-Así es que cambiaste de oficina y no me avisaste-, se molestó y mucho, Andrea. -No hubo tiempo de avisarte-, me sentí azorada. Sin embargo, escuchar mi voz, creo, tranquilizó a Andrea. Imagino, también, que empezó a sentir su corazón rebotando frenético en su pecho. -Te he extrañado y mucho-, susurró ella a través del móvil. Mordí un labio. No supe qué decirle. Ella continuó hablando, otra vez, en forma distendida, jovial y riendo a cada rato. -Ahora me dicen la picaflor-, me contó soltando una risotada enigmática. -¿Y por qué te dicen así?-, le seguí el juego moviendo un tobillo. -Porque quiero chuparte toda, je je je je-, me dijo. Me puse roja como un tomate. -Ay Andrea, qué cosas dices-, me molesté. -¿Sabes que en el colegio te decían helado?-, me desafió. Yo imaginé porque

