Se ha llegado el día de la boda y Katherine se mira al espejo. No fue mucho lo que tuvo que hacerle al vestido que fue de su madre. Sonríe porque es mejor que llorar y también porque al menos algo que le preocupaba quedó en el pasado.
Erick se mostró sorprendido por la petición que le hizo, él estaba preparado para dinero, una casa para su familia, un mejor trabajo para su padre o quién sabe qué otras cosas de ese tipo, pero no. Ella quería seguir estudiando para valerse por sí misma en el futuro, aunque en lo que no cedió fue en dejar que su padre se hiciera cargo de su educación, alegando que eso ya era otra cosa y él solo prometió darle una. Y la integridad de Katherine no tuvo más remedio que aceptar.
Los suaves toques en la puerta la distraen de sus pensamientos y se acerca para abrir. Tras ella aparece su padre con un sencillo traje, al verla sus ojos se llenan de lágrimas que no escapan solo para no arruinar el momento. Sin embargo, su propio reproche sale en forma de súplica.
—Perdóname, hija, por no haberte protegido. Siento que te estoy vendiendo para no ir a la cárcel por algo que ninguno de los dos hicimos.
—No importa, papi. Verás que todo será mejor más adelante, ahora podré prepararte mejores comidas, estaremos más cerca, incluso podré ayudarte algunas veces.
—No creo que el señor te deje, serás su esposa, seguramente querrá que te comportes como tal…
—¡¿Como una vieja estirada?! —dice ella espantada—. No lo creo, pero ya veremos. Y mejor nos vamos, porque dudo que mi futuro esposo acepte retrasos.
Su padre asiente y juntos caminan hacia la entrada. En la sala Katherine mira con una mezcla de horror y diversión a Vilma, la que lleva un vestido verde, sin mangas, un sombrero demasiado sofisticado y unos tacones que es obvio que le molestan porque no está acostumbrada. Agradece internamente que no sea su madre y que su hermana esté usando un hermoso vestido que su madre le hizo antes de morir y ella conservó en el mejor de los estados.
—Oye, princesa, te ves más linda que yo, que soy la novia —le dice con una sonrisa mientras le arregla la cinta de encaje que adorna su cabello.
—¿Quieres que me cambie?
—¡Por supuesto que no! Pero, para que yo me vea un poco más linda, ¿llevarías la cola de mi vestido?
La sonrisa enorme y esos ojos iluminados le dicen que es la propuesta más maravillosa que le ha hecho a su hermana. Salen al fin de la casa, la pequeña levantando la pequeña cola para no ensuciarlo y los hombres de Erick esperando por ella.
Antes de terminar de cruzar la verja de la casa que la vio crecer, se detiene para cortar unas flores frescas, forma un pequeño ramo y se lo entrega a su hermana, para que en la ceremonia ella vaya delante. Mira atrás con nostalgia y respira profundo sabiendo que es lo correcto, de cierta manera le está quitando un peso de encima a su padre y todo lo que debe hacer es cerrar la boca, los ojos y obedecer a quien será su futuro esposo.
El trayecto a la casa es en silencio, en el amplio auto va ella junto a su padre, quien le sostiene la mano con firmeza. En el otro van su madrastra y su hermanita, seguramente hablando del banquete que el señor McFair ha mandado a preparar para la ocasión.
Al llegar, Katherine nota en la entrada la presencia de varios autos y cierra los ojos al saber que habrá testigos del inicio de su cautiverio. Su guardaespaldas la ayuda a bajar y rápidamente su padre toma lugar junto a ella. Su hermanita corre para levantar su vestido, corriendo a una de las sirvientas de Erick que quería hacer lo mismo y consiguiendo que Katherine se ría.
—Por aquí, señorita —le indica Gilbert con evidente molestia y los guía por el interior de la casa.
—Vaya… —susurra su hermana bajito—. Tráeme a vivir contigo —bromea.
—Ojalá pudiera, preciosa.
—No te preocupes, entiendo que no pueda vivir aquí —responde Melina con resignación—, me conformo con seguir viéndote, te voy a extrañar en casa, en la escuela…
Katherine hace todo para no llorar, porque ya no es momento. Si no lo hizo durante esa semana de preparativos, no tiene caso hacerlo ahora.
El mayordomo se lleva a Vilma para que tome su lugar, mientras que ellos quedan esperando en el despacho de Erick para salir por la puerta de la terraza. Unos segundos después, se oye la música suave del cuarteto y Katherine se arrepiente por no permitirle a Erick que se encargara de su vestido. Es obvio que él no había escatimado en detalles y gastos para la ocasión, además de tener invitados seguramente importantes, mientras que ella no pudo invitar a nadie y su vestido seguro desentona con todo afuera.
«Tampoco es que sea muy especial, después de todo es una mentira…», se dice para consolarse, pero sabe que nada es mentira.
Gilbert les indica que lo sigan, su hermanita toma posición delante de ella y su padre la toma del brazo. En cuanto salen, notan el camino delineado con hermosas flores blancas y lo siguen con calma. Un hermoso arco de flores marca el inicio del espacio donde será la boda y lo primero que ve Katherine es a Vilma con mala cara por estar sentada de última. Quiere soltar la carcajada, pero, además de que no es el momento, los nervios tampoco la dejarían reír mucho.
Sigue el recorrido tratando de no caer por los nervios, la gente de pie observándola no le permiten ver a Erick delante, lo que aumenta más su ansiedad por el momento. De pronto, reconoce a la señora del mercado que le regala a veces fruta fresca y al señor que le regala huevos de sus gallinas, siente una especie de mariposas en su estómago porque eso jamás se lo esperó. Mira adelante esta vez con expectativa, hasta que por fin logra ver a Erick.
El corazón le palpita con fuerza, sintiéndose estúpida por ir con aquel vestido tan sencillo, mientras que su futuro esposo va en un traje a la medida, se ve realmente guapo y elegante, su mirada fija en ella y una sonrisa que, para su sorpresa, solo va calmándola cada vez más.
Cuando finalmente llegan frente al hombre, Peter le dice con la voz cortada a Erick.
—Le entrego a mi hija, señor McFair, solo le pido que la cuide mucho, es uno de mis dos tesoros más preciados.
—Así será, señor Sinclair. Katherine será mi tesoro ahora —aquellas palabras salen con una voz ronca que la estremece, mientras que su rostro solo muestra sorpresa.
Se supone que aquello es obligado, que ella no debería estar ahí, pero por culpa de ese bendito anillo, no le quedó más opción. Erick toma su mano, los dos se paran frente al oficial y la ceremonia se inicia.
Katherine presta mucha atención a lo que dice el oficial, intentando memorizar cuáles son sus obligaciones legales como esposa, cuando se llega el momento decisivo de su vida, ambos se giran para quedar frente a frente y el hombre pronuncia.
—Erick Trevor McFair, ¿aceptas como esposa a Katherine Ivette Sinclair, prometiendo cuidarla y respetarla, desde hoy y hasta que la muerte los separe?
—Sí, acepto —dice él sin titubear. Toma el anillo de la almohadilla y solo ahí Katherine se da cuenta de que es el mismo que la metió en ese problema.
«Fabuloso, el mismo anillo me ha condenado dos veces», piensa con cierta amargura, pero en lugar de molestarse solo sonríe.
—Katherine Ivette Sinclair, ¿aceptas como esposo a Erick Trevor McFair, prometiendo cuidarlo y respetarlo, desde hoy y hasta que la muerte los separe?
Sabe que debe decir que sí, que acepta aquello, pero su garganta se niega a emitir sonido y ve cómo los ojos de Erick se dilatan en cuestión de segundos, mientras todo se vuelve un silencio aplastante esperando la respuesta de Katherine.