La mansión Cavallari estaba envuelta en un silencio espeso, interrumpido solo por el leve zumbido de las cámaras de seguridad. En una de las pantallas, Nicolás observaba inmóvil la figura de Noelia, sentada en un sillón del despacho, donde minutos antes su hombre de confianza la dejó. Tenía las manos entrelazadas sobre el regazo, la mirada baja, la espalda erguida como si aún se aferrara a su última pizca de dignidad. No se movía, no hablaba, no lloraba. Solo esperaba. Él se pasó una mano por el rostro, con la rabia palpitando bajo la piel, como un veneno que no terminaba de extinguirse. La había mandado a buscar. Había exigido respuestas. Pero ahora que la tenía a escasos metros, no sabía si quería escucharla... o destruirla. Finalmente se puso de pie, cruzó el pasillo con pasos lentos

