—Tranquila, respira… —susurró Noelia frente al espejo.
Pero no podía. No cuando el vestido blanco ceñía su cintura con la misma presión que sentía en el pecho. El corsé le marcaba las costillas, y el peinado recogido la hacía ver exactamente como Naomi. O eso esperaba.
El maquillaje era perfecto. Cada sombra, cada trazo, una copia fiel del rostro que durante años había vivido a su sombra.
—Hoy te casas con él —se recordó en voz baja.
Y ese pensamiento, por un instante, le robó el aliento.
Era el día que había imaginado mil veces en silencio, cuando veía a Nicolás desde lejos. Soñaba con ese momento, con llevar su vestido, con caminar hacia él. Pero no así. No como un engaño.
Un golpe en la puerta la sacó del trance.
—Ya es hora —dijo su madre, entrando sin esperar respuesta—. Estás hermosa. Ni yo sabría que no eres Naomi.
Noelia no contestó. Solo tomó el ramo de flores blancas, apretándolo con fuerza, como si eso pudiera darle valor. Sus piernas temblaban.
La música sonó.
Todo fue un borrón. La alfombra blanca, los flashes, los murmullos de los invitados. Pero todo desapareció cuando lo vio a Nicolás Callavari, de pie, en el altar, con su porte imponente y la mirada fija en ella. O mejor dicho en quien él creía que era.
Su corazón golpeó con violencia dentro del pecho.
Él la miraba con deseo. Con hambre contenida. Y eso le heló la sangre.
Cuando llegó a su lado, él le tomó la mano. Su contacto era firme, posesivo. Como si ya la reclamara.
—Estás preciosa —susurró, con voz grave.
Ella apenas logró sonreír.
El sacerdote habló. Frases que Noelia no escuchó. Solo sintió el peso de todas las miradas. La de su madre, tensa al fondo. La de los amigos de Nicolás, sonrientes. La de los fotógrafos que capturaban cada instante como si fuera real.
—¿Aceptas a Naomi Rivas como tu legítima esposa?
—Sí —respondió Nicolás sin dudar, sin imaginar que no era Naomi quien estaba frente a él.
Cuando fue su turno, la voz de Noelia tembló apenas:
—Sí.
Y entonces vino el momento.
—Puede besar a la novia.
Nicolás no esperó.
La tomó del rostro con ambas manos, firme, seguro. Y la besó.
No como en sus sueños.
La besó como si ya conociera su boca, como si supiera a qué sabía. Porque lo sabía. Porque había besado a Naomi, y esa mujer era todo lo que Noelia no era.
Ella tembló. Cerró los ojos. El corazón le latía tan fuerte que pensó que él lo notaría.
Nicolás buscó más. Hundió sus labios en los de ella, con una pasión que la desbordó. Era experto. Directo. Intenso. Un beso con hambre, con dominio, con promesa.
Ella respondió con torpeza. Apenas movió los labios. No sabía cómo. No sabía qué hacer. Solo sabía que era Nicolás. Su primer beso. El único que había querido toda su vida.
Cuando él se apartó, la miró a los ojos. Algo en su mirada cambió. Como si hubiera notado algo extraño. Algo fuera de lugar, pero no dijo nada, asumió que todo se debía a los nervios de la boda. Le ofreció el brazo. Y juntos salieron, entre aplausos, hacia un futuro construido sobre una mentira.
La recepción deslumbraba con su elegancia. Candelabros colgantes, mesas de mármol, copas de cristal y música suave envolviendo la atmósfera. Todo perfecto, lujoso, ajeno.
Noelia, ahora convertida en “Naomi Callavari”, caminaba del brazo de Nicolás entre los invitados. Sonreía, pero no sentía el rostro. Saludaba, pero no escuchaba las voces. Era como moverse dentro de un sueño en el que no pertenecía.
—¡Los recién casados! —brindó alguien desde una mesa, y estallaron los aplausos.
Nicolás le tomó la mano con fuerza, con ese porte que desbordaba seguridad. Ella fingió firmeza, aunque por dentro se sentía temblar.
Aprovechando un instante en el que él fue requerido por unos inversores que querían saludarlo, Marcela se deslizó hasta su hija.
—¡No pongas esa cara de sepulcro! —le susurró con furia contenida, mientras la empujaba hacia un rincón oculto entre dos columnas—. ¿Acaso quieres que todos noten que no eres tu hermana?
—Estoy haciendo lo mejor que puedo —murmuró Noelia, con los labios apretados.
—¡Pues no es suficiente! Naomi era fuego. Encanto. Sonríe. Ríete. Seduce a tu esposo. ¡Haz que te desee como la deseaba a ella! —espetó Marcela, con los ojos brillando—. Esta noche es crucial. Más te vale que se convenza de que te casaste por amor y no por la fortuna Callavari y si alguien pregunta por ti, les dices lo que yo he comentado con varios invitados que mi hija Noelia se fue a estudiar otro idioma en otro país, que todo fue imprevisto y tuvo que viajar ya.
Antes de que Noelia respondiera, su madre se giró con una sonrisa falsa al ver que Nicolás regresaba. Él no pareció notar nada.
—¿Todo bien? —le preguntó a Noelia, tomándola del brazo con suavidad.
—Sí —respondió ella, ocultando su ansiedad tras otra sonrisa.
—Perfecto —susurró él, inclinándose hacia su oído—, porque esta noche voy a quitarte cada rastro de nervios. Uno por uno, muy despacio, te has hecho desear esposa mía, no sabes cuanto, y hoy… hoy por fin serás mia.
Noelia sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Las piernas le temblaron, literal. Y lo peor era que no era miedo. Era deseo. Un deseo al que no tenía derecho.
Nicolás la besó en la mejilla, pero su mano le rozó la cintura con descaro, como si adivinara el efecto que causaba.
—¿Lista para el primer baile, esposa mía?
Ella asintió, muda, y se dejó llevar a la pista. El vals comenzó.
Él la guiaba con elegancia impecable. Y mientras se movían, ella podía sentir la tensión entre ambos, el calor en su palma, el aliento cerca de su cuello.
—Estás distinta —le dijo él, ladeando el rostro con una ceja apenas alzada—. Más delicada.
—¿Eso es malo?
—No. Solo inesperado. Como si te estuviera redescubriendo.
Ella sonrió, sin responder. Sintió que los ojos se le humedecían.
Cuando la música terminó, ambos recibieron otra ronda de aplausos. Nicolás se inclinó, le besó la mano y susurró:
—Espero con ansias esta noche.
Y se alejó un instante a saludar a unos amigos.
Noelia aprovechó para escapar discretamente al jardín interno del salón, necesitaba respirar.
Fue ahí donde se encontró con Verónica de Callavari, sola como si hubiera estado esperándola.
—Eres buena actriz —dijo la mujer, sin preámbulos—. Pero no tanto como crees.
Noelia se irguió.
—No entiendo…
—Oh, claro que entiendes. Yo no nací ayer, Naomi. Me casé con un Callavari. Crié a dos. Sé cuándo una mujer se casa por amor y cuándo lo hace por dinero.
—Yo no…
—Ahórrate las lágrimas —la cortó Verónica—. Solo quiero que sepas que no será fácil. Yo me voy a encargar de que no lo sea. Si crees que puedes manipular a Nicolás, estás equivocada. No te tengo miedo.
Y se marchó con la misma elegancia de siempre, dejándola paralizada.
Noelia se quedó sola, apretando los dientes. Era una impostora entre lobos. Y lo peor estaba aún por venir.