Me fui a dormir deseando que todo fuese un sueño, al despertar la cruda realidad golpeó mi rostro como un martillo. Nada había sido un sueño, las marcas en mi cuerpo eran la evidencia.
Resaltando en mi piel impidiéndome olvidar lo que había pasado.
Me quedé recostado mirando el techo, pensando en todo y en nada a la vez.
Horas después, me desperté una vez más, ya era medio día, y las marcas seguían esparcidas por toda mi piel, al mover mi cabeza sentí una pequeña punzada en la parte trasera de mi cuello.
—No no no no, por favor que no sea eso, todo menos eso.
Caí de bruces contra el suelo, me levanté tan rápido como me fue posible y corrí al baño, mi pálido reflejo me devolvió la mirada.
*Uff*
No pude evitar soltar un suspiro de alivio al ver que mi cuello no tenía la marca.
*Toc toc*
Cerré la puerta del baño y abrí la llave de la ducha, los golpes en mi puerta pararon, tome una esponja y lave mi cuerpo hasta el último centímetro, afortunadamente era invierno y nadie cuestionó mi buzo de cuello de tortuga.
El olor de Mateo había desaparecido de mi piel, en unos días las marcas también lo harían y podría olvidarme de todo esto, fingir que todo fue solo un mal sueño, una alucinación provocada por el alcohol.
Los sonidos procedentes de la cocina me indicaban que había alguien ahí, muy probablemente mi madre.
El delicioso olor de la comida llegó a mi nariz, amaba tanto la comida de mi madre, siempre me hacía sentir cálido por dentro.
—Hola mami.
—Qué bueno que te levantas, ¿A qué hora llegaste?
—Hace unas horas, Mateo estaba muy mal.
—Pobrecito, pero nosotros le advertimos de esa arpía.
—Lo sé mami, pero él la amaba tanto.
—Hiciste bien en ir a consolarlo.
Mami solo beso mi frente y regreso a lo que estaba haciendo, papá ya había almorzado y salido de la casa, según me dijo mamá le habían llamado ver un nuevo proyecto.
Mi padre había salido esa tarde, era apenas una hora de viaje, pero no podía dejar pasar esa oportunidad.
Comí en silencio, sin querer llamar la atención de mi madre, la comida estaba deliciosa pero no podía obligarla a bajar por mi garganta, el simple hecho de tratar de tragar me quería hacer vomitar.
Mamá se fue y le di el resto a Titus, mi hermoso rottweiler, pasé el resto del día tratando de no pensar en Mateo, y lo que había pasado el día anterior.
Solo recibí un mensaje de él que decía que Cristina y él se habían reconciliado, y después de ese día empecé a ignorar y alejarme activamente de Mateo, no quería saber nada de él, y él a su vez no parecía querer hablar de lo que paso en su casa aquel día.
Ambos tratábamos de fingir que ese día jamás había pasado.
Traté de olvidarlo, pero después de casi dos meses de malestar estomacal, no tuve más opción que ir con un médico, estaba nervioso y mi mamá se ofreció a acompañarme. El doctor me mandó a hacer varios exámenes de sangre, no es normal que un beta como yo tenga esta clase de síntomas.
Recibí mis resultados con las manos temblorosas, temía el resultado, si no fuese un beta serían los síntomas claros de un embarazo, pero eso era imposible, además esa clase de síntomas en mí podrían indicar que algo anda muy mal. Los nervios y las dudas carcomían mi cerebro, abrí el sobre con los resultados, no entendía nada de lo que decía y con un suspiro de frustración lo volví a guardar en su sobre.
Afortunadamente ya había hecho cita con el médico que me estaba atendiendo, necesitaba sacar esas dudas de mi cabeza lo más pronto posible. Esta vez mi madre no pudo acompañarme, al entrar en su consultorio toda estaba en silencio y él estaba sentado frente a una computadora, le entregué el sobre y después de unos minutos de leer su contenido con atención dijo.
—Felicidades joven, esta embarazado.
«¿Qué?»
—¿Cómo es posible? —tenía que ser un error, era imposible que estuviese embarazado, por Dios, solo tenía dieciocho.
—Bueno, cuando dos jóvenes mantienen rela... —ese jodido estúpido, no le pregunté el como se hacen los bebés, eso ya lo sé.
—No es a eso a lo que me refería, ¿cómo puedo estar embarazado si soy un beta no un omega?
—Joven, usted siempre ha sido un omega, un omega recesivo para ser más exactos —esto se está poniendo cada vez más extraño.
—¡¿Qué quiere decir con eso?! —mi voz sonaba extraña, parecía histérica, nada parecía tener sentido, era como si el mundo estuviese de cabeza y él era el único que no parecía entender el por qué.
El doctor soltó un largo suspiro, de esos que indicaban que lo que tenía que decir era difícil de explicar he imposible de creer, como si ya estuviese anticipando mi respuesta.
—La categorización beta como tal no existe —y una nueva bomba acababa de ser disparada hacia mí.
—¿Qué quiere decir? —susurre mirando a mi alrededor.
—Los betas —empezó a hablar con lentitud —son alfas u omegas recesivos que por A o B motivo no han alcanzado la madurez, biológicamente no deberían existir los betas. Desde que nacen los órganos internos están presentes, la matriz los ovarios, todo esta ahí desde que el bebé nace, pero es solo hasta la pubertad si se saben que estos han madurado correctamente, en los llamados betas que proceden de omegas recesivos masculinos los órganos están ahí como si fuesen órganos vestigiales.
—Entonces, ¿por qué existe esa categoría?
—Los betas representan el 80% de la población, ¿cómo cree que reaccionarían al saber que la mayoría no deberían existir o están enfermos?
—Habría pánico.
—Lo hace, en este momento se lo cuento porque de algún modo ha logrado conseguir la madurez y ha quedado embarazado —de nuevo esa frase, ¿qué voy a hacer yo con un bebé? ¿Y qué hay de Mateo?
Después de oír esas palabras no pude concentrarme en nada más, embarazado, esa palabra seguía rondando mi cabeza, no sabía que era más sorprendente, que estuviese embarazado o que fuese en realidad un omega. Cuando llegue a casa, mis padres me estaban esperando preocupados.
—¿Qué te dijo el doctor? —preguntó mi madre impaciente.
—Mamá, papá tenemos que hablar —ambos se callaron, pero la mirada de preocupación en sus ojos era evidente, no quería decírselos, pero no tenía más opción. —Mamá, papá, estoy embarazado.
—¿Qué? —la sincronía de mis padres era asombrosa.
—El médico dijo que soy un raro caso de omega recesivo y yo...
—Cariño, ¿Cómo pasó?
—¡Es obvio como pasó! —el gritó de mi padre me hizo temblar, él normalmente era un hombre tranquilo que casi nunca se enojaba.
—Papá yo...
—¿Al menos sabes quién es el otro padre?
Dude por un segundo y entonces dijo —No —mi respuesta los hizo callar, la mirada de decepción en sus ojos me partía el alma.
—¿Qué quieres hacer? —la voz de mi mamá era baja, casi un susurro, si toda la habitación no estuviese en silencio seguramente no la hubiese escuchado.
—Quiero tenerlo, es mi bebé —Y de Mateo, completé en mi mente.
—Cariño, esta es una decisión muy importante.
—Tu madre tiene razón, pero siempre nos tendrás a nosotros para apoyarte.
No puede expresar mi agradecimiento con palabras así que solo los abrace con fuerzas mientras lloraban en sus hombros, la realidad finalmente me había golpeado, iba a tener un hijo, un hijo de mi mejor amigo con quien no había hablado en meses después de ese incidente. ¿Cómo le iba a decir que va a ser papá? ¿Cómo se lo iba a tomar?
Habíamos estado haciendo como que ese día jamás paso, y había guardado la sortija en un pequeño cajón secreto que mi abuela me había regalo hace tiempo