Iba en un taxi hacia la comandancia, cuando vi a Monteza. Desorbité mis ojos y ordené al piloto detener el auto. Le pagué y salí corriendo hacia él. Estaba en camiseta guinda, un buzo n***o y leía los diarios en un puesto de venta, con las manos en los bolsillos, el pelo desordenado, las zapatillas desamarradas y bostezando. Fue tal mi apuro que, incluso, al tratar de cruzar la avenida, casi me arrolla un carro. Chirrió sus llantas y paró en seco. -¡Fíjese en lo que hace!-, me gritó furioso el chofer, mostrándome los puños. No le hice caso. Monteza había volteado a ver lo que había ocurrido y me miró. Estiró su sonrisa, viéndome llegar corriendo hacia él, dando brincos, sacudiendo mi pelo al que había hecho una enorme cola. -¡Fernanda! qué sorpresa para agradable-, me dijo divertido. Qu

