Molinari me esperaba, en efecto, en el parque. Sus ojos brillaron cuando me vio aparecer. Yo me había puesto una camiseta naranja, sin mangas, un jean apretado y zapatillas rosadas. Llevaba mi pelo amarrado en cola. Sonreí. -Tiempo sin verte-, le dije. Él me besó en la mejilla, pero se hizo obvio que no quería hablar nada de nada conmigo. Su boca fue, luego, al instante, a la mía y empezó a besarme con desenfreno. Sus manos, a su vez, tomaron mis caderas, disfrutando de sus formas sensuales con embeleso. Estaba demasiado febril. -No me digas que te ascendieron-, le dije, sintiéndolo tan efusivo. Él siguió besándome. -No, no me han encendido, sino que estás muy hermosa-, fue lo que me dijo, sumido en la emoción de saborear mis labios. Fuimos a un motel besándonos con locura y él me lanz

