Tenía muchas ganas de pasarla bien, disfrutar de momentos de pasión, mientras decidía aceptar o no la oferta de Garrido. Lo llamé a Manolo y le dije para encontrarnos y relajarnos. Los dos estábamos libres esa tarde. -Yo soy siempre materia dispuesta-, me dijo divertido. Nos juntamos en un parque cercano a la comisaría y después de tomarnos un lonchecito, con café y tamales, fuimos a una hostal que estaba a unos pasos. Yo subí las escaleras riéndome y dando brincos. Manolo se divirtió. -¡No podrás escapar! ¡Ríndete!-, me dijo. El recepcionista se molestó. -¡¡Ssshittt!!, hay otros huéspedes-, nos reclamó. Entré al baño y me encerré, riéndome, sintiendo que el fuego me invadía mis entrañas, igual a un lanzallamas. Apreté mis dientes y me saqué la blusa y el jean. Había venido preparada.

