Confieso que me paralicé. Y ahora, con el tiempo, entiendo que no fue cobardía. Fue memoria. Mi cuerpo sabía exactamente qué hacer cuando algo se volvía inevitable: quedarse quieto, reducirse, desaparecer un poco. No reaccioné cuando lo vi entrar a la central. No porque no quisiera huir, sino porque mi mente todavía se negaba a aceptar que me había encontrado. Una parte infantil de mí insistía en que era una coincidencia, una ilusión, una broma cruel de mi miedo. No grité. No corrí. No hice nada inteligente. Me quedé sentada como estúpida, con la mochila entre las piernas, mirando cómo su silueta avanzaba entre la gente. Había algo obscenamente familiar en la forma en que caminaba, como si no dudara ni un segundo de su derecho a estar ahí. Como si los espacios se abrieran para él

