Dudas

1381 Words
Cuando despierto, él me tiene entre sus brazos y me da órdenes para que me despierte. Yo me le quedo viendo un par de segundos, me ofrece comida y niego con la cabeza; vuelvo a cerrar los ojos. —Leonor, necesitas comer y bañarte. —¿Bañarme? —repito, y él sonríe. Me acaricia el pelo con ternura y me abraza, lo cual me resulta reconfortante. Su aroma es conocido, es dulce en cierta forma, como flores, y su piel es suave y caliente. Una mujer irrumpe en la habitación y le avisa que el baño está preparado. Yo no me siento fuerte como para levantarme. Él me carga al baño, le dice a la enfermera que estaremos bien, me sienta en una silla y se quita la ropa. —¿Cómo te gusta el agua? —Caliente —respondo. —¿Tú vas a bañarme? —Me voy a meter en la tina, para que no te ahogues. —No estoy s*****a —reconozco, y él ríe. Yo me quedo viendo la habitación. Es un baño amplio, cómodo, y sé que estoy dejando a un extraño bañarme. No recuerdo su nombre; me da vergüenza preguntárselo de nuevo. Quiero saber dónde está mi familia, porque si he sufrido un accidente, ¿por qué no está mi madre? Me siento confundida, pero no quiero que lo sepa. —Lo sé, pero tenías razón, a alguien te habían torturado. —Tú me rescataste —le digo—. ¿Te envió mi padre? ¿Ya hemos hablado antes? —pregunto sorprendida, y él asiente. —Tienes una lesión pequeña cerebral. Se te van a seguir olvidando las cosas hasta que el hematoma se absorba —comenta—. Eso me han explicado los médicos. No sé bien lo que quiere decir, pero necesitas reposo, comida. Yo voy a cuidar de ti. —¿Mi familia…? ¿Qué ha pasado? —Por tu bien, no hablemos de eso —me dice, y yo asiento. Me quedo quieta, preguntándome por la situación, intentando recordar. Él sigue hablando, muy animado, me cuenta lo que me han recetado: —Tienes que tomar algo para el hongo en la piel y el champú. Intento ver, pero no alcanzo. Él me acerca un frasco con el agua. Está caliente, mucho todavía. Sonríe y, cuando llega a la temperatura correcta, me quita la bata. En cualquier otro momento estaría peleando porque me vuelva a vestir, pero me siento sucia, estoy cansada y, la verdad, ya nada me importa. Él me carga y se mete en la tina conmigo. Despacio, me deposita dentro del agua y suspiro aliviada. Cierro los ojos, me apoyo contra su pecho y juego con el agua. Él me deja relajarme unos minutos y luego me pasa un jabón que huele a rosas por los brazos, el cuello, la espalda. Gimo cuando me masajea la espalda y él ríe. Continúa acariciándome la espalda y yo simplemente me dejo acariciar, me dejo mimar mientras masajea mi pelo y me pasa agua. Me quedo dormida, probablemente, porque cuando despierto estoy de nuevo en la cama. Él está dormido. Observo sus rasgos, intento recordarle, pero es como tener imágenes incompletas, muy borrosas. Me aparto un poco. —¿Quieres comer? —pregunta y se pone en pie rápidamente. Va a buscar la comida e ingresa con todo lo que uno podría imaginarse: frutas, repostería, carnes, jamones, bebidas. El cuarto está lleno de comida. Yo elijo unas uvas y un café; el aroma me invita. Él sonríe y se sirve un té para acompañarme. Me da un poco de atol para asegurarse de que esté llena y me entregan las medicinas. —Quie… —Descansa, Leonor. Lo importante es que estés bien —me dice, y me apura para que tome la medicina. Yo niego con la cabeza y quiebro el plato. Estoy de repente furiosa y aterrorizada porque esto está mal, porque no sé la verdad. La mucama me ve asustada; el hombre la tranquiliza e intenta hacer lo mismo conmigo. Me pide que esté tranquila, me recuerda que estoy débil y que él me ha abierto las puertas de su casa, me ha proveído de seguridad, medicamentos y alimentos. —¿Qué ha pasado? ¿Cómo te llamas? ¿Qué hago aquí? —Ay, Leonor, no sé si puedas resistirlo —me dice, y yo insisto en que quiero la verdad. La necesito porque siento que me estoy volviendo loca. En realidad, estoy muerta de miedo. —Todo… todo esto es por tu bien. Suelta el plato, vamos a hablar —dice en tono calmado. Me desarma. Toma mi mano, me acerca a la cama, me entrega agua y acaricia mi espalda mientras insiste en que necesita que confíe en él, que él sabe lo que es mejor, que mi cerebro, mi cuerpo, mi vida están en riesgo y que un disgusto en estos momentos no vale la pena. —Necesito saber qué hago aquí —grito desesperada. Él me acaricia la espalda, me acaricia el pelo. —Me veo en el espejo y no me reconozco —le digo. Él me mira a los ojos, intenta analizarme. Entiende que estoy tan nerviosa, tan agotada como es posible, y en un tono bajo, casi como un susurro, explica que ha tenido que ir a rescatarme, que se ha enterado de que me tenían prisionera en el campo militar. Yo recuerdo estar en una celda, mojándome; recuerdo al capitán… haciendo… lo recuerdo golpeándome e inconscientemente tiemblo. Él me abraza, me pide volver a la cama. Yo obedezco. —Mi padre ha mandado por mí. —Leonor, te he dicho más de lo que debería. Descansa. Cinco días. Confía en mí —pide, y me acerca los medicamentos. Yo los tomo y obedezco. Me meto en la cama. Él pregunta si quiero compañía mientras va sacando las bandejas con comida. La verdad es que no quiero estar sola. —Puedes quedarte —le digo. Él va al armario, busca un pijama. Entiendo que estoy en su habitación. El joven regresa con un batón de seda, cierra las cortinas y se acomoda a mi lado en la cama. Yo me acerco un poco y él me abraza mientras acaricia mi espalda suavemente. —¿Qué le ha pasado a mi pelo? —pregunto, y él ríe. —Descansa, Leonor. Eso no importa ahora. Estás a salvo —me asegura. Yo no me reconozco cuando me veo en el espejo. Me despierto en una habitación con el cabello más corto, pero mejor de lo que lo tenía. Vestida con un pijama blanco, mis uñas van de un color suave. No sé si me he soñado esto o si es real, pero por más que se parezca, no huele a mi casa. Camino por el palacio y escucho dos voces de hombre. —La quiero, es mi plan y punto. —Ese es el problema: la quieres. —Es mía, es mi responsabilidad. La discusión continúa. Yo me sigo acercando hasta que me ven. Los dos hombres me observan en silencio. Él sonríe; lo reconozco, pero no recuerdo su nombre. Odio sentirme así: perdida, confundida, aislada. Pero él me hace sentir tranquila, segura. Me sonríe y viene corriendo como un chico travieso a saludarme. Me da un beso en la mejilla y me toma de las manos. —Has dormido bastante. ¿Cómo te sientes hoy? —Mejor. —¿Quieres comer en el jardín? —No… yo quiero hablar contigo… —digo, y veo al hombre mayor detrás de él—. En… en privado. —Claro, vamos. El sol te va a hacer bien —me dice, y me dirige al exterior. Yo le tomo de la mano y lo dejo guiarme por el espacio verde, brillante por el sol, con ciertas plantas. Se ve muy bonito. —¿De qué quieres hablar? —De ti. —¿De mí? —repite—. ¿Qué de mí? —¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Por qué me trajiste a tu casa? Todo es tan confuso que, la verdad, no sé si mi cerebro está bien o mal. He soñado tantas cosas que me parece difícil diferenciar y me atrevo a preguntar: —¿Soy tu visita o tu prisionera?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD