Yo decido que...

1476 Words
Después de mi viaje a Inglaterra lo que más quería era desintoxicarme con mis chicas, así que me fui a Mainvillage “por negocios”. Primero porque ahí están mis papás, segundo porque están mis hermanos. De verdad tengo negocios en la ciudad, pero mi asociación más importante en la vida es con Alice y Anastasia. Las espero en su sección cita de la casa. Ya he comprado la cena: un mar y tierra, conchitas de taco, dos tipos de ensaladas, verduritas, hasta los frijoles molidos y el queso que tanto les gusta. Llámenme mejor mejor amiga. Alice se zafa del trabajo y se viene directo a hacer un postre. Anastasia llega puntualita después de su turno; nos abrazamos y saltamos por todas partes. —Ayúdame a entender, ¿no tenías guardia pero te ofreciste? —Un amigo de mi mamá tenía guardia y yo me quedé a seguirlo porque el próximo año inicio las rotaciones nocturnas. —Mira, ella es una empollona, pero creemos en vos. Vas a llegar lejos. —Sí… muy c***k. ¿Te parece elegir derma, que es como suavecito? Te venís al reino color a sacarme espinillas. —Si yo fuese dermatóloga acabaría con el acné —responde Anastasia soberbia, y nosotras tres nos reímos. —Pero me gusta más cirugía. —Bueno, plástica, y me pones el abdomen así divino, y las nalgas me las levantás —comento y ella sonríe. —A mí poneme tetas, yo quiero unas chichis bien grandes —las tres nos reímos. Es cuando Alice elige unos mangos bien grandes y los selecciona como su talla de bra. Ay, mis amigas… curan cualquier mal de amores, de verdad. —Yo le daría una oportunidad —comenta Anastasia—. A ti te gusta, es trabajador, suena caballeroso, su pasado explicado suena un poco mejor. Todos hemos estado ahí, ¿sabes?, donde la cagás y no puedes devolver. Tener una mesa de póker no es como… —Creo que tenés que tomar en cuenta que necesitás un tipo de hombre muy específico. —Mi papá no eligió a nadie con aires de grandeza. Mi mamá era una chica pobre que vendía pulseras en la casa. —Ese es un lujo que los hombres pueden tener; nosotras no. Nosotras tenemos que elegir mejor —responde Alice. —Económicamente está bien, tiene excelentes relaciones políticas y comerciales, es guapo, inteligente… me gusta. —Sí, pero ¿es alguien con quien podés compartir una relación a largo plazo? ¿Es alguien con quien podés tener una familia? ¿Se va a quedar en tiempos de guerra o hambre? —pregunta Alice, y Anastasia y yo la miramos en silencio, sorprendidas por el discurso. —Es muy maduro de tu parte —comenta Anastasia—, pero esta es la edad de tener novios y llorar y dejarlos. No deberías tener la responsabilidad de un marido y los hijos. —Bueno, como novio cualquiera yo le daría una segunda oportunidad. Como marido y rey consorte, no. —Alice, ¡qué clasista eres! —La vida insiste en hacerme rica —bromea, y todas reímos. Pero eso me anima a darle la oportunidad, porque como novio me parece una opción. Ya el futuro le dirá. Después de mi cita con mis amigas fui a ver a mi alma gemela espiritual, Leyla, mi hermanita. Está peleada con Habib por el uso del gimnasio, que él y ella queiren traer unos amigos y él también. Mi papá viene a saludarme y arruga la cara hacia ellos dos. Gabriel deja lo que está haciendo y viene a cargarme —intenta sacarme todos los órganos de un abrazo— y Kamal se acerca a hacer lo mismo. Me río, y luego saludo a mis hermanos y reparto de mi sabiduría de hermana mayor. —La vida es muy corta para vivirla enojados. Todos se ríen y me preguntan por la razón de mi visita. Mi madre sale de su oficina, me da un beso y un abrazo y me pregunta qué quiero cenar. Mis hermanos encuentran un enemigo en común: yo. Pero como soy la hermana mayor, disfruto del privilegio y la buena voluntad de mi mamá. La señora prepara unas cosas espectaculares, y mi papá le va ayudando a servir la mesa. Le dice algo; ella se ríe, inclina la cabeza, le pide que la bese y él sonríe mientras asiente. La llena de besos. Mis hermanos se quejan de la segunda adolescencia de nuestros papás, y les recuerdo que somos de la gente extraordinariamente afortunada. —En lugar de preocuparnos por un divorcio, nos preocupamos de un embarazo geriátrico —comento, y todos ríen. Mi mamá me asegura que no es posible; mi papá responde que él cree en Dios y en los milagros. —Dios te ha dado múltiples milagros. —Y por eso estamos agradecidos, pero ¿tú te acuerdas cuando nuestros hijos nos adoraban? —Yo los recuerdo necios, llorones y quejones desde siempre —responde, y mi hermano la sacude, la carga en sus hombros y la lleva a la silla. —Siéntate, el calor de la cocina te está afectando, mujer. —¿Qué querés que hagamos por ti, majestad? —pregunta mi otro hermano. —Ser normales, portarse bien —sonríe y toma mi mano; me da un par de besos en los nudillos. Luego a mi hermana. Papá finalmente toma asiento y nos cuenta algo que le pasó mientras hacía la compra. Todos prestamos atención y yo evito soltar la mano de mi madre, incluso si eso significa pelearme por mis berenjenas con una sola mano. —No seas buchón, Habib —le amenaza papá, y yo sonrío. —Bueno, ahora que Leonor está aquí queríamos aprovechar y conversar —comenta Gabriel—. ¿Saben cómo Leonor es mayor de edad? —Sabemos, sí, estamos conscientes de sus fechas de nacimiento. —Y saben cómo nosotros aún no, pero somos una familia unida —yo disfruto cuando se ponen necios—. Queríamos valorar la posibilidad de ir al concierto de Grillo. —Mamá, antes de que digas que no, ya tenemos los tickets comprados, tenemos VIP y nos vamos aunque nos castigues —responde Leyla, y yo aguanto la risa porque ella es la hija menos deseada de esta mesa y todo es una confrontación con ella. —Leyla, hija, practicamos esto. —Sí, tronca, te mamaste. —Vocabulario, por favor —pide mi madre. Yo le pregunto a mi hermano si me compraron entrada. Él asiente y me susurra que si a mí no hay permiso… —Mamá, lo que no estás viendo es que es parte importante del desarrollo social asistir a eventos masivos. Muchas veces se detectan rasgos de la personalidad tras estos eventos. —Por el exceso de drogas que usan. —Bueno, yo estoy deseosa de velar el buen comportamiento de mis hermanos. —Mi amor, van a ir casi todos los sobrinos. —Y si los dejas, usan drogas estos también —mi mamá, tan turbulenta. —Kamille y Ellis van por trabajo. Will, Frank y yo vamos a ir a velar porque nuestros hijos no hagan nada raro. —Qué horror. Bueno, vayan a su concierto ridículo. —Mamá, el disco de Grillo está lleno de significado, así que te estás perdiendo de algo grande —comenta Leyla, y mi mamá niega con la cabeza. —¿Querés venir? Vamos, yo te llevo. Todos vemos a mi hermana. Mi mamá se atraganta con la comida y mi papá le pega fuerte en la espalda. De verdad, esta vez casi la mata. Es impresionante la Leyla. Esa noche, después de ponerme al día con los chismes —que si a mi hermana le gustan dos en lugar de uno, que si la novia de mi hermano es o no una zorra, y si el pipí del otro está siendo quemado en internet cuando en realidad es el pipí de su hermano—, recibo un mensaje. Teodore: Leonor, extraño saber de ti. Lo releí varias veces. Me tomó casi una hora saber qué responder, pero decidí ser una chica normal; ya saben, alguien de 22 que conoce a alguien, se enamora y es feliz yendo a dar paseos por el parque o en globo si es posible. Leonor: Hola, Teodore, ¿qué tal has estado? Pensé que por el cambio horario no habría respuesta, pero sí. En menos de cinco segundos Teodore estaba contándome su día por mensaje. Teodore: ¿Sabes? Ha estado lluvioso. He ido de una reunión a otra, y me he montado al carro equivocado hoy. El dueño ha flipado; me echó a sombrillazos mientras su mujer gritaba. ¿Te lo puedo contar en llamada o es muy tarde? Leonor: Sí, claro, puedes llamarme. No demoró casi nada en llamar, ni yo en contestar.
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