Lobos en la penumbra La noche había caído sobre Nueva York con ese peso denso de las tormentas que no avisan. El cielo, opaco, parecía contener la respiración. Leonardo bajó del auto sin decir palabra. Junto a él, Héctor caminaba rápido, tenso, con las manos dentro del abrigo. Habían recibido el mensaje hacía menos de media hora: Hernán estaba rondando el edificio donde vivía Valeria. Solo. Eso ya era un mal presagio. —¿Estás seguro de que viene solo? —preguntó Héctor, mirando los alrededores con los ojos bien abiertos. —No es idiota. Sabe que si Carlota aparece, no le va a ir bien. Pero él… —Leonardo apretó los dientes—. Él quiere que lo escuche. Héctor asintió, pero algo en su pecho palpitaba con una inquietud mayor. No solo por lo que pudiera decir Hernán… Sino por lo que él p

