Capítulo 21

1607 Words
Esa noche el aire olía a jazmín y a algo que no supe nombrar, una mezcla entre promesa y peligro. Jared había insistido en que tenía lista una cena “especial”, y aunque yo protesté un poco, al final terminé aceptando. Me dijo que no hiciera preguntas, que solo confiara en él, y esa palabra —confianza— me dolía y me atraía al mismo tiempo. Cuando llegamos a su casa, estaba oscuro y las luces alrededor de la piscina titilaban como luciérnagas. Sobre la mesa había un mantel blanco, copas con jugo de granada y un par de velas encendidas que reflejaban destellos dorados sobre el agua. Todo parecía sacado de una película. —¿Y esto? —pregunté con una sonrisa temblorosa. —Una cena para la chica más bonita que conozco —dijo, y lo dijo tan convencido que sentí el pecho llenarse de calor. —¿Tus padres están en casa? — Claro que no, nunca están, estamos solos, la empleada probablemente también ya se fue. Se sentó frente a mí, con esa manera suya de mirarme como si me desarmara sin tocarme. Hablamos de cosas simples, tonterías del colegio, de Carmina, del baile. Reímos. Era tan fácil reír con él cuando no había nadie más alrededor. Por momentos, creí que realmente me veía. Que detrás de todas mis inseguridades, de mi miedo, había algo en mí que valía la pena. La cena fue ligera, pasta con salsa y pan recién hecho. Me sorprendió saber que él mismo había planeado el menú, y había horneado el pan. —No sabía que sabías cocinar —le dije. —No sé —respondió sonriendo—, pero me gusta aprender si es por alguien que vale la pena. Esa frase me dejó muda. Cuando terminamos, me tomó de la mano y me guió hasta la orilla de la piscina. El agua reflejaba la luna en círculos suaves, y Jared sacó de su bolsillo su teléfono y puso una canción lenta. La melodía se mezcló con el sonido del agua y los grillos. —¿Bailas conmigo? —me pidió. Quise decirle que no sabía, que me daba vergüenza, pero no lo hice. Me dejé llevar, una mano en su hombro, la otra atrapada entre sus dedos. Movíamos los pies apenas, un vaivén tímido sobre las baldosas húmedas. Mi mejilla rozó su cuello, y sentí su respiración contra mi cabello. —Sabes, nunca había hecho algo así —susurré. —¿Qué cosa? —preguntó. —Bailar con alguien al aire libre, bajo las estrellas. Me parece... como si fuera de otra vida. Él rió despacio, y luego me dijo: —Tal vez sea el comienzo de una nueva. Justo cuando estaba a punto de cerrar los ojos, sintiendo que el momento era perfecto, me empujó. No con fuerza, sino con esa picardía infantil que solo él tenía. Un segundo después estaba dentro del agua, empapada de pies a cabeza. —¡Jared! —grité, chapoteando, mientras él reía a carcajadas desde la orilla. —Estás preciosa —dijo—. Tenía que verlo. Y sin pensarlo más, se quitó los zapatos y el saco, y saltó tras de mí. El agua estaba fría, pero su risa la hacía menos seria. Me salpicó, yo respondí, y terminamos corriendo uno tras otro alrededor de la piscina, empapados, sin sentido, solo riendo como si nada doliera. Por un instante, todo fue fácil. No había heridas ni pasados, ni miedos, ni madres cansadas, ni secretos. Solo él y yo, jadeando, riendo, goteando agua sobre el piso. Hasta que me detuve. —Tengo frío —dije temblando. —Ven —susurró. Me tomó de la mano y me llevó adentro. La casa estaba en penumbra, con el aire tibio contrastando con el frío de afuera. Me alcanzó una toalla y una camisa suya, enorme, de algodón. —Toma, dúchate si quieres. Pondré tu vestido a secar —dijo, y su voz era tan tranquila que no supe si debía confiar o tener miedo. Asentí y entré al baño. El espejo estaba empañado, y mi reflejo parecía el de otra chica: el cabello húmedo y alborotado, los ojos más grandes, las mejillas rojas. Me metí a la regadera, y el agua caliente me devolvió un poco de calma. Pensé en mamá. En cómo me había dicho que tuviera cuidado, que los hombres a veces prometen el cielo solo para después marcharse. Pensé en si ella alguna vez había sentido lo que yo sentía ahora: esa mezcla entre deseo y vergüenza, entre querer y temer. Cuando terminé, me envolví en la toalla y me puse la camisa. Me llegaba hasta medio muslo. Olía a él. A algo limpio y un poco dulce. Salí descalza, y lo encontré sentado en el sofá, con el cabello aún húmedo, sin camisa, solo el pantalón oscuro. Me miró, y el silencio entre nosotros cambió. Se volvió más denso, más lento. —Te ves hermosa —murmuró. Sentí las mejillas arder. —Debería irme. Es tarde —dije en voz baja. Pero él negó con la cabeza. —Quédate. Solo esta noche. Dile a tu mamá que estás con Carmina. No pasará nada malo. Quise decirle que no, que mamá se preocuparía o molestaría, que era una mala idea. Pero cuando me miró con esos ojos llenos de algo que parecía ternura, el “no” se me atascó en la garganta. Tomé el teléfono y escribí el mensaje. “Me quedo con Carmina.” Me senté junto a él. Puso una película cualquiera, aunque ninguno la miraba realmente. Yo intentaba concentrarme, pero sentía su mirada sobre mí, sobre mi piel húmeda bajo la tela. De pronto, me tomó de la mano. —Ven aquí —dijo suavemente. Tiró de mí hasta que terminé sentada sobre sus piernas. Su mano acarició mi mejilla, y luego su boca encontró la mía. Era un beso lento, tibio, que fue creciendo hasta que no supe cómo detenerlo. Sentí su respiración acelerarse, la mía también. —No sabes cuánto he querido esto —susurró contra mis labios—. Toda la noche. Yo quería decir algo, pero no pude. Me dolía el pecho, como si mi corazón no supiera si correr o quedarse quieto. Cuando sus manos bajaron por mi espalda, me puse tensa. —Jared... —alcancé a decir, pero él solo me miró con una sonrisa dulce, como si nada malo pudiera pasar. —Tranquila. No haremos nada que tú no quieras. Pero no me soltó. Y yo tampoco lo alejé. No supe si fue miedo o deseo, o las dos cosas mezcladas. Sus besos se volvieron más intensos, y el mundo se redujo al sonido de su respiración y al latido en mis oídos. Yo temblaba. No sé si por frío o por nervios. Había imaginado muchas veces cómo sería “esa primera vez”, pero nunca pensé que me sentiría así: tan confundida, tan presente y tan ausente al mismo tiempo. Cada movimiento suyo me hacía sentir pequeña y vulnerable, pero también viva. Cuando su mano se deslizó por mi cintura, quise detenerlo, pero me detuve a mí misma. Pensé en que si lo hacía se molestaría, que pensaría que no confiaba en él. —¿Estás bien? —preguntó en un susurro. Asentí, aunque no estaba segura. Cerré los ojos. No hubo nada violento, pero tampoco algo que pudiera llamar ternura completa. Era como si su deseo pesara más que mi indecisión, y yo me dejé arrastrar porque decir “no” me daba más miedo que seguir adelante. El silencio después fue extraño. Jared me abrazó, me acarició el cabello y me dijo que me amaba. Que nunca había sentido algo así por nadie. Y yo, en vez de responder, me quedé mirando el techo, escuchando el sonido lejano del agua en la piscina. Pensé en cómo todo había cambiado en unas horas. En cómo la risa se había convertido en algo más profundo, más serio, más irreversible. Él se quedó dormido poco después, y yo me quedé despierta, con su camisa pegada al cuerpo, mirando la ventana entreabierta. Afuera seguía oliendo a jazmín. No sabía si debía sentirme feliz o triste. Había una parte de mí que quería creer que todo era perfecto, que esa noche era solo el inicio de una historia de amor. Pero otra parte, una muy pequeña y callada, me decía que había perdido algo. Algo que no se veía, pero que dolía. Me incorporé y caminé descalza hasta el ventanal. La luna se reflejaba sobre la piscina, y me vi allí, borrosa, distinta. Me toqué el pecho, intentando reconocerme. No lo logré. Tal vez el amor era eso: saltar sin saber si habrá agua abajo. O tal vez solo era caer. Suspiré y volví al sofá. Jared dormía, con una mano extendida hacia el espacio vacío donde yo había estado. Me acurruqué a su lado, buscando calor, o consuelo, o lo que fuera que me hiciera no pensar tanto. Antes de cerrar los ojos, pensé en mamá otra vez. En su advertencia, en su cansancio, en cómo decía que los hombres siempre prometen amor cuando solo buscan compañía. No quería creer que Jared fuera así. No esa noche. No después de cómo me había mirado. Me obligué a creer que lo que sentía era amor. Que él también lo sentía. Que nada malo podía salir de algo tan intenso. Pero aún así, justo antes de dormir, sentí una punzada leve en el pecho. Una sospecha que no supe explicar. Como si una parte de mí supiera que el amor verdadero no debería doler así, tan pronto.
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