamente la cabeza. Y nuestras miradas se encontraron. Sentí que el mundo entero dejaba de existir. Porque la mujer… era yo. No alguien parecida a mí. No. Era exactamente mi rostro. Mis ojos. Mi sonrisa. Pero había algo distinto en ella. Algo antiguo. Oscuro. Inhumano. Su mirada me recorrió lentamente mientras una expresión de reconocimiento aparecía sobre su rostro. Como si me hubiera estado esperando durante siglos. Y entonces sonrió otra vez. Pero esta vez no fue cruel. Fue triste. Dolorosamente triste. —Por fin despertaste —susurró. Retrocedí horrorizada. —¿Qué eres?… Ella inclinó ligeramente la cabeza observándome con una calma aterradora. —Soy tú. Mi corazón comenzó a latir violentamente. —No… —Sí. Su voz sonaba suave. Casi maternal. —Todas fuimos tú alguna vez. No entendía nada. Las lágrimas comenzaron a llenar mis ojos mientras daba otro paso hacia atrás. —Esto no es real… La mujer soltó una pequeña risa. Y abajo, la multitud comenzó a bailar otra vez automáticamente apenas sus dedos rozaron las cuerdas del instrumento. —¿Todavía crees que los sueños no pueden ser reales? —preguntó. Entonces las imágenes comenzaron a aparecer otra vez. Miles. Demasiadas. La vi destruyendo ciudades enteras solo con música. Vi personas arrodillándose ante ella mientras sus cuerpos se marchitaban lentamente. Vi sangre. Rituales. Fuego. Y vi a Adrián. Siempre Adrián. De pie a su lado. Amándola incluso mientras ella destruía el mundo a su alrededor. Caí de rodillas sosteniéndome la cabeza desesperadamente. —¡Detente! La mujer se levantó lentamente de su asiento. Y cuando caminó hacia mí… sentí exactamente la misma presencia que habitaba en el sótano de mi casa. La misma oscuridad. La misma sensación de hogar. Porque ella no era un monstruo ajeno a mí. Era una parte de mí. Una que había existido mucho antes de Elena Castell. Se inclinó lentamente hasta quedar frente a mí. Y susurró: —Tú nos trajiste de regreso. El aire desapareció de mis pulmones. —¿Qué… qué significa eso?… Pero antes de responder, la mujer levantó lentamente una mano y tocó mi rostro. Y en el instante en que sus dedos rozaron mi piel… desperté gritando. De nuevo en la habitación de Adrián. Empapada en sudor. Temblando violentamente. Pero algo había cambiado. Porque esta vez… ya no estaba segura de querer seguir despertando. Después de aquella visión, dejé de sentirme completamente humana. Era una sensación difícil de explicar. Como si Elena Castell comenzara lentamente a desaparecer dentro de algo mucho más grande. Más antiguo. Más peligroso. A veces despertaba y tardaba varios segundos en recordar mi propio nombre. Otras veces me descubría observando mi reflejo demasiado tiempo, intentando convencerme de que la persona detrás del espejo todavía era yo. Pero cada día se hacía más difícil. Porque ella estaba despertando. Y mientras más despertaba ella… más recuerdos recuperaba yo. Comencé a notar pequeños cambios primero. Detalles insignificantes. Como la forma en que mi voz sonaba distinta algunas veces. Más profunda. Más suave. Más hipnótica. O la manera en que las sombras parecían seguirme por la casa incluso cuando no había luz suficiente para producirlas. Pero lo peor era la música. Siempre la música. A veces estaba limpiando la casa de Adrián o acomodando algunos libros viejos en silencio cuando comenzaba a cantar sin darme cuenta. Canciones que jamás había escuchado antes. Canciones en idiomas que no conocía. Melodías antiguas y hermosas que parecían salir directamente desde alguna parte enterrada dentro de mi alma. Y cada vez que cantaba… sentía algo. Una fuerza recorriéndome lentamente el cuerpo. Calor. Poder. Como si cada nota despertara una parte dormida dentro de mí. Las luces vibraban suavemente alrededor. Las ventanas temblaban. Incluso el aire parecía reaccionar a mi voz. Y Adrián… Adrián siempre me observaba cuando ocurría. Nunca me interrumpía. Nunca preguntaba cómo conocía aquellas canciones. Solo sonreía en silencio desde algún rincón de la habitación mientras me escuchaba cantar. Y esa sonrisa me aterraba. Porque no era sorpresa lo que había en sus ojos. Era alivio. Como si hubiera estado esperando exactamente eso. Una tarde me descubrí tarareando una melodía extraña frente a una de las ventanas de la casa. Afuera, la lluvia golpeaba lentamente el vidrio mientras la niebla cubría el bosque. La canción salió sola. Suave. Natural. Hermosa. Y entonces sentí cómo algo cambiaba dentro de mí. El viento afuera comenzó a moverse violentamente. Las ramas de los árboles se inclinaron hacia la casa y las sombras dentro de la habitación comenzaron a alargarse lentamente alrededor de mis pies. Adrián apareció detrás de mí. Podía verlo reflejado en la ventana. No parecía asustado. Parecía fascinado. —Ya lo recuerdas —susurró. Mi cuerpo se tensó inmediatamente. Dejé de cantar. El silencio cayó sobre la habitación de golpe. —¿Recordar qué? —pregunté lentamente. Adrián no respondió enseguida. Solo siguió observándome a través del reflejo del vidrio. —A ti misma. Aquellas palabras se quedaron clavadas dentro de mí el resto del día. Porque cada vez comenzaban a tener más sentido. Los sueños ya no eran sueños. Eran recuerdos. Y ya no aparecían únicamente mientras dormía. Ahora podían atraparme en cualquier momento. Mientras caminaba. Mientras comía. Mientras hablaba. Era como si las barreras entre mis vidas comenzaran lentamente a romperse. La primera vez que ocurrió estando completamente despierta, pensé que estaba muriendo. Estaba sentada en el suelo de la biblioteca vieja de Adrián revisando uno de sus libros cuando sentí aquel dolor horrible detrás de los ojos otra vez. Pero esta vez fue diferente. No desapareció. El mundo simplemente cambió. Parpadeé… y ya no estaba en Blackwood. Me encontraba frente a un enorme castillo. El cielo era gris claro y el aire olía a tierra húmeda y flores recién cortadas. Llevaba puesto un vestido elegante lleno de encajes oscuros y telas pesadas que definitivamente no pertenecían a mi época. Mis manos temblaron. Porque podía sentir el lugar. No como una visión. Como un recuerdo real. Subí lentamente las enormes escaleras de piedra y atravesé las puertas del castillo. Dentro había música. Y gente. Muchísima gente. Nobles vestidos con ropas antiguas bailaban elegantemente dentro de un enorme salón iluminado por candelabros dorados. Pero algo estaba mal. Todos sonreían demasiado. Todos parecían agotados. Vacíos. Entonces la vi. Sentada junto al rey sobre una plataforma elevada. Una mujer hermosa de cabello rubio ondulado cayendo sobre sus hombros y piel tan blanca que parecía porcelana bajo la luz de las velas. Tocaba una chirimía delicadamente mientras una melodía hipnótica llenaba el salón entero. Y aunque a simple vista parecía música elegante para una celebración… yo sabía la verdad. Porque ya había visto aquello antes. La música no entretenía a las personas. Las consumía. Podía verlo claramente. Cada nota arrancaba lentamente la energía de quienes la escuchaban. Los nobles seguían bailando mientras sus rostros palidecían cada vez más, como marionetas incapaces de detenerse. Y el rey… el rey la observaba completamente hipnotizado. Como si ella pudiera controlar cada pensamiento dentro de su mente. Sentí miedo. Pero también reconocimiento. Porque sabía quién era ella antes siquiera de acercarme. No quería hacerlo. Dios… no quería. Pero aun así avancé entre la multitud lentamente hasta quedar lo suficientemente cerca. Y entonces la mujer levantó la mirada. Y me vio. Era yo. Otra vez. Diferente cabello. Diferente ropa. Diferente época. Pero los mismos ojos. La misma sonrisa. La misma oscuridad escondida detrás de ellos. Mi respiración se quebró. ¿Cuántas veces había existido? ¿Cuántas vidas había vivido? ¿Cuántas personas había destruido? La mujer sonrió lentamente al reconocerme. Y en el instante en que nuestras miradas se cruzaron… todo cambió otra vez. El mundo se rompió alrededor mío. Las paredes del castillo desaparecieron y sentí aquella horrible sensación de caer entre recuerdos ajenos. Y entonces aparecí en otro lugar. Esta vez todo era oscuro. Frío. Extraño. Parecía algún momento de los años 1800, o al menos eso creí, aunque había algo incorrecto en aquella época. Algo demasiado sombrío incluso para el pasado. Me encontraba frente a una vieja puerta de madera desgastada. Podía escuchar llantos del otro lado. Y voces. Empujé la puerta lentamente. Dentro había guardias. Dos hombres enormes vigilando una habitación pequeña iluminada apenas por unas cuantas velas. Y en el suelo… había una mujer. Estaba acostada sobre mantas sucias mientras lloraba silenciosamente. Tenía sangre en las manos, en la ropa y sobre parte del rostro. Su cabello castaño estaba enredado y desordenado alrededor de sus hombros, y aun así seguía siendo hermosa de una forma imposible. Su piel morena brillaba bajo la luz tenue. Y sus ojos… Dios. Sus ojos color miel parecían oro líquido. Hipnóticos. Antiguos. La mujer intentaba cantar. Pero cada vez que abría la boca, un dolor insoportable parecía atravesarle el cuerpo entero. Se doblaba sobre sí misma temblando mientras los guardias simplemente observaban en silencio. Como si quisieran asegurarse de que no volviera a usar su voz. Intenté acercarme. Pero no pude moverme. Mis pies estaban pegados al suelo. Como si yo fuera solo una espectadora dentro de aquel recuerdo. Entonces la mujer levantó lentamente la cabeza. Y me vio. No como las otras. Ella realmente me vio. Sus ojos se abrieron horrorizados. Intentó levantarse desesperadamente aunque el dolor apenas le permitía respirar. Y entonces habló. Directamente hacia mí. —Por favor… —su voz estaba rota— no confíes en él… Mi corazón se detuvo. —Él no te ama —susurró desesperadamente—. Quiere destruirte… no confíes en él… aléjate de él… Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro mientras intentaba seguir acercándose. —Es peligroso… Y entonces desperté. O regresé. Ya no sabía cómo llamarlo. Volví bruscamente a la realidad jadeando violentamente. Adrián estaba frente a mí. Sujetándome de los hombros. Susurraba algo en voz baja que no lograba entender, como si estuviera intentando sacarme de algún lugar. Pero en el instante en que abrí los ojos… se detuvo. Y entonces lo vi. Una expresión que jamás había visto antes en él. Miedo. No miedo hacia mí. Miedo de perder el control de la situación. Su mirada pasó rápidamente de fría y controladora… a preocupada. Pero debajo de esa preocupación había algo más. Algo calculador. Como si estuviera pensando demasiado rápido. Como si intentara decidir qué debía decirme. Y eso me aterró más que cualquier otra cosa. Porque habían pasado apenas tres meses desde que dejé mi casa. Tres meses. Y aun así había conocido demasiadas versiones distintas de Adrián. El chico amable. El hombre distante. El monstruo violento. El amante devoto. El manipulador silencioso. Y ahora… ahora estaba viendo algo peor. Alguien desesperado por mantenerme confundida. Retrocedí lentamente alejándome de sus manos. Mi respiración seguía temblando. Pero ya no por miedo a mí misma. Ahora comenzaba a temerle a él. Porque finalmente entendía algo. En cada vida… él siempre estaba ahí. Siempre. Sin importar la época. Sin importar mi nombre. Sin importar quién me convertía. Adrián jamás me dejaba. Y eso solo podía significar una cosa. Él sabía exactamente quién era yo desde el principio. Así es… había despertado una vez más. Y esta vez, comenzaba a recordar demasiado. Debía alejarme de Adrián. Lo sabía. Lo sentía. Todo dentro de mí gritaba que era peligroso. Pero entonces surgía el verdadero problema. No entendía por qué no podía hacerlo.
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