Noelia sintió que el alma se le encogía. No podía confesarle quién era en realidad, pero sí podía entregarle el único lenguaje que no mentía: su cuerpo. Lo miró con lágrimas al borde, pero también con fuego en la sangre. Dio un paso hacia él y alzó el rostro. —Lo único cierto, Nicolás Callavari… es que yo siempre te he amado. Y entonces lo besó. Sin máscaras. Lo besó como quien se lanza al vacío, sabiendo que, si cae, será entre sus brazos o al abismo. Pero ya no importaba. Él la atrapó con fuerza, las manos en su cintura, sus labios la devoraron. La alzó y la llevó a la cama, dejándola caer con una mezcla de urgencia y deseo indomable. —No sabes lo que acabas de desatar, Naomi… —gruñó, cerniéndose sobre ella—. Esta vez no pienso contenerme. Esta vez vas a ser mía… completamente. Sus

