El día esperado llegó y nos mudamos a nuestro nuevo hogar, al llegar se sentía tan bien estar en un nuevo lugar que sólo era mío y de mis hijos. Deje la habitación más grande para los niños después de todo eran dos, la mitad fue pintada de rosa con flores hermosas y unas cuantas mariposas, la segunda mitad pintada en azul con algunas nubes blancas les estaba dando la habitación que yo hubiera querido tener en la niñez que nunca tuve.
La relación con Román era demasiado volátil en ocasiones estábamos bien parecíamos una verdadera familia y algunas otras ocasiones se molestaba por el más mínimo detalle casi siempre era porque Fátima hacía mucho ruido al jugar y terminábamos discutiendo.
Yo creía que era algo normal en los matrimonios a pesar de nunca ver a mis padres discutir, seguí trabajando como de costumbre y mi mamá me ayudaba a cuidar de mis hijos, ahí comenzaron las señales las cuales demostraban que no estaba bien la relación pero como toda una tonta no las ví.
Todos los días despertaba a las cinco de la mañana, vestía a mis pequeños salía directo a casa de mi madre para dejarlos a las siete y regresar a mi trabajo antes de las nueve, así fue durante dos meses hasta que ya no pude más. Mi cansancio era demasiado después de trabajar todo el día llegaba a casa a limpiar, cocinar y darle una ducha a los niños.
—Román ¿podrías ayudarme a limpiar la casa?
—Estoy muy cansado Olga, vengo de trabajar.
—¡Román, yo también vengo de trabajar! Y sin embargo llevo a los niños todos los días con mi mamá, los recojo por la noche y regreso aquí para limpiar y cocinar, estoy exhausta tú llegas aquí a las seis de la tarde mientras yo llego a las ocho.
—Ese no es mi problema, mi trabajo es más cansado tú sólo atiendes a las personas y muestras zapatos, durante el día no haces mucho.
Respondió gritándome mientras daba un golpe en la mesa del comedor tan fuerte que asustó a mis hijos, di un brinco cerrando los ojos con fuerza al escuchar el estruendo, al abrir los ojos ví como se levantaba de la silla y salía de la casa.
Mi cuerpo comenzó a temblar por el miedo y un par de lágrimas salieron, las limpié y fui a cargar a Ulises tomé a Fátima de la mano y los llevé a su habitación para que se calmaran después de lo sucedido.
Los días seguían y yo olvidé ese asunto ¡ja! Que tonta, hasta que un día al salir del trabajo estaba Román esperándome, me acerqué y pude ver qué estaba molesto por algo.
—¿Todo bien Román?
—¡Vámonos a casa!
Angélica salió de la tienda y corrió en nuestra dirección con su característica sonrisa.
—Olga olvidaste tu abrigo, toma ¡hola Román!
—¡Hola Angélica! Te ves muy bien hoy.
El tono en el que Román le habló a Angélica fue muy extraño me hizo sentir un poco incómoda y el rostro de mi amiga se había distorsionado un poco, su incomodidad fue muy evidente.
—Nos vemos el lunes Olga.
—¡Adiós angélica!
Al marcharse Angélica Román me tomó del brazo muy fuerte y me arrastró directo a la parada del autobús.
—¿Para eso quieres trabajar aquí verdad?
—¿Que dices? No te entiendo nada Román.
—¿Crees que soy estúpido? Un amigo del trabajo vino ayer a comprar unos zapatos y me dijo que la chica que lo atendió se había comportado de una manera coqueta.
—¿Que te sucede? Aquí no sólo trabajo yo y ayer yo estaba acomodando la bodega.
—Tratas de decir que Angélica es una cualquiera y fue ella quien coqueteaba.
—Solo te estoy diciendo que yo estuve todo el día en la bodega.
El autobús llegó y dejamos de discutir subimos y nos fuimos por los niños, al llegar estaba mi tía Romina en casa de mis papás al vernos de inmediato se levantó a saludar a Román.
—¿Cómo has estado Román? No te había visto desde que se fueron de aquí.
—Romina un gusto verte.
¿Desde cuándo se hablaban de tú? Yo sólo observé un momento y fui por las cosas de mis pequeños. Mi mamá había cambiado un poco o al menos eso pensaba yo.
—Toma hija, te preparé algunas cosas para los niños, algunas frutas y verduras.
—¡Gracias mamá!
—Mañana celebramos el cumpleaños de tu hermana Celia para que vengan a comer.
—De acuerdo mamá ¿y Néstor?
—Salió con sus amigos, llega más tarde.
Salimos juntas a la sala de estar y no estaban Román ni mi tía Romina, no le dí importancia y preparé a mis hijos, después de diez minutos aparecieron juntos riendo de algo parecían una pareja de enamorados.
—¿Dónde estabas Román?
—¿Celos sobrina? Sólo me acompañó a fumar un cigarrillo.
—Tú no fumas Román.
—Platicamos mientras Romina fumaba.
—Estoy cansada, vamos a casa.
— Nos vemos mañana Román.
Las palabras de mi tía en ese momento me sonaron extrañas pero no dije nada. Salimos de la casa mientras yo llevaba a Ulises en brazos en un brazo el bolso con sus cosas y en otro lado cosas que mamá me había dado, Fátima caminaba a un lado mío tomando la orilla de mi bolso.
—¿Puedes ayudarme? Estoy cargando con todo.
—¿Y no puedes? Dame a mi hijo ¡eres una inútil!
Al llegar a casa me puse a limpiar mientras Román veía televisión, después de darles una ducha a los niños estaba por descansar cuando volvió el tema de la tienda de zapatos.
—¿Y bien?
—¿Que pasa?
—¿Que pasa? Deja de hacerte la tonta si me entero que vuelves a comportarte como una cualquiera lo pagarás muy caro ¿te quedó claro?
Román apretó mi brazo con más fuerza que en la tarde, me dolía bastante me puse a llorar pidiendo que se detuviera.
—¡Por favor, basta Román! Me lastimas.
—Y te lastimare más si te sigues comportando como una cualquiera estás advertida.
Me arrojó al sofá y salió de la casa no sin antes volver la cara para advertirme.
—Regreso más tarde iré con mi mamá, ya estás advertida Olga, te pesará.
La violencia psicológica se hizo presente desde ese día sin que yo me diera cuenta, me dí una ducha y me acosté a dormir cuándo desperté ya eran las once de la noche y Román no había llegado, fui a ver a mis hijos y al ver qué estaban dormidos volví a mi habitación, Román llegó a la media noche sin decir nada se acostó a mi lado y comenzó a tocarme, no sé porque pero me daba demasiado asco que lo hiciera, me quedé inmovil y en total silencio sólo podía escuchar los gemidos de él y sentir su cuerpo sobre el mío al terminar se levantó y con una risa de desprecio se dirigió a mí.
—¡Eres tan frígida! No me dan ganas de tocarte sabías eso, no despiertas ningún deseo s****l a pesar de ser bonita y con buen cuerpo.
Se giró y durmió casi de inmediato, yo me sentí mal al escuchar sus comentarios tan hirientes pero aún así no quería que me volviera a tocar.
Al día siguiente fuimos a casa de mi madre al cumpleaños de mi hermana Celia, una tarde que jamás olvidaría y no por ser el mejor de los días para mí, comenzaría mi infierno.