Sobrevivir...

1362 Words
Yo, de pequeña, no olvidaba un detalle. Hay gente que necesita que le señalen todo en la vida: las flores, la luz o una nube bonita. Yo siempre fui muy detallista con todo, y esa noche cambió. Creo que, más que el cambio físico, fue el cambio mental, en lo que muchos calificarían como fortaleza mental; para mí fue como si me hubiesen quebrado el cráneo y hubiesen dejado mi cerebro expuesto. Tarik me mira confundido, pero yo cierro la puerta por fuera y lo apuro para que coloque los explosivos. Nos vemos en el punto de reunión. Tarik me hace una seña para que nos apartemos y otra para que mire la hora. Corro tan rápido como puedo y veo la explosión del primer edificio. Me encantaría poder disfrutar del momento en el que los que me traicionaron se dan cuenta de que les ha salido fatal, pero tengo a los rebeldes encima. Se escuchan balazos en diferentes puntos; sé que no son pocos y necesitamos ir por los demás y salir tan rápido como sea posible. Veo la hora y me sorprende que no haya indicios de rescate; ni siquiera se han comunicado con nosotros. Los hombres se desesperan porque no pueden salir, buscando una salida, y Tarik me indica que es momento de accionar el detonador porque vamos a salir del rango de cobertura. Les hago una última seña; mi mirada se encuentra con la del capitán. El pánico cubre sus ojos. Le guiño un ojo y oprimo el botón. Corro junto a mi seguridad, corro con todas mis fuerzas y escucho que hay un enfrentamiento armado en donde están las celdas. Escucho a los chicos gritar, morir. —Leonor está muerta —grita Rupert, y me hace una seña desde dentro para que me vaya. El mismo hombre que aseguraba que daban innecesariamente la vida por mí estaba mintiendo para protegerme. Tarik me hace una seña para que nos vayamos. Yo niego con la cabeza. Rupert repite la mentira y los demás hombres insisten en que estoy muerta, que el capitán me ha asesinado. Si me quedo, nos matan a todos; si me voy, nos matan a todos. No hay señal de ayuda. Me distraigo viendo el reloj y Tarik aprovecha: me cubre la boca y me carga lejos de ahí. Le ruego, peleo, pero no me suelta. Corre conmigo y le golpeo hasta que lo hace. —Leonor, van a matarte. —Los van a matar a ellos. Déjame ir. —Mi obligación es protegerla. —Ay, Tarik —digo, y le doy un golpe fuerte en las rodillas, porque lo necesito fuerte para ayudarme con mi plan; es el único que puede ayudarme. Somos dos contra seis, la verdad. Yo me subo al tejado del edificio por Jurá, en contra de los deseos de Tarik, y él va por el frente, donde Rupert sigue gritando que no sabe dónde estoy. Los está cansando, está ganando tiempo. —La princesa huyó de aquí hace semanas y por eso estamos encerrados. Si yo viese a la princesa, la mataría. —La princesa no está aquí —repiten sus compañeros. Él dice la verdad. Me acomodo, veo a Tarik, le hago una seña para abrir fuego y les disparo a los rebeldes que puedo. Los chicos luchan contra quienes pueden y nos ayudan. Les damos tiempo de defenderse y de armarse para salir de ahí tan pronto como es posible. Corremos, corremos hacia la salida. Intentamos tomar un coche, pero en cuanto lo hacemos, un grupo de rebeldes rodea nuestro auto. Nos están apuntando y le pido a Tarik que suelte el volante, porque sé que están esperando la mínima excusa para dispararnos. —Princesita —grita un hombre en español. Se asoma para que lo vea; mi mirada se cruza con la suya. Estoy cansada, harta de pelear, y me entrego con total facilidad. ¿Qué puede hacer? Secuestrarme un par de días, un mes o una semana, y ¿qué pasará después? Vendrá un ejército por mí, morirán unos cuantos y será una historia más, o su fatídica alternativa en la que me muero. Veo al hombre: no es muy joven ni muy viejo; puede tener unos cuarenta años. Es delgado, alto, con un rostro muy simétrico, el pelo n***o recién cortado; lleva ropa de color n***o y va armado. No se me pasa el escudo que lleva en su camisa; lo he visto antes, lo he visto, pero no puedo ubicar dónde o por qué, lo cual me sorprende—. Yo jamás me hubiese ido sin usted, majestad, qué descortés. Sus hombres me sacan de la camioneta, me toman de los brazos y, en un dialecto similar al de Azhalm, preguntan si ya pueden matar a mis hombres. —Si quería una cita conmigo, pudo haberla pedido —respondo, divertida. Hay una frase de mi abuelo Murat que mi mamá detesta y tachó de los libros de historia, y es: todos tenemos que morir; en una guerra muere el bueno, el malo y el perro. Él, el príncipe de los rebeldes; él, mi nuevo captor; él, mi verdugo, o yo… uno de los dos va a morir. Pero yo tengo una responsabilidad con Rupert, Tarik, Raj y mi equipo de diez hombres en total. El hombre sonríe de medio lado, asiente y estrecha mi mano mientras analiza mi look. Recuerdo que unos minutos atrás me trasquilé el cabello, que llevo ropa de hombre y que he pasado semanas sin comer bien ni dormir. La verdad, no sé cómo voy andando; puede ser la adrenalina o… —¿Cuál es su nombre? —pregunto, y él se ríe mientras eleva la mano para comunicarse con sus hombres. De inmediato le advierto: —No mate a mis hombres, los quiero vivos. Van conmigo —le pido—. Yo no hago nada mientras ellos sean nuestros prisioneros. ¿A dónde me quiere llevar? ¿Quiere una cita? Puede tenerla. ¿Quiere una princesa? Puede tenerla. El hombre se ríe y asiente. —Me gustan sumisas, Leonor. —A mí me gustan menos problemáticos, pero siempre soy fan de un hombre que sabe lo que quiere, y mire todo lo que acaba de hacer solo por tenerme —respondo con humor, y él se ríe aún más. Se acerca. —Bueno, soy flexible —dice mientras me acaricia un colocho—. Esta mañana quería matarte. Ahora mismo, creo que necesito divertirme primero. Yo asiento. —Esta mañana un hombre quería que me mataran; ahora usted quiere matarme. La vida es así —respondo, divertida—. Antes de lo que sea, quiero estar bañada, perfumada y haber dormido en una cama. Él cierra los ojos, suelta una carcajada refrescante y le hago una seña a mis hombres. Ellos se desarman y me acompañan. Yo saco de mi bolsillo los mechones de mi pelo y camino hacia el hombre, quien no se ha identificado, pero sé que es el jefe: todos esperan su señal; cualquier movimiento suyo tiene un significado para el grupo. Me ilusiono cuando escucho los helicópteros acercarse; pienso que finalmente van a rescatarnos, pero él acaricia mi rostro con dulzura antes de informarme que me lleva a su casa. —¿Será que tienen servicio de salón de belleza? Necesito arreglarme. —Claro, huele fatal. Le creo cuando dice que no la atendían bien —comenta, antes de cargarme y llevarme corriendo hacia su zona de salida. Un grupo de dieciocho helicópteros se acerca. Nosotros dos subimos a uno y los demás se llenan con sus hombres y con los míos. —Cumplo mis promesas, Leonor. —Y yo las mías. En tierra veo autos salir en diferentes direcciones; en el aire veo los helicópteros ascendiendo al mismo tiempo y tomando rumbos distintos. Está intentando distraerlos, está evitando ser rastreado con facilidad. Me queda clarísimo que no solo tiene agallas, porque ha asaltado una base militar sin que se activara ninguna alarma y conoce todos nuestros protocolos. ¿Cuál es su nombre? ¿Quién es? Quiero saberlo todo. Lo más importante: ¿Dónde están los príncipes azules que rescatan a las princesas en los cuentos?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD