Al día siguiente, cuando llegué a la guarida vi su caballo. Corrí, pero me detuve antes de ingresar, no debe darse cuenta de dicha ansiedad por verlo. Al verlo tenía esa hermosa sonrisa, la cual lo hace ver más joven, pícaro e indiscutiblemente atractivo. Con su sencilla vestimenta, estaba recostado en la pared con las manos en los bolsillos de su pantalón n***o. Muy varonil con su camisa blanca de mangas largas. —¡Regresaste! —sonreí, parezco una tonta. Desvió la mirada al jarrón donde fui coleccionando las flores obsequiadas—. Gracia por las flores. —¿Cuáles flores? —Su mirada cambió, si no había sido él quien las trajo. ¿Quién fue?, contenía la risa, debe ser él, nadie más conocía este lugar—. ¿Puedes caminar conmigo un rato? —¡Claro! —Hasta el fin del mundo iría contigo. Salió con

