3. RABIA Y DESEO

2209 Words
Capítulo tres: Rabia y Deseo —Es evidente que ver tu cuerpo desnudo no me excita nada —Said mintió con descaro al mismo tiempo que tiraba hacia abajo del vestido, dejando las generosas cimas del busto de su esposa a la intemperie, cubiertas solo por un sujetador de encaje casi transparente—. Es insoportable para mí. Se inclinó hacia delante para besarle el cuello con la boca abierta, el contacto fue tan sorprendente, tan diferente a todo lo que había habido entre ellos hasta entonces, que Layla no pudo controlar un grito de sorpresa y también de placer. —¿Con quién más has hecho esto esta noche, Said? —le preguntó ella, intentando empujarlo—. ¿Con la mujer del labial rojo? ¿Acaso voy a beneficiarme de lo que ella te ha enseñado? Said no dijo nada. Simplemente se limitó a mirarla con esos ojos negros, tan oscuros y tan brillantes a la vez. Abrumada de dolor y rabia, Layla tiró del nudo de su corbata hasta que consiguió quitársela. Luego agarró la pechera de la camisa, abriéndola de un tirón, haciendo que los botones saltaran por el suelo de mármol. Después se detuvo, respirando con dificultad y con el corazón latiendo frenético. El jeque Said Ali ben Qayd era tan hermoso… Siempre lo había sido. Se había sentido atraída por él desde el primer momento. Entonces era tan joven, tan ingenua… A los diecinueve años, lejos de casa por primera vez, había quedado encandilada por su nuevo jefe. Por supuesto, jamás se hubiera imaginado que una joven estadounidense que había ido a Ras al-Jaima en un programa de estudios tendría alguna oportunidad con el rey de ese país. Curiosamente, en ese momento le parecía más fascinante que nunca. Se había acostado con aquel hombre durante cuatro años. Lo había visto desnudo innumerables veces. El misterio debería haber desaparecido. Sabía que no incendiaban las sábanas, pues nunca había sido así. Era culpa suya, al menos eso había creído siempre. Said era su único amante, de modo que no podía compararlo con nadie. Al parecer Said buscaba mujeres que se pintaban los labios de rojo y con ellas las cosas eran diferentes. Él era diferente. La rabia se mezclaba con el deseo que se amotinaba en su interior. Pasó las manos por el torso masculino, con el calor de su piel quemándola. Debería sentirse asqueada. No debería querer tocarlo, pero lo deseaba tanto… Si había estado con otra mujer, la borraría de su mente. La borraría de su cuerpo con el suyo. Haría lo que no había conseguido hacer en esos cuatro años de matrimonio: que Said la deseara. Y entonces... lo dejaría. Se inclinó hacia delante para rozarle el mentón con los dientes y él emitió un gruñido mientras tiraba hacia abajo del vestido, dejando que cayera al suelo. Layla no lo reconocía en ese preciso momento, no se reconocía a sí misma. —¿Has estado con otra mujer? —formuló la pregunta con los dientes apretados en tanto le desabrochaba la hebilla del cinturón. Said se inclinó hacia delante, buscando su boca en un beso violento, duro e hiriente. La obligó a abrir los labios con la lengua, deslizándose en su boca de manera profunda e implacable. La pregunta sin respuesta hervía entre ellos, atizando la llama del deseo. Said tiró hacia abajo del sujetador para descubrir sus pechos e inclinó la cabeza para tomar un erecto pez0n con los labios y tirar con fuerza. Layla gimió, enredando los dedos en su pelo, sujetándolo contra ella. Quería castigarlo por esa noche, por los últimos cuatro años. No sabía qué hacer más que castigarlo con el deseo que llevaba tanto tiempo ocultando. Hasta esa noche nunca se habían levantado la voz y, sin embargo, Said se mostraba más apasionado que nunca. Tal vez a él le pasaba lo mismo. Aquello era un castigo, pero uno al que Layla se sometería con gusto. Porque ella saldría de aquello dolida y destruida, pero él tampoco saldría ileso del encuentro. Said deslizó la lengua entre la unión de sus pech0s, dejando un rastro abrasador, antes de reclamar su boca por fin. Metió una mano entre ellos para liberar su masculinidad, ardiente y dura como nunca. Layla puso las manos sobre sus hombros y deslizó hacia atrás la camisa, rozándolo con las uñas, disfrutando del gruñido que él emitió como respuesta. Entonces, de repente, él la sentó sobre el escritorio para colocarse entre sus muslos abiertos y empujó su m*****o contra la húmeda y sensible carne, aún oculta por las bragas, enviando una oleada de placer por todo su cuerpo. —Respóndeme —insistió ella, clavando las uñas en sus hombros,sin importarle si marcaba o no la piel. Said apartó a un lado sus bragas para rozar el escondido y sensible c*****o con las puntas de los dedos. —¿Quieres saber si he hecho esto con otra mujer? —su tono era ronco, jadeante, mientras empujaba el glande hacia su entrada. —Responde a mi pregunta, Said —insistió ella, casi sin despegar los labios. —Creo que eso no cambiaría nada, Layla. La reina notó que le ardía la cara de vergüenza. Su esposo tenía razón. En aquel momento no podría decir que no. —¿Por eso no me lo dices? —inquirió—. ¿Por miedo a que me aparte? —Estoy acostumbrado a que te apartes, Layla. ¿Por qué voy a perder el tiempo lamentándolo? Ella deslizó las manos por su ancha espalda y apretó sus mejillas traseras. —Lamentarás esto —murmuró, empujando las caderas hacia delante para sentir el roce de su maravilloso falo—. Lamentarás perder esto. —No —la corrigió él—. No lo haré, agape. Y a Layla se le encogió el corazón. Por un momento pensó que quería decir que no lamentaría perderla. Que, de nuevo, solo ella estaba experimentando una emoción diferente. —No he tocado a ninguna otra mujer, Layla, lo prometo. Ella me hizo proposiciones… me susurró al oído y yo le dije que no. La besó antes de hundirse en su cuerpo y, cuando ella dejó escapar un gemido, aprovechó para besarla con pasión a la vez que empujaba las caderas hacia delante, apartándose con ligereza antes de enterrarse del todo en su interior. Un gemido ronco escapó de sus labios, el placer fue como una descarga eléctrica por todo su cuerpo. Layla envolvió las piernas en su cintura, animándolo, urgiéndolo a ir más deprisa. No tenía paciencia. No quería hacer un esfuerzo para controlarse. No había nada más que él, nada más que aquello. Nada más que cuatro años de rabia y frustración quedando al descubierto a medida que se libraban de las inhibiciones. Notó las sacudidas del cuerpo de Said, el placer robándole el control... y le gustó. Se sintió orgullosa, pero no era suficiente. Quería darle placer, desde luego. Quería que pensara en aquello más tarde, que lamentase los años que habían desperdiciado. Que recordase ese momento y le doliese para siempre, durante el resto de su vida. Daba igual que el volviera a casarse, que otra mujer le diese hijos o no. Quería que pensars en ella para siempre. Sin embargo, el placer no era suficiente. También quería castigarlo y por ello le clavó las uñas en los hombros antes de inclinar la cabeza para morderlo en el cuello con todas sus fuerzas. Said empujó las caderas hacia delante para rozar el sensible c*****o y Layla supo que estaba intentando hacer lo mismo que ella. Como si se mereciese su ira. Como si ella se mereciese aquel placer airado. Él era el responsable del fracaso de su matrimonio, aquello era culpa suya. Recibía cada embestida sin echarse atrás, respondía a cada gemido con uno suyo. Había sido pasiva durante demasiado tiempo. La esposa perfecta que nunca era suficiente. Entonces, ¿para qué molestarse? ¿Por qué no romper el hilo invisible del todo? Cerró los ojos, besándolo con toda la rabia, el deseo y el pesar que tenía dentro, el gesto los empujaba a los dos al precipicio. Había pasado tanto tiempo… No solo desde la última vez que había estado con él, sino desde que había encontrado placer entre sus brazos. Tantos meses acostándose juntos cuando estaba en el periodo óptimo del ciclo; encuentros superficiales que no significaban nada y que no sabían a nada. Aquella noche era diferente. Había tenido orgasmos antes, pero nada parecido a aquello. Nada tan apasionado, ni tan devastador. Era una experiencia por completo diferente. Estaba cayendo en la oscuridad sin saber cuándo llegaría al fondo. Lo único que sabía era que llegaría y sería más doloroso que nunca, pero, por el momento, solo estaba cayendo, con él. Su última vez. La última vez que estarían juntos. Le daban ganas de llorar. Aquel era el final para ellos. El último clavo en el ataúd de su matrimonio. Lo necesitaba con desesperación y al mismo tiempo, le dolía. Quería transportarse a sí misma al futuro, a un momento en el que ya estaría curada de las heridas que quedarían cuando se separasen por fin. Un momento en el que hubiese aprendido a ser solo Layla otra vez, y no Layla Ali ben Qayd, la reina de Ras al-Jaima, la esposa del rey Said Ali ben Qayd. Solo Layla. Sin embargo, le gustaría que aquel momento durase para siempre. Querría agarrarse a él y no soltarlo nunca. Y por eso tenía que apartarse. Necesitaba apartarse. El placer se alargó, el empuje de las olas no parecía cesar y Layla no encontraba aliento. No podía pensar. No era justo. ¿Por qué tenía que pasar aquello precisamente cuando había decidido pedir el divorcio? Siempre había creído que aquello estaba a su alcance, que podía ser liberado de algún modo, pero nunca habían encontrado la forma de hacerlo. Hasta ese momento. Ese último momento. Por fin, la tormenta cesó, dejándolos saciados, agotados. Layla estaba exhausta, no le quedaba nada que dar. Ni rabia, ni deseo. Solo una tristeza infinita por aquello en lo que se había convertido su vida. Miró al hombre que la abrazaba, el hombre que seguía dentro de ella. El hombre al que había hecho promesas matrimoniales. Un hombre que seguía siendo un extraño cuatro años después de hacer el amor con él por primera vez. —Te odio —le espetó, con un tono destemplado que la sorprendió hasta a ella misma. Una lágrima se deslizó por su mejilla y no se molestó en apartarla—. Por cada uno de los cuatro años que has desaprovechado, te odio. Por ser mi marido, pero no haberlo sido nunca de verdad. Por no haberme dado un hijo. Y... por hacer que te desee… Said se apartó, mirándola con expresión seria. —A ver si lo adivino —intervino él—, también me odias por eso. —Así es, pero lo bueno es que después de hoy no tendremos que volver a vernos. —No lo creo, agape —objetó el jeque—. Creo que tendremos que volver a vernos muchas veces. Nuestro divorcio será muy complicado. Habrá que lidiar con los medios, con el público… habrá muchos días en los tribunales… —Firmamos un acuerdo prematrimonial y recuerdo bien los términos —lo interrumpió ella—. No recibiré nada y me parece bien. Ya he recibido más que suficiente de ti. Said no apartó la mirada en tanto se inclinaba para vestirse a toda prisa. Ya estaba, todo había terminado. La rubia se dirigió a la puerta con las piernas temblorosas, moviéndose como empujada por las olas. —Layla —la llamo él con tono seco—. Quiero que sepas que yo no te odio. —¿Ah, no? —cuando la mujer se volvió para mirarlo, se encontró con el rostro impenetrable de una estatua. Él negó con la cabeza, despacio, sin dejar de mirarla a los ojos. —No, lo que siento… —Said hizo una pausa—. No siento nada. Layla sintió como si la hubiese apuñalado en el corazón. La angustia reemplazó al placer, a la satisfacción que había experimentado unos minutos antes. «No sentía nada». «Nada» Incluso en aquel momento, no sentía nada. Tuvo que aferrarse a la rabia para no derrumbarse. —Acabas de hacerme el amor sobre un escritorio, en tu despacho —le recordó—. Deberías sentir algo. Se hacía la valiente, puesto que era eso o ponerse a llorar. La expresión de Said seguía siendo impasible. —No eres la primera mujer a la que hago mía en este despacho. Layla tragó saliva, parpadeando para controlar las lágrimas. Si le hubiese gritado, si hubiese dicho que él también la odiaba, se habría preguntado si estaba haciendo lo correcto. No obstante, esos ojos negros, sin alma, no mentían. Su esposo eo sentía nada. Le era indiferente incluso en ese momento. Había oído decir que el odio era mortal, pero ella sabía que no era así. Era la indiferencia lo que mataba y Said la había dejado herida de muerte. —Le deseo suerte en su búsqueda de una nueva esposa, Majestad —le espetó, para luego salir de su despacho... y de su vida.
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