Capítulo 3: La petición de Katherine

1523 Words
Horas más tarde, Katherine hace caminar a los guardaespaldas por los terrenos de los McFair, dejándolos sorprendidos porque aquella muchacha camina a diario varios kilómetros solo para alimentar a su padre, ya que en la mansión no le corresponde comida. O al menos eso es lo que dice Gilbert. Al llegar, abraza a Peter y se sienta con su padre en un lugar alejado de la casa y él le pregunta. —¿Hoy no comerás conmigo, avecilla? —Ya comí en la casa, papi, tenía hambre y no me aguanté, lo siento —los guardaespaldas se miran entre sí, pero no dicen nada, aunque uno de ellos le envía rápidamente un mensaje a Erick. —No te culpo, el estofado huele de maravilla. Ella sonríe y espera a que su padre termine de comer. Cuando lo hace, caminan juntos hasta el jardín trasero de la casa, él se queda allí para seguir con su trabajo y ella se despide antes de ir a la cocina de la mansión, seguida de sus «matones». Uno de ellos, el más amable, le pregunta curioso. —Señorita, ¿por qué le mintió a su padre? Usted no ha comido. —Lo que les diré es confidencial, si se lo dicen al señor McFair o a mi padre, les daré con el sartén de hierro fundido —ellos asienten y ella suspira—. Las porciones están justas, esta que queda es para el señor. —Señorita… —intenta decirle él, pero ella lo detiene. —No importa, dudo que el señor extrañe un par de nabos y unas hojas de lechuga de su campo. Yo sé que mi comida no solo no le hará daño, sino que le encantará, y necesito ganar. Se encoge de hombros y entra a la casa, dejando a los hombres con más interrogantes, porque no comprenden que quiera tanto aquello que le pedirá a Erick. Sin embargo, al entrar a la cocina, el mayordomo se acerca a ella con expresión molesta y le dice. —Los hijos de la servidumbre no pueden entrar a la casa. —Más respeto con ella, Gilbert —se adelanta uno de los hombres—. Es importante para el jefe, déjala tranquila. —No se preocupe, señor —dice con calma Katherine—. Las reglas que no se aplican para todos, a mí no me interesan. Todos saben que Salma se mueve por la casa como se le da la gana. —No le permito… —intenta decirle el mayordomo, pero ella se para frente a él y le susurra. —Yo no le permito a usted que me humille ni mucho menos que vuelva a acusar a mi padre sin saber. Su hija se robó ese anillo y se le cayó al suelo cuando chocó conmigo. —¡Eso es mentira! ¡Salma jamás haría algo así! —Grítalo más fuerte, tal vez te lo creas —ella intenta pasar, pero el hombre no la deja. Sin embargo, los hombres apartan al hombre y el más serio le dice. —Es mejor que la dejes tranquila, al señor no le gustará saber que la tratas mal. La escoltan hasta el despacho de Erick dejando al hombre con los puños apretados de la impotencia. Llegan al pasillo en donde está el despacho y ella llama a la puerta con timidez, la voz del hombre le indica que pase, abre la puerta y con la comida pegada a su cuerpo se acerca lentamente al escritorio. Él se la queda viendo unos segundos y despeja un espacio en el escritorio, lo que aprovecha Katherine para acercarse más rápido y le entrega el contenedor. —Espero que la disfrute, señor. —Erick —la corrige con voz amenazante, pero ella niega. —Señor Erick —él rueda los ojos, saca la comida y toma uno de los cubiertos sin brillo entre sus manos. Cuando quita la tapa del contenedor el olor del estofado lo ataca y su estómago ruge. Se lleva la primera cucharada, cierra los ojos y Katherine se da la vuelta para marcharse. —Supongo que mañana me enteraré si llegó al hospital o no por culpa de mi comida. —Espera, ¿no te quedarás a comer conmigo? No me gusta comer solo. —Lo siento, pero debo ir a casa para prepararme, resulta que me caso en seis días y debo arreglar el vestido de novia de mi madre. Solo Dios sabe si me quedará. —Katherine, no es necesario, puedo ordenar que un diseñador… —No, señor, gracias. No quiero que gaste ni un peso en mí, no tiene responsabilidad sobre mi persona, con permiso. Katherine se va, dejándolo con sus pensamientos y aquel estofado que está de maravilla. Pero lo que más lo deja pensativo es la razón por qué aquella muchacha prefirió quedarse sin comer con tal de tener la oportunidad de pedirle algo a cambio de ganar esa apuesta. Tal como lo advirtió, pasa por el campo de los McFair y recoge algunos nabos, lechugas y un par de tomates. Los hombres la ayudan con las cosas sin decir nada, aquella muchacha les parece de otro mundo y su carácter se les hace digno de respetar, aunque no pierde esa inocencia de la edad. Al salir del terreno, se encuentra con un anciano que le sonríe, se acerca a ella y de la nada le regala dos huevos, lamentándose que su gallina no pusiera más. En el camino ella les cuenta que son amigos desde que lo salvó de morir ahogado. Al llegar a casa, Vilma la está esperando molesta y se acerca a ella amenazante, pero los hombres se aclaran la garganta y se detiene a medio camino, porque sabe que no la puede tocar. —¿Por qué te tardaste tanto? Melina tiene hambre, deberías empezar con la cena. —Melina tiene hambre porque le quitaste la mitad de su comida, estás tan gorda que tu cuerpo no resiste que tu pequeña hija se tarde en comer, porque se lo quitas todo. —¡No me hables así, maldita mugrosa! —¡Dulcifícame la voz, bruja amargada! Te recuerdo que soy la prometida de Erick McFair, seré su esposa y me haré de su fortuna… podría aplastarte como a un insecto si quisiera —los hombres se ríen porque aquella chiquilla no es para nada así. —¡No me amenaces o me llevaré a Melina! —Será mejor que tú no me amenaces a mí, porque si se te ocurre poner un pie fuera de esta casa con mi hermana, no tienes idea de lo que te pasará. Ahora si tanto te preocupa, prepárale un sándwich, aunque lo más probable es que seas tú quien se muere de hambre y quieres que te atienda, pero no más, Vilma. ¡No más! Katherine comienza a prepararse su comida e ignora a Vilma por completo. La mujer se va molesta porque aquella chiquilla la desespera, aunque de todas maneras se frota las manos al saber que se casará con el señor McFair y a ella le tocará una parte de eso. —Tal vez haga que Peter le pida llevarnos a la mansión… incluso podría ser dueña y señora del lugar —dice con los ojos llenos de avaricia. Las horas se pasan, Peter llega y Katherine se deshace en atender a su padre. Vilma no deja de decirle a Peter que debería buscarle un mejor vestido de novia a Katherine, pero la chica la manda a callar. Están terminando, Melina le pide más y Katherine se levanta para hacerlo, sin embargo, todos se quedan quieto cuando la puerta se abre repentinamente. Todos vuelven la mirada y ven a Erick entrar con el contenedor en la mano. —Buenas noches, quería saber si… —Katherine frunce el ceño, porque no parece un hombre imponente, más bien un muchacho cohibido—, si hay más de ese delicioso estofado. —Pues no —le responde Katherine queriendo reírse—. Solo tengo arroz con huevo frito y tomate. —Me gusta —Erick se sienta a la mesa y ella solo frunce el ceño. Le sirve a su hermana y la porción que era para Vilma, se la sirve a Erick. Lo ven comer rápido y en silencio, sacando trozos de pan horneado en casa y saboreando todo lo que se lleva a la boca. —Señor McFair, ¿ha venido solo a comernos la cena o tiene algo más que hacer aquí? —él se detiene ante la pregunta de Katherine y asiente. —Sí, vine a preguntarte qué es eso que quieres. Después de todo, no me mandaste al hospital. —¿No podía esperar a mañana? —No, no podría dormir —deja los cubiertos a un lado y la mira con intensidad, volviendo a ser ese hombre de siempre—. Dime, Katherine, ¿qué eso que quieres pedirme? Vilma sonríe, pensando que será dinero o alguna joya costosa, de la que ella podría hacerse para vivir mejor, pero la respuesta de la chica los deja a todos sorprendidos. —Quiero que me deje estudiar.
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