En cuanto salimos del consultorio, Sebastian no tarda en atacar mis labios con tinte de molestia o frustración, poso mis manos en sus pectorales para apartarle y tomar aliento porque me está comiendo la boca; no me molesta, pero hay algo más en sus intenciones. ─¿Te sucede algo? ─Susurro─. Puedo sentirlo. Su mirada se clava en mí. ─No me gustó eso ─dice confundiéndome. Mi rostro se arruga del desconcierto. ─¿Qué no te gustó? ¿El que vayamos a tener una bebé? ─Me aparto cruzándome de brazos para arquear mi ceja filosa. ─Amo el que tengamos a una fierecilla ─dice con una sonrisa ladeada─. Odio que el maldito de Airen haya arruinado nuestro momento, llamando a ¡Mi esposa! ─Suelta notablemente enfurecido y lleno de celos. Niego con la cabeza riéndome. ─¿Es por eso? No es nada,

