La tarde estaba tibia y el aire tenía ese olor ligeramente metálico que deja el gimnasio cuando sales con el sudor aún pegado a la piel. A veces pienso que la rutina con Jared se volvió la única estructura sobre la que puedo sostenerme sin caer. El ruido de las máquinas, el ritmo de su respiración a mi lado, la forma en que me señala una postura o me corrige la forma de cargar peso… todo eso me mantiene concentrada, ocupada, casi protegida. En el gimnasio nadie me reclama nada, nadie me hace preguntas que no sé responder. Solo existo ahí, al mismo tiempo presente y en silencio, justo como a él le gusta. Jared tomó una botella de agua del refrigerador y me miró con esa expresión que no siempre sé descifrar. No era enojo. Tampoco era cariño. Era algo más… como estar evaluando mis reacciones

