Nos sentamos en las banquitas, me obliga a comer un poco de yogurt, una combinación que me encanta, pero me preocupa. De repente estoy famélica y dejando que este hombre me alimente como a un bebé; no sé, pero me inspira una confianza, incluso dulzura. Me limpia la comisura del labio con mimo y cuidado y me ofrece otro bocado, el cual deposita lentamente en mi boca. Es fabuloso, el almíbar de durazno que tiene es espectacular. —¿Granola quieres? —Necesitamos hablar, no sé ni siquiera tu nombre. —Zyan, me llamo Zyan. —Zyan —repito, y él sonríe—. Me ofrece la granola y yo asiento. Dejo que el sol me bañe con su brillo y me quedo pensando un par de minutos antes de insistir—. ¿Vas a decirme, ya? Él ríe y se encoge de hombros. —¿Por qué no dejas que te cuiden? Eres muy occidental en esas

