El martes empezó distinto.
No porque algo hubiera cambiado realmente, sino porque yo lo sentía diferente. Desde que me desperté, tenía una sensación pegajosa en el pecho, como si algo no terminara de acomodarse dentro de mí.
Jared no me había escrito desde el día anterior, y aunque parte de mí quería creer que estaba ocupado, otra parte —esa voz molesta que no se calla nunca— me repetía que simplemente no quería hacerlo.
En la escuela todo el mundo parecía saber algo. No era raro. Cuando Charlotte quería que un rumor corriera, bastaba con que sonriera de cierta forma o soltara una frase inocente entre clases.
Y ahora, al parecer, el rumor era yo.
—Dicen que la reina del baile no fue la única que se llevó un premio esa noche —oí murmurar a alguien cuando pasé por el pasillo—. Al parecer, Jared ya coronó a otra.
No volteé. Fingí no escucharlo, aunque las palabras me ardieron.
Carmina me alcanzó en la entrada del aula.
—Oye —me dijo, con un tono raro—. Te vi salir del salón de música ayer con Jared.
—Sí —respondí, ajustando mi mochila—. Estábamos hablando.
—Ah —hizo una pausa—. Charlotte te estaba buscando.
—¿Y?
—Nada, solo… parecía molesta. Dijo algo sobre que Jared todavía no había terminado “ciertas cosas” con ella.
La miré, intentando leer su expresión.
No parecía feliz por mí. Tampoco parecía realmente preocupada. Era ese tono entre dulce y cortante que usaba cuando quería parecer amiga, pero había algo más debajo.
—¿Y tú qué crees? —le pregunté.
Ella bajó la mirada, como si no quisiera responder.
—Yo solo digo que deberías tener cuidado, Elisa. Jared es encantador, pero… ya sabes cómo son los chicos cuando todos los miran.
No contesté. No tenía fuerzas para discutir con ella.
Me limité a sonreír débilmente, pero por dentro sentí una punzada. No era solo Charlotte. Era Carmina también.
Todo el mundo parecía tener una opinión sobre mi vida, y yo apenas entendía lo que estaba sintiendo.
En el almuerzo, Charlotte y Dalton se sentaron a unas mesas de distancia. Jared estaba con su grupo, hablando con el entrenador. Yo intentaba concentrarme en mi bandeja cuando escuché una risa alta, demasiado ensayada.
—Mira nada más, Dalton —decía Charlotte, asegurándose de que su voz se escuchara—. Algunas chicas no saben mantener el interés de un chico por mucho tiempo.
Dalton rió, levantando la vista hacia mí.
—Depende del chico, ¿no? Algunos prefieren algo más… desafiante. —Sus ojos recorrieron mi cuerpo con descaro—. Y algunas cambian bastante cuando se enamoran.
Me sentí helada.
Jared giró un segundo hacia nosotros, pero justo entonces Charlotte lo llamó, tocándole el brazo y sonriéndole. Él se distrajo.
Yo apreté la bandeja con fuerza. No sabía si quería llorar o gritar.
Cuando la campana sonó, salí casi corriendo hacia el gimnasio. Necesitaba estar sola.
El lugar estaba vacío. Solo se oía el eco de mis pasos y el golpe seco de una pelota rodando desde algún rincón. Me senté en una de las gradas, intentando respirar.
No sé cuánto tiempo pasó antes de escuchar la puerta abrirse.
Era Dalton.
—Hey —dijo, caminando hacia mí con esa sonrisa confiada que siempre me ha parecido falsa—. No quería asustarte.
—No lo hiciste —respondí, poniéndome de pie—. Solo vine por mi suéter.
Él asintió, como si no le importara.
—Te he visto diferente últimamente —comentó—. Más... no sé, atractiva. Jared te está cambiando.
—No digas eso —respondí, tensándome.
—¿Por qué no? Es un cumplido. —Se acercó un poco más—. Aunque no entiendo qué le ves. Yo habría sabido cuidarte mejor.
Retrocedí un paso.
—Dalton, no empieces.
—¿Empezar qué? Solo digo la verdad. —Sus ojos bajaron lentamente por mi cuerpo, sin pudor—. Aunque te escondas en ese uniforme dos tallas más grandes, ya todos sabemos lo que hay debajo. Deberías estar con alguien que te valore. Jared no sabe hacerlo.
Intenté irme, pero él me sujetó del brazo.
—Suéltame —le dije, alzando la voz. No sé de qué hablas.
—Solo quiero hablar —insistió, apretando más—. Tal vez probar lo que tanto le gustó a Jared.
—¡Dalton, te dije que me sueltes!
Intenté zafarme, pero él era más fuerte.
—No tienes que fingir que no te gusto —murmuró—. Te he visto mirarme. Además puedo tratarte mejor que él.
—¡Estás loco! —le grité, forcejeando.
Fue entonces cuando intentó besarme. Sentí su aliento, su mano empujándome contra la pared. Lo empujé con todas mis fuerzas, pero volvió a sujetarme. En ese instante escuché la puerta abrirse de golpe.
—¡¿Qué demonios haces, Dalton?! —La voz de Jared cortó el aire.
Dalton me soltó al instante, levantando las manos.
—Tranquilo, bro, no era lo que parece —dijo, riendo nervioso.
Jared lo empujó con furia.
—¡No vuelvas a tocarla, imbécil!
Charlotte estaba detrás, con una expresión que no supe leer. Quizá había logrado exactamente lo que quería: que él nos viera así.
Dalton se limpió la boca, sonriendo con ironía.
—Relájate, hombre. Ella no se resistía tanto.
El golpe que Jared le dio resonó como un trueno.
Dalton cayó, sangrando del labio. Charlotte gritó.
Yo estaba paralizada, temblando.
—¡Basta, Jared! —dije, sujetándole el brazo.
Él respiraba con fuerza, los ojos encendidos de rabia.
—¿Qué hacías aquí con él? —me gritó—. ¿Por qué viniste sola?
—¡No vine a verlo! ¡Él me siguió! —intenté explicarme, pero su mirada estaba perdida, dolida—. ¡No es lo que crees!
—¿Y qué se supone que crea? —respondió, con una voz rota—. Charlotte me dice que te vio salir corriendo hacia acá. ¿Y vienes a “hablar” con Dalton? ¿Por qué?
—Yo no sabía que venían ustedes —balbuceé—. Solo quería estar sola.
—¿Sola con él? —repitió con sarcasmo—. ¡Por Dios, Elisa!
Charlotte intervino, poniéndole una mano en el hombro.
—Ya, Jared, no vale la pena. Ella sabrá por qué lo hizo.
Quise gritarle que se callara, que todo era una trampa, pero Jared me miró con una decepción que dolía más que cualquier golpe.
—Sabes —dijo, apartándose—, Charlotte me besó cuándo yo estaba desprevenido. Pero tú… tú viniste aquí sabiendo quién es él.
—No es cierto —dije, sintiendo las lágrimas arder—. ¡No fue así!
—No lo sé, Elisa. Últimamente estás muy rara, ocultas cosas, no sé qué pensar de ti.
Y se fue.
Charlotte lo siguió, volteando apenas para regalarme una sonrisa pequeña, venenosa.
Me quedé ahí, temblando, con las piernas débiles. Dalton ya se había ido también, maldiciendo entre dientes.
Yo me sentía vacía. Como si todo se me desmoronara de golpe.
No podía dejar de pensar en lo que Jared dijo.
“Viniste aquí sabiendo quién es él”.
No era verdad. Pero una parte de mí empezó a preguntarse si tal vez, solo tal vez, había hecho algo mal al aceptar hablar con Dalton.
Si de algún modo había provocado todo eso.
Me senté en el suelo, con el corazón golpeando fuerte, la garganta cerrada y la mente hecha un nudo.
Y en ese silencio, mientras las luces del gimnasio parpadeaban, entendí algo:
no importaba cuánto intentara explicarme, siempre habría alguien dispuesto a hacerme sentir culpable por lo que otros hacían.