Amanda Oh, mierda. Cuando mi padre entró en la cocina, se me paró el corazón. Sentí como si me hubieran echado un cubo de agua helada en la cabeza y hubieran apagado el calor que sentía en cuestión de segundos. Sentí conmoción y alivio a partes iguales. Mi relación con mi padre siempre había sido compleja: una mezcla de amor, protección y la fuerza de su mirada vigilante. Siempre me había protegido con creces, desde que era un bebé y mi madre murió al darme a luz. Me había protegido del peligro tan completamente que a veces sentía que no había visto nada del mundo. Desde su muerte, él había sido mi madre y mi padre, un papel que asumió con una lealtad y una determinación férreas e inquebrantables. Verlo allí de pie, con la mirada fija en mí, me trajo un torrente de recuerdos de mi infa

