Nathaly, con sus trenzas sueltas y los zapatos llenos de barro, entró corriendo al salón principal. Llevaba en las manos un dibujo arrugado que había hecho en el jardín, feliz de enseñárselo a su papá. —¡Papito! ¡Mira! Dibujé una flor como la que plantamos el otro día —dijo entusiasmada la pequeña de cinco años, agitando el papel. Pero antes de que Nicolás pudiera responder, una voz gélida la detuvo. —¿Otra vez embarrada? ¿Cuántas veces te he dicho que no entres así a esta casa? —Naomi apareció en la entrada con los labios tensos y las cejas fruncidas—. ¡Mira cómo tienes los zapatos! ¡Y ese papel asqueroso! ¡Pareces una salvaje! Nathaly se quedó inmóvil. La sonrisa desapareció de su rostro y bajó la cabeza como si hubiera cometido un crimen. El dibujo temblaba entre sus dedos. —Perdón

