Hebert, con su cara amable, con la mirada preocupada. Y detrás de él, Carmina, frunciendo el ceño. —Mentirosa. —dijo ella, su tono se volvió ácido— Qué bárbara, Elisa… ¿no que no ibas a venir? ¡¿No que ni muerta ibas a estar en esta fiesta?! Su voz estaba empapada de decepción. Y de algo peor: molestia genuina. Quise explicarle, pero mi cerebro estaba espeso, como si las palabras se me resbalaran entre los dedos. —Carmina… yo no… —intenté decir. Ella chasqueó la lengua, la mirada recorriendo mi bikini, mi vestido tirado en el piso, mi piel brillante por el agua y Dalton todavía demasiado cerca de mí. —Eres una maldita irresponsable —escupió, y me dolió más de lo que debería—. Yo defendiendote y mírate, eras como ellos. Quise decirle que no estaba entendiendo, que yo tampoco quería

