El portón trasero del psiquiátrico se cerró con un chirrido metálico tras ella. Noelia avanzó con pasos temblorosos hacia la camioneta oscura que la esperaba bajo la sombra de los árboles. Apenas abrió la puerta, se desplomó en el asiento del copiloto, cerró con fuerza y soltó todo el peso que llevaba contenido. Sus sollozos llenaron el silencio. Dante, al volante, no dijo nada. Solo apagó el motor y la observó mientras ella se cubría el rostro con ambas manos, intentando sofocar el llanto. Pero no pudo. Las lágrimas le brotaban con violencia, como si cada una naciera de una herida distinta. —Esos infelices… —murmuró entre jadeos—. Le hicieron tanto daño a mi amiga… Ella era como mi hermana, Dante. Andrea me salvó. Me protegió cuando yo no tenía a nadie. Y mírala ahora… está perdida, ro

