La cursi de Noelia.

1384 Words
El vuelo fue silencioso. Él leía el periódico financiero. Ella, fingía mirar por la ventana. Solo cuando aterrizaron en Santorini, el aire cálido, salado y azul del Mediterráneo pareció abrirle el pecho. El paisaje era un suspiro: casas blancas sobre riscos, cielo limpio, mar infinito. Una postal perfecta para una luna de miel aunque su realidad estuviera podrida por dentro. —Al menos tendrás buenas fotos —comentó él con ironía, al verla maravillada. Ella no respondió. No sabía si le hablaba con sarcasmo o interés. Ya en el hotel, un resort privado con vista al mar los recibió un mayordomo exclusivo. La suite era como un sueño: pétalos en la cama, jacuzzi con vista al atardecer, copas listas para el champagne. —¿Te gusta? —preguntó Nicolás, acercándose por detrás. —Es hermoso —dijo ella, sincera. Él se giró, mirándola a los ojos. —Entonces demuéstralo. La atrajo por la cintura. Sus labios rozaron los de ella, suaves al principio, pero pronto más intensos, más exigentes. Nicolás la besaba con hambre, con una necesidad reprimida que venía arrastrando desde hacía meses. Naomi lo había vuelto loco desde el primer momento. Con su risa coqueta, con esa forma provocadora de mirarlo por encima del hombro, con un cuerpo diseñado para el pecado. Le prometía el paraíso con cada mirada, pero al intentar llevarla a la cama, ella se negaba una y otra vez. Le decía que no sería suya hasta que hubiera un acta de matrimonio. Hasta que fuera su esposa. Y él, convencido de que podía tener todo lo que se le antojara, le puso un anillo. No por amor. No porque creyera en cuentos románticos. Sino porque Naomi era la joya perfecta para exhibir. La mujer más deseada de su círculo. Su trofeo. Porque Nicolás Callavari, por dentro, estaba vacío. Y jamás en su vida había estado realmente enamorado. Una vez, solo una, creyó sentir algo parecido. Una chica distinta, auténtica, dulce. Se acercó a ella sin sus millones, sin sus apellidos, sin sus trajes caros. Y aun así, ella lo rechazó. Lo dejó por otro. Por un hombre que le ofreció promesas brillantes y una vida fácil. Y desde entonces, Nicolás aprendió la lección que lo marcó: las mujeres solo amaban lo que él podía darles, no lo que él era. Dinero. Joyas. Viajes. Seguridad. Esa era la moneda del amor. Y Naomi no era la excepción, su familia le debía mucho dinero, estaba seguro de que Naomi no lo amaba a él pero sí lo que significaba llevar el apellido Callavari, por eso cuando sus labios chocaban contra los de la mujer que creía conocer, no buscaba ternura ni conexión. Buscaba validación. Dominio. Confirmación de que todo hasta el cuerpo de la esposa perfecta le pertenecía. Pero esa tarde… algo se sentía diferente. Noelia respondió con dulzura. Con la misma dulzura que lo besaría una mujer enamorada. No lo besaba como Naomi, no tenía su desenfado ni su fuego fingido, pero lo que daba era real. Su boca temblaba, no de miedo, sino de emociones encontradas. Y en ese beso que para él quizá era un juego más ella estaba entregando un pedazo de su alma. —Estás distinta —murmuró él contra sus labios, con la respiración agitada—. Más tierna, besas como una mujer enamorada. La frase no fue un cumplido. No del todo. Llevaba ese tono ambiguo que Nicolás usaba cuando algo lo desconcertaba. Como si no supiera si reírse, alejarse o seguir besándola hasta perder el control. Porque ese beso no era parte del guion. No era la actuación que esperaba de Naomi, la mujer interesada que solo lo usaba como trampolín. Ella se separó un poco, respirando hondo. Y entonces lo miró directo a los ojos. —Qué curioso… —susurró con una media sonrisa que apenas disimulaba su dolor—. Tú besas como un hombre que lo único que busca en una mujer es sex0. Nicolás parpadeó. El comentario le dio de lleno, pero su ego no se quebró. En su lugar, sonrió con frialdad. —Yo di mucho dinero para salvar a tu familia de la ruina. Cumplí con mi parte: el anillo, el apellido Callavari… —dijo mientras la tomaba por la cintura con fuerza y la pegaba contra su cuerpo—. Ahora tú debes cumplir la tuya y ser mía —sentenció con la voz ronca. Noelia contuvo el aliento. Siempre supo que su hermana era interesada. Que el matrimonio con Nicolás era una jugada financiera. Pero nunca imaginó que él también se estaría comprando una esposa trofeo. Lo miró con una mezcla de indignación y desafío. —Pues ahora las reglas del juego cambian —dijo con voz firme, sintiendo cómo le ardían las mejillas por dentro—. Si no me amas, si no estás dispuesto a conocerme más allá del cuerpo que quieres poseer… no me tendrás. Al menos no con mi consentimiento. Y tras una pausa en la que lo retó con la mirada, añadió: —Pero si viniste a cobrar tu deuda, adelante. Hazlo. El silencio que siguió fue denso. La mirada de Nicolás se mantuvo fija en ella, buscando un atisbo de sarcasmo de la Naomi que él creía conocer. Pero lo que encontró fue otra cosa. Algo que no sabía nombrar. —¿Amarte? —repitió, con una mueca desdeñosa—. ¿Y para qué querría hacer eso? Nos conoceremos en el camino. Así funciona esto. Ya estamos casados. Lo demás es pérdida de tiempo. Noelia sostuvo su mirada, conteniendo la decepción que le quemaba el pecho. Su voz salió firme, aunque por dentro se le desgarraba el alma. —Si te pedí un anillo y un acta no fue por interés —susurró—. Fue porque quiero un esposo de verdad. Un hombre que me ame, que me respete, que me vea como algo más que una cara bonita o un cuerpo que se puede poseer. Quiero sentir que le importo por lo que soy. Nicolás soltó un bufido y ladeó la cabeza con una sonrisa sarcástica. —¿Desde cuándo te volviste tan cursi como tu hermana Noelia? El golpe no fue físico, pero dolió más que una bofetada. Noelia se quedó helada. El aire se le fue de los pulmones y un nudo le cerró la garganta. Que él dijera eso, que la comparara con su verdadero yo, sin saberlo, y lo hiciera con desprecio fue devastador. Porque ella era Noelia. La “cursi”. La que lo amaba en silencio. La que soñó con él desde antes de que mirara a su hermana. Y ahora él usaba su nombre como un insulto. —¿Eso piensas de ella? —logró decir, con la voz quebrada—. ¿Qué es una tonta sentimental por qué tiene la madurez que te hace falta? Él frunció el ceño, confundido por su reacción. —¿Y a ti qué te importa mi opinión sobre Noelia? —preguntó en voz baja, con un brillo extraño en la mirada, como si estuviera tratando de unir piezas en su mente. El silencio entre ellos se volvió tenso. Insoportable. Noelia sintió que había ido demasiado lejos. Su corazón palpitaba con fuerza. Si seguía así, terminaría delatándose. Había un brillo extraño en los ojos de Nicolás. Una chispa… ¿de sospecha? «¿Será que me acabo de delatar ante él? Pero entonces él rompió la tensión con una carcajada breve, seca. —Bah, no me importa. La tonta y puritana de mi cuñada puede rezar todo lo que quiera, yo me voy a dar un baño. «¿Tonta y puritana. ¿Así me considera?» Noelia sintió que el corazón se la apretujaba. —Yo… voy a caminar un rato —murmuró ella, deseando aire, distancia, algo que no fuera esa mirada inquisidora que la estaba empezando a asfixiar. Él ya se giraba hacia la habitación, pero se detuvo en seco. —No se te ocurra irte de coqueta por ahí —advirtió sin volverse a verla—. Porque si llego a verte con otro… te juro que te vas a arrepentir. Y entonces sí se fue, dejándola con el corazón apretado, los ojos húmedos y el miedo latente de que Nicolás Callavari pudiera estar sospechando la farsa.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD