2. HEMOS FRACASADO

1369 Words
Capítulo dos: Hemos fracasado Layla se sentía como si estuviera hablando debajo del agua. Se imaginaba que era el alcohol lo que hacía que se sintiera tan aturdida. Desde el momento en que entró en el despacho con los papeles en la mano, todo le parecía un poco irreal. Después de una hora todavía con la esperanza de que su marido apareciese, dejó de esperarlo. Y, cuando por fin él apareció, casi a medianoche, llevaba una mancha de labial rojo pasión en el cuello de la camisa. En ese momento agradeció haber bebido tanto, puesto que sin la ayuda del alcohol, el impacto de ese golpe podría haber sido fatal, pese a que estaba en el despacho de su marido pidiendo el divorcio. Sabía que su matrimonio estaba roto de forma irrevocable. Said había querido una cosa de ella, solo una cosa y había fracasado de manera estrepitosa en esa tarea. La farsa había terminado y ya no tenía sentido seguir. Sin embargo, no se había esperado aquello, la prueba de que su helado, responsable, solícito y nunca apasionado marido había estado con otra mujer. Said de fiesta... por placer. «¿De verdad creías que iba a quedarse esperando cuando te niegas a meterlo en tu cama?», se reprendió mentalmente. Su monólogo interior era áspero esa noche. Aquello era también innegable. Said era frío, pero había creído que, al menos, era un hombre de palabra. Había estado dispuesta a liberarlo de ella, a liberarlos a los dos. No se le había ocurrido que disfrutase como un hombre soltero mientras todavía seguían casados. «Como si tu matrimonio fuese de verdad», le reprendió su subconsciente. «Como si esas promesas tuviesen algún valor». —¿Quieres el divorcio? —el tono cortante penetró en sus pensamientos y la devolvió al presente. —Ya me has oído. —No lo entiendo —especuló Said, sus ojos oscuros brillaban con una emoción que nunca había visto antes. —Tú no eres tonto —replicó ella, el alcohol le daba valor—. Creo que sabes muy bien lo que significa la palabra «divorcio». —No entiendo lo que significa viniendo de tus labios. Eres mi mujer y me hiciste promesas. ¡Tenemos un acuerdo! —Y el acuerdo no es amar, honrar y cuidar —Layla expuso lo que ambos ya sabían—, sino presentar un frente unido ante el país y tener hijos, pero no he sido capaz de concebir un hijo, como tú sabes muy bien —la voz se le habría roto... de no estar ebria como una cuba—. Hemos fracasado, Said. No he cumplido mi parte del trato. ¿Por qué seguir adelante? No somos felices. —¿Desde cuándo te importa ser feliz, Layla? El corazón de la mujer se encogió como si él lo hubiese apretado entre sus fuertes manos. —Algunas personas dirían que la felicidad es importante en la vida. —Esas personas no son el rey y la reina de un país. No tienes derecho a dejarme —le advirtió él, con un brillo airado en los ojos. Y, de repente, fue como si las llamas de esos ojos inflamasen el alcohol en su sangre. Entonces Layla explotó. El sonido del cristal al estrellarse contra el mármol resonó en toda la habitación. Tomó el vaso de whisky y lo lanzó con todas sus fuerzas contra la pared, a unos centímetros de Said, que se apartó con expresión fiera. —¿Qué demonios estás haciendo? No lo sabía. Nunca había hecho algo así en toda su vida. Despreciaba ese tipo de comportamiento emocional, apasionado y ridículo. Ella valoraba el control. Esa era una de las muchas razones por las que había aceptado casarse con Said, para evitar momentos como aquel. Lo respetaba y, una vez, incluso había disfrutado de su compañía. Su relación había estado basada en el respeto mutuo, pero también en su necesidad de encontrar una esposa con rapidez. Las discusiones, los gritos, tirar cosas… eso jamás había formado parte de su relación. No obstante, Layla ya no podía controlarse. —¡Vaya! —rio, fingiendo sorpresa—, te has dado cuenta de que estoy aquí. Antes de que pudiera reaccionar, Said cruzó la habitación en dos zancadas y la empujó hasta que su trasero chocó contra el escritorio. Irradiaba ira; su rostro, que normalmente parecía esculpido en piedra, mostraba más emoción de la que ella había visto en los últimos cuatro años. —Tienes toda mi atención. Si ese era el objetivo de esta pataleta, lo has conseguido. —No es una pataleta —se defendió ella, con la voz vibrando de rabia—. He ido a ver a un abogado. Esos documentos son auténticos, no amenazo en vano, Said. Es la decisión que he tomado. Said le levantó la barbilla con un dedo, obligándola a mirarlo a los ojos. —No sabía que tuvieras autoridad para tomar decisiones que nos conciernen a los dos. —Eso es lo bueno del divorcio —ella volvió a reír, pero esta vez con prepotencia y un poco de descaro también—, que puedo tomar decisiones por mi cuenta. Said agarró su pelo y tiró hacia atrás de su cabeza. —Perdone, Majestad, no sabía que su puesto en este país estuviese por encima del mío. Nunca le había hablado de ese modo, nunca la había tocado así. Debería enfadarse, encolerizarse, pero lo que experimentaba era una emoción bien diferente. Al principio, la promesa de esa pasión había brillado entre ellos, sin embargo, había ido enfriándose con el paso de los años. Tuviese el potencial que tuviese, la pasión se había apagado del todo tras cuatro años de indiferencia. —No sabía que te hubieras convertido en un dictador —repuso ella. —¿No estoy en mi casa? ¿No eres mi esposa? —¿Lo soy? ¿En algún sentido importante? —Layla levantó una mano para rozar la mancha de carmín rojo con el pulgar—. Esto dice otra cosa por completo diferente —exclamó, dando un tirón que hizo saltar un botón del cuello de la camisa. Said esbozó una sonrisa mientras volvía a tirar de su pelo. —¿Eso es lo que piensas de mí? —la provocó—. ¿Crees que he estado con otra mujer? —Esto —señaló la mancha en la tela— demuestra que sus labios han tocado tu camisa. Me imagino que también habrán tocado otras partes de tu cuerpo. —¿Crees que soy un hombre que rompe sus promesas matrimoniales? —insistió él con voz ronca. —¿Cómo voy a saberlo? Ni siquiera te conozco. —¿No me conoces? —el tono de Said era suave y más letal por ello—. Soy tu marido. —¿Lo eres? Perdóname, pensé que solo eras mi semental. Said soltó entonces su pelo para envolver un brazo en su cintura y apretarla contra su cuerpo. Estaba duro y ardiente por todas partes. Notar eso hizo que los latidos de su corazón se acelerasen. Estaba excitado... por ella. Su circunspecto marido, que apenas arrugaba las sábanas cuando hacían el amor, estaba excitado en medio de una pelea. —¿Y cómo puede ser eso, agape, cuando no me has dejado acercarme en casi tres meses? —¿Era yo quien no te dejaba acercarte o tú quien no se ha molestado en acercarse a mí? —Un hombre se cansa de acostarse con una mártir. —Una mujer siente lo mismo —replicó Layla, agarrándose a su ira para que el deseo no se apoderase de ella, ahogándola, robándole el control. Said empujó las caderas hacia delante, apretando el m*****o duro contra su vientre. —¿Te parezco un mártir ahora mismo, querida? —la voz se le volvió ronca de pronto. —Siempre he creído que es el brillante futuro de Ras al-Jaima lo que te anima cuando te acuestas conmigo —repuso ella. Said, airado, tiró del vestido. Layla oyó que la tela se rasgaba y notó el aire fresco en su piel desnuda. —Sí —respondió con tono venenoso—. Soy así de estirado. Y entonces, la besó.
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