Capítulo 2: Celo inesperado 2

1094 Words
——POV de Mateo—— El día estaba maravilloso, el cielo despejado y los pájaros cantaban. Hoy sería un gran día. Cristina, mi hermosa novia, me esperaba. Ya quería verla; la extrañaba, a pesar de haberla visto hace solo dos días. "Llegué antes». «Bueno, no importa. Daré una vuelta por el centro comercial y listo». El centro comercial estaba abarrotado. La película que vinimos a ver era muy popular, a pesar de que apenas estaba en preestreno. «Espero que a Cristina le guste». En mi bolsillo llevaba una pequeña sortija con un precioso zafiro que me recordaba sus ojos. Apenas teníamos diecinueve años y este año yo cumpliría veinte, pero yo sentía que ella era la indicada, y ese anillo de promesa le mostraría todo mi amor y devoción, era un anillo que se había transmitido en mi familia durante generaciones. «Ahí está». La vi a lo lejos, llegando al centro comercial. Mi mano cayó pesadamente, sin darme cuenta de que la había levantado. Ahí, junto a mi novia, besándola, abrazándola, tocándola, estaba alguien que no conocía, no podían decir que era una confusión, literalmente se estaban comiendo a besos frente a mí. «¿Qué?» «¿Quién es él?» Me acerqué lentamente, pero para mí se sintió como un pestañeo. Cerré los ojos un segundo y, cuando los abrí, ya estaba frente a ella. No sabía qué decir. Las palabras se atoraban en mi garganta. Cristina, por fin, pareció notar mi presencia. El otro tipo había desaparecido durante mi trance. —¡Al fin llegas! —exclamó, alzando las manos y agitándolas frente a mi cara. —¿Cristina? —¡Nada de Cristina! ¡Llevo mucho tiempo esperándote! —¿Qué quieres decir? Nuestra cita era a las tres en punto. —¡Son las tres y media! «¿Las tres y media?» Revisé mi reloj, incrédulo. Ahí, burlándose de mí, parpadeaba el 3:33 p.m. Había perdido poco más de media hora. Hace un instante eran apenas las 2:50 p.m. —¡Eres un imbécil y ya no quiero saber nada más de ti! —volvió a gritar. La gente nos miraba, juzgándome. Yo, el alfa que había hecho llorar a una omega. —¿Qué? Cristina no dio más explicaciones. Se dio la vuelta y se fue, mientras yo le rogaba que se quedara. Las miradas me perforaban. Algunas eran de burla, otras de lástima. —¿Estás bien? —una chica rubia se me acercó, hablándome con suavidad. —Estoy bien —me levanté de un salto y salí corriendo hacia mi casa. Mis ojos ardían por las lágrimas contenidas. Me sentía tan cansado. «¿Quién era él?» Mi respiración entrecortada hacía que mi pecho se sintiera como plomo. Tomé el teléfono con manos temblorosas y llamé a la única persona en la que podía pensar. —Adán... —mi voz no salía, su nombre estaba atorado en mi garganta. —¿Mateo? ¿Qué ocurre? ¡¿Estás bien?! —Adán... —¡Deja de decir mi maldito nombre y contéstame! —¡Cristina me dejó! —¿No era hoy su aniversario? *Snif* —Ya voy para allá. Colgué el teléfono y lo arrojé contra la pared. Chocó con un ruido sordo y se desarmó en el piso. Me quedé mirándolo, como si fuese mi corazón hecho añicos. «Adán, siempre puedo contar contigo». Pensar en Adán me dio un atisbo de calma. Junto a él, siempre me sentía feliz, como si todos mis problemas desaparecieran por simplemente estar a mi lado. Me tambaleé hasta la vitrina donde mi padre guardaba el vodka, antes de coger una botella metí mi mano en el bolsillo, sacando la pequeña cajita donde aún se encontraba la sortija que pensaba darle a Cristina, no lo pensé mucho, quería tirarla tan lejos que jamás tuviese que volver a verla, la guarde en mi bolsillo una vez más, estiré mi mano y tomé la botella que estuviese más cerca. El alcohol quemó mi garganta, pero eso era justo lo que buscaba: ahogar el dolor. Vaso tras vaso, botella tras botella, el vodka pasaba como agua. —¿Por qué me dejó? ¿Qué hice mal? —susurré al aire. Agarré la botella y la arrojé con todas mis fuerzas contra la pared. Se hizo añicos. En medio de mi desesperación, un dulce aroma invadió mi nariz. Era suave, reconfortante... extrañamente adictivo. Me acerqué más, buscando su fuente. —¿Mateo? Reconocí esa voz al instante. La voz de Adán sonaba maravillosa diciendo mi nombre. —Adán... La temperatura de la habitación empezó a subir. Ese aroma se hacía más fuerte con cada segundo. Cuando volví en sí, era de mañana. Ese misterioso olor impregnaba toda mi habitación. Adán se había ido. Mi teléfono no tenía ningún mensaje, ni de él ni de Cristina. Me sentía pesado y, a la vez, extrañamente ligero. Ese olor... un omega en celo. Nunca había olido a Cristina así. Adán era un beta sin olor... «¿Será posible que Cristina viniera y arregláramos nuestros problemas?» Era una esperanza vana, pero me aferré a ella. Con ese pensamiento, me volvió a vencer el sueño. Desperté varias horas después. Un ruido en la cocina llamó mi atención. Intenté correr, pero me enredé en las sábanas y caí pesadamente al suelo. El sonido cesó. Al levantar la vista... Cristina estaba en la puerta de mi habitación, vistiendo solo su ropa interior y un delantal. —¿Estás bien? —su voz fue un susurro. En su cuello, las marcas de chupetones eran evidentes. —Yo... sí. ¿Qué haces aquí? —¿Cómo que qué hago aquí? ¡Ayer estuvimos juntos por primera vez! ¡¿Cómo puedes hacerme esto?! «¿Ayer? ¿Qué pasó ayer?» De acuerdo con Cristina ayer luego de nuestra pelea, ella se marchó y reflexionó, dijo que había estado estresada últimamente y por eso había arremetido contra mí, se sintió mal por sus palabras y vino a verme, y fue cuando su celo llegó inesperadamente, ella y yo lo hicimos y después me quede dormido. Debido al alcohol y al estado de intoxicación por feromonas era incapaz de recordar algo además del olor de un omega en celo en mi casa, el día anterior era muy borroso y confuso, apenas si lograba recordar algo de mi fallida cita, o el por qué había estado tan deseoso de ahogar mis penas en alcohol, pero si confiaba en las palabras de Cristina, habían discutido lo que lo había llevado a su estado actual.
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