Capitulo 03

1695 Words
Alessandro Valenti ​El humo del cigarro se arremolinaba en el aire denso de mi oficina, creando figuras fantasmales que desaparecían tan rápido como la paciencia que me quedaba esa mañana. Rodrigo, mi mano derecha y el único hombre en esta ciudad cuyas palabras no filtraba antes de escuchar, estaba de pie frente a mi escritorio con un informe que sabía que no me iba a gustar en el mundo de la mafia, el silencio es oro, pero el murmullo es veneno, y últimamente, los pasillos del alto mando estaban infectados. ​—Están hablando de nuevo, Alessandro —dijo Rodrigo, dejando los papeles sobre la caoba con un sonido seco—. Los consejeros, las familias del norte... todos están empezando a cuestionar tu estabilidad dicen que un hombre sin familia, sin herederos y sin una estructura sólida en casa es un hombre que no tiene nada que perder, y por lo tanto, no es de fiar para los grandes negocios creen que eres un cabo suelto. ​—Malditos buitres —mascullé, levantándome de un salto la silla chirrió contra el suelo mientras caminaba hacia los ventanales que daban al patio trasero. ​Desde mi posición, el jardín se extendía como una alfombra de perfección absoluta las flores, cuidadas con una precisión casi quirúrgica, estallaban en colores rojos y blancos bajo el sol de la tarde dra un paisaje hermoso, pero para mí no era más que un recordatorio de lo que el control total podía lograr. Sin embargo, el control en mis negocios no era suficiente si mi vida personal era vista como un vacío. ​—Dicen que eres demasiado joven para gobernar solo, que tu falta de una esposa demuestra que no puedes mantener un compromiso a largo plazo —continuó Rodrigo, con esa voz monótona que a veces me daban ganas de acallar a golpes. ​—Hoy cerrarán la boca —sentencié, apretando los puños mientras miraba hacia el horizonte—. Hoy les presentaré a mi esposa una Valenti, eso les dará la estabilidad que tanto mendigan esos viejos decrépitos. ​Rodrigo guardó silencio un momento, y supe que estaba midiendo sus palabras. —¿Chiara? Alessandro ¿crees que es una buena idea? La acabas de traer de la calle, es la hija de un apostador de poca monta presentarla así, tan de repente... es un riesgo podría quebrarse, podría humillarte frente a todos. ​—No hay más opción, Rodrigo —respondí sin girarme—. Y te equivocas con ella, he estado mirándola durante semanas en ese restaurante, es hermosa, sí, pero es su fuego lo que me interesa, es valiente si pudo sobrevivir a un animal como su padre y mantener a salvo a ese niño, podrá con esta vida tiene una columna vertebral de acero, solo necesita que yo le ponga el terciopelo encima. ​Me aparté del ventanal y salí de la oficina con paso firme. Mi mente era un tablero de ajedrez donde cada pieza se estaba moviendo según mi voluntad, aunque Chiara todavía creyera que tenía voz en este asunto me dirigí hacia el ala oeste, mis pasos resonando en el mármol con una autoridad que hacía que los guardias bajaran la mirada a mi paso. Me detuve frente a la puerta de su habitación, que estaba entreabierta. ​Me quedé allí, en las sombras, escuchando Chiara no sabía que yo estaba ahí su voz, suave pero cargada de una seriedad impropia para su edad, flotaba en el aire mientras hablaba con su hermano pequeño, Ángel. ​—Escúchame bien, Ángel —decía ella, y pude imaginarla sosteniendo las manos del niño—. Las cosas aquí van a ser diferentes tienes que ser muy respetuoso, tienes que hacer caso en todo lo que te digan y no puedes salir de esta zona sin escolta yo voy a cuidar de ti, siempre lo he hecho, pero necesito que esta vez me ayudes, tienes que ser valiente. ​—Lo seré, Chiara —respondió el niño, y su voz pequeña tenía un rastro de determinación que me hizo arquear una ceja—. Esta vez voy a ser valiente de verdad voy a protegerte a ti también, lo prometo. ​Una chispa de algo que no quise identificar me recorrió el pecho esa lealtad ciega era lo que yo buscaba, lo que yo necesitaba a mi lado. Empujé la puerta y entré, rompiendo el momento de intimidad. Chiara se tensó de inmediato, poniéndose de pie y colocando a Ángel detrás de ella como una leona protegiendo a su cachorro. ​—Es hora de irse —dije, mi voz saliendo más ronca de lo que pretendía. ​Me quedé sin aliento por un segundo. Chiara ya estaba lista las doncellas habían hecho un trabajo impecable, pero la materia prima era lo que realmente importaba. Llevaba un vestido de seda negra que se ceñía a sus curvas como una segunda piel, resaltando la palidez de sus hombros y la firmeza de su busto. Su cabello estaba recogido en un peinado elegante que dejaba al descubierto su cuello largo y grácil. Era preciosa, un diamante que acababa de pulir con mis propias manos. Había soñado con tenerla en mi cama durante semanas, observándola desde la mesa de aquel restaurante barato, esperando el momento perfecto para tomarla pero ahora era diferente ahora sería mi esposa. Ahora era oficialmente, mía.​—Ángel se quedará aquí con el servicio —ordené, extendiéndole la mano—. Nosotros tenemos una presentación que hacer. ​Ella dudó, mirando a su hermano, pero finalmente puso su mano sobre la mía su piel estaba fría, pero sentí una descarga eléctrica recorrer mi brazo al contacto la saqué de la habitación y nos dirigimos al coche que nos esperaba. ​El evento se celebraba en un salón privado de un hotel de lujo que estaba a mi nombre, un lugar donde el champán fluía tan libremente como los secretos de estado cuando entramos del brazo, el silencio cayó sobre la sala como una guillotina pude sentir las miradas de los consejeros, el escrutinio de los rivales y la sorpresa de todos Chiara caminaba a mi lado con la barbilla en alto, aunque sus dedos apretaban mi brazo con una fuerza que delataba sus nervios. ​—Baila conmigo —le susurré al oído cuando la música empezó a sonar. ​No esperé su respuesta la guié hacia el centro de la pista y la tomé por la cintura, atrayéndola hacia mí más de lo que el protocolo dictaba quería que sintieran mi posesión, que entendieran que ella era mi territorio prohibido al poner mi mano sobre la curva de su espalda baja, pude ver cómo su piel se erizaba bajo el roce de mis dedos. Me encantaba ver cómo su cuerpo reaccionaba a mí, a mi toque, incluso cuando sus ojos me gritaban algo diferente. ​—Lo estás haciendo bien, señora Valenti —le dije, mi aliento rozando su oreja mientras nos movíamos al ritmo de la música—. Mira cómo los tienes todos creen que eres una reina. ​—Me siento como un animal en exhibición —respondió ella entre dientes, sin dejar de fingir una sonrisa para los presentes. ​—Eres mi reina, Chiara y a una reina se la exhibe para que los demás sepan lo que nunca podrán tener. ​Después de unos minutos, noté que su respiración se volvía errática se veía sofocada, abrumada por las luces y las miradas. —Por favor... necesito un momento —se disculpó, soltándose de mi agarre con una urgencia que me hizo sonreír internamente. ​La vi alejarse hacia los pasillos laterales, buscando la privacidad de los baños esperé unos segundos, los suficientes para no levantar sospechas, y la seguí cuando entré al área de los tocadores, la vi entrar al baño de damas, no me detuve empujé la puerta antes de que pudiera cerrarla con llave y entré, bloqueando la salida con mi cuerpo. ​Chiara se giró asustada, apoyándose contra el mármol del lavabo.—¿Qué haces aquí? ¡Es el baño de mujeres, Alessandro! ​—Es mi hotel, Chiara puedo estar donde me plazca —respondí, acortando la distancia entre nosotros en dos zancadas. ​La tomé por la cintura y la atraje hacia mi cuerpo con brusquedad, atrapándola entre el frío y mi calor. Ella puso sus manos sobre mi pecho para empujarme, pero yo no me moví sus ojos brillaban con una mezcla de rabia y algo que no podía ocultar: deseo. ​—Suéltame —susurró, pero su voz no tenía convicción. ​No dije nada simplemente bajé la cabeza y capturé sus labios en un beso feroz, posesivo, cargado de todas las semanas que pasé deseándola en silencio al principio, ella se tensó y apretó los labios, negándose a ceder, pero fue solo un segundo bajo la presión de mi boca, su cuerpo cedió sin permiso alguno sus manos que antes me empujaban, se enredaron en mi cabello mientras me devolvía el beso con una urgencia que me incendió la sangre. ​Esa entrega, ese gemido ahogado que soltó contra mis labios, fue la confirmación final que necesitaba, no importaba lo que ella dijera, no importaba cuánto intentara odiarme su cuerpo ya sabía la verdad, dlla era mía. ​Me separé apenas unos milímetros, nuestras respiraciones mezclándose en el espacio cerrado. —Eres mía, Chiara —le recordé, mi voz siendo un rugido bajo—. Y esta noche el mundo entero lo ha entendido. ​La solté, dejándola apoyada contra el lavabo, jadeando y con los labios hinchados, me arreglé el traje frente al espejo con una calma absoluta.—Retócate el maquillaje te espero afuera en dos minutos, tenemos socios que saludar. ​Salí del baño con una sonrisa triunfal. Había ganado no solo frente al alto mando, sino frente a la mujer que ahora llevaria mi nombre, no importa cuántas veces quisiera negarlo, ella sentía algo por mí quizás era el trabajo de todos aquellos meses en el restaurante, las miradas furtivas, las leves sonrisas y los sonrojos de su parte.
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