Sin castigo.

1108 Words
Era fin de semana, sábado por la mañana para ser más precisos y estaba en búsqueda de quien cuidara de mis hijos, la primera vez que fui a ver la casa había visto una pequeña guardería a un par de calles y me dirigí para saber cómo funcionaba. Me explicaron que tendría un costo extra porque debían llevar al preescolar a Fátima y también recogerla, eso para mí estaba bien así que acepté con rapidez. Sin tener un apoyo real esa era mi única opción. El preescolar estaba a unas cuantas calles y tenía que ir a buscar un lugar para mí hija, ahora tenía que cambiar de escuela. Volvimos a casa y comenzamos a poner todo en orden, Ulises era muy pequeño para comprender lo que pasaba el sólo preguntaba por su papá, mi pequeña Fátima estaba más tranquila creo que a pesar de su corta edad entendía un poco lo que pasaba, con tan sólo cinco años era muy lista e independiente. Me sentía algo culpable por no darles una mejor calidad de vida por el momento, pero les estaba dando tranquilidad emocional y protección eso era lo primordial. El lunes comenzamos con una nueva etapa, dejé a mis hijos en la guardería y fui a mi trabajo, continúe con mi jornada de una manera sumamente tranquila, nadie sabía dónde trabajaba ni mucho menos dónde vivía. El único que tenía mis datos de trabajo era el policía que llevaba el caso. Recibí una llamada cerca de las cinco de la tarde la cuál respondí personalmente ya que el teléfono estaba a mi cargo. —¡Buen día! Grupo Eagle ¿En qué puedo ayudar? —¡Buen día! Busco a la señorita Olga Rocha. —¡Soy yo! ¿En qué puedo ayudarle? —Señorita debe venir porque hoy se dió la resolución a su caso y es importante que se presente. —¿En qué horario? —Lo más rápido posible yo termino mi turno a las nueve de la noche y quisiera atenderla yo. —Estaré ahí a las 6:30. —Señorita venga preparada, ese hombre también está citado. —Lo tendré en cuenta ¡gracias! Al término de mis labores me dirigí a la estación de policía, a mi llegada aún no estaba Román así que me acerqué al oficial. —¡Buena noche! —¡Señorita Rocha! Tome asiento, buena noche. —Es algo malo ¿cierto? —El juez desestimó el caso porque el abogado que presentó su aún marido alegó que usted no tiene pruebas contundentes y que el psicólogo pudo ser engañado por su niña. —¿Cómo pueden decir eso? Mi hija tiene cinco años ella no miente, una niña de esa edad no puede engañar a un psicólogo. —Y yo le creo, pero el juez no creyó nada. —¿Que sucederá después de ésto? —Le aconsejo irse de su casa, si ese hombre es como tantos que llego a conocer en ésta profesión es muy peligroso, no le permita acercarse a ustedes y debe comenzar con los trámites de divorcio. —Ya me fui de mi casa, no quería que me molestara. —Hizo bien. Le daré un consejo aunque no debería, sólo no mencione que yo le dije. —Entiendo y lo agradezco. —Ponga hoy mismo la demanda de divorcio por los mismos temas, antes de que él lo haga por abandono de hogar, porque le podrían quitar a los niños y diga que se fue de su casa porque no se sentía segura, que la amenaza era constante, usted no puede probar que la amenazaba pero ellos tampoco pueden probar que no lo hacía. Debe quedar el precedente de eso y el juez no lo tomará como abandono de hogar si no como instinto de supervivencia. —¡Gracias por el consejo! ¿Dónde pongo la demanda? —En la puerta dos, la acompañaré. Hice caso a cada consejo y palabra del oficial, en ese momento me sentía llena de rabia porque mi caso había sido desestimado y eso quería decir que el idiota de Román se quedaría sin ser castigado, después de poner la demanda de divorcio salí de la oficina de lo familiar en compañía del abogado que se me había asignado al decir que no tenía dinero para pagar uno, Román entraba al verme se regodeaba con una sonrisa llena de cinismo. —Olga los extraño tanto, déjame volver a casa con ustedes. —Señora sabía que no debe prohibirle ver a sus hijos a mi cliente y usted lo corrió de una manera muy arbitraria. —No puede hablar con la señora lo siento, ella vino aquí para poner una demanda de divorcio. El abogado que me asignó la corte habló por mí, ya se me había aconsejado no hablar con él. —¿Divorcio? La señora lo corrió de su casa y no le permite volver. —¡No te daré el divorcio Olga! ¿Entendiste? Ese pequeño arrebato lleno de enojo causó que su abogado se molestara. —¡Están viendo eso! Mi cliente está desesperado por volver a su casa. —Que vuelva, aquí tiene las llaves de la propiedad, la señora Rocha dejó el domicilio por seguridad. Todo está en la demanda de divorcio se la entrego y le aconsejo no molestar a la señora mientras se lleva el proceso. Yo tenía ganas de gritarle y darle un par de bofetadas pero me contuve, sólo respiraba y me tranquilizaba el saber que estaba lejos de él para siempre. —Si no me dejas ver a mis hijos, no verás nada de mí. —Nunca ví nada de ti. Esa fue la última vez que hablé con Román por meses, habían pasado algunos meses y todo se acomodaba, Fátima ingresó al prescolar y yo seguía trabajando, estaba feliz lejos de todo lo que no me sumaba. Un sábado que había llevado a mis hijos al centro de la ciudad me encontré con el hermano menor de Román me saludó como si fuéramos viejos conocidos y le respondí. Me contó que se fueron a vivir a mi casa, ellos la usaron por algunos meses pero al no pagar las cuotas de la hipoteca el banco comenzó a enviar avisos así que no tuvieron más remedio que abandonarla, ahora sabía el porque mi abogado no tenía manera de encontrarlo así que el divorcio se detuvo. No recibía ninguna pensión por parte de él y no la necesitaba, lo único mal en todo ésto era que tenía que esperar a que volviera a reaparecer para darle disolución a nuestro contrato matrimonial y así seguir con nuestras vidas.
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